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A Veinte Años de una Fría Noche de Venganza

Max Payne no es el mejor juego de acción y sin lugar a dudas no es el de mayor influencia, pero casi en silencio es uno de los juegos más queridos y recordados por los gamers de finales de los 90, y las razones desde hito son muchas, pero una resalta sobre el resto: Una visión perfectamente realizada con un gigante compromiso por parte del estudio que, en su juventud y juguetona inocencia, se topó con una mina de oro, que aún hoy mantiene su brillo.

La semana pasada hablábamos de por qué los videojuegos no son películas, y por qué no deberían comprometer su visión en busca de algo que no le cabe al medio en cuestión, y justamente Max Payne es un perfecto ejemplo. Tiene en su haber inspiraciones completamente tomadas del cine, desde las películas de John Woo, como Hardboiled, pasando por el Film Noir, hasta la revelación del milenio, The Matrix, pero ninguna de estas fuentes de inspiración se antepone a la visión del videojuego, y eso es lo que hasta el día de hoy mantiene a este juego, por momentos melodramático y ridículo, en el corazón de muchos gamers.

Max Payne Official Trailer

Max Payne tiene poesía, tiene acción infartante pero meticulosa, tiene comedia y melodrama y por sobre todas las cosas, no le teme al ridículo. Y esto es algo importante, porque jugándolo hoy, el pseudo amateurismo de Remedy en la época es más que evidente; los propios devs interpretaron los roles físicos de la historia, incluyendo a Sam Lake, el guionista, como el titular Max Payne. Pero mientras que este aspecto hoy se ve muy gracioso, es la excelente escritura del autor y la impecable interpretación de James McCaffrey, que eleva el producto a un punto sublime, y mantiene la trama como uno de sus puntos más fuertes.

Claro, después viene la acción. Hasta entonces el Bullet Time existía nada más en las películas, pero en ningún lado brilló como en los videojuegos, específicamente en Max Payne. El gozo de ver cada bala modelada individualmente, mientras nuestro protagonista vuela en la dirección contraria, esparciendo su propio amor de plomo. Los sublimes reflejos de Max, representados de la forma más caótica posible, en una hermosa danza, cuyo soundtrack son los alaridos de nuestros enemigos al recibir una docena de balas, meticulosamente ubicadas y el desplome de sus cuerpos en el suelo, cuando la acción vuelve a su velocidad normal. Un loop mecánico simple pero efectivo, que con gusto llevábamos a cabo una y otra vez, en cada nuevo escenario, con las probabilidades cada vez más en contra nuestro. Pero si hay algo que aprendimos, es que Max, a fuerza de painkillers y alcohol, se hace grande en las difíciles.

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Cuando Max Payne salió originalmente no había nada como ese juego, y más allá de la secuela, esa máxima se manteine cierta aún hoy, veinte años después.

Cuando Max Payne salió originalmente no había nada como ese juego, y más allá de la secuela, esa máxima se manteine cierta aún hoy, veinte años después.

Max Payne no es un héroe, eso esta claro. Es un ángel caído, pero en como buen film noir, sus falencias no están exacerbadas. En este juego la disonancia ludonarrativa se va por la ventana, porque no va con el tono. Nuestro antihéroe tiene una familia que vengar y nada ni nadie se pone en su camino. Todos son malos, cada personaje que aparece es peor que el otro, y el único redimible en este lío es el más asesino de todos, el policía que le dio la espalda a ley, para hacer justicia por mano propia.

Muchos se inspiraron en esta joya desde entonces, desde el Bullet Time, hasta los ágiles movimientos del protagonista, pero ningún juego logró siquiera llegarle a los talones. Y no es porque no hayan logrado igualarlo en mecánicas, que tampoco lo hicieron, sino porque el paquete completo es una carta de amor a los videojuegos, desde su melodramática pero poderosa historia, hasta la libertad de movimiento que ofrecía Max y la agilidad con la que la historia rompe la cuarta pared. El que más se acercó fue la propia visión de Rockstar en Max Payne 3, pero aún así, con su sistema de físicas ultra realistas —por más increíble que se vea y se sienta— hay algo de “gun foo” que se pierde en la traslación.

Max Payne – 20 Year Anniversary

Max Payne 3 demostró que, no es la calidad del estudio lo único que determina el éxito del producto, sino también alguien que entiende el mensaje. Al cambiar el tono, por cuanta buena tecnología le pongan encima, simplemente no es el mismo juego. Max Payne 2 mejoró los gráficos considerablemente y aumentó la apuesta narrativamente, pero dejó las mecánicas intactas, porque realmente no había nada que tocar.

Y aunque Max Payne fue recién el segundo juego de Remedy, el resultado está muy lejos de ser una casualidad. En parte una muestra temprana de talento, y otra, gloria pura de limitaciones presupuestarias, los juegos actuales del estudio siguen el mismo patrón, muestran la misma destreza, y aunque solo volvieron a alcanzar aquella sinergía actualmente con Control, cada uno de sus juegos demostró de qué está hecho el estudio finlandés: Pasión y Perseverancia.

Max Payne es un juego corto, aún para estándares de hoy; solo ocho horas de acción sin pausa, excepto para disfrutar del descenso de Max hacia la locura. Y esa duración es perfecta. Un poco más y el loop mecánico podría volverse un bodrio. Más importante todavía, esas ocho horas siempre nos deja con ganas de más, lo que nos invita a probar el juego en una dificultad más alta, perfeccionar nuestro arte de matar, aprender de memoria cada uno de los escenarios disponibles. Y el efecto se siente todavía hoy, veinte años después, porque todavía queremos más.