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Editoriales | Los Cronopios no mueren

Aguafuertes: Queremos tanto a Julio

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Por: Victor Gueller

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A 34 años de la partida de Julio Cortázar, evoco una vez más su inmortal figura.

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A los 18 años, mi rutina dominguera consistía en caminar la distancia que separa Caballito de Recoleta con la mera finalidad de jugar al ajedrez. En un banco de Plaza Francia me esperaba Carlos, un anciano que cumplía todos los requisitos para ser considerado un personaje de ficción: ojo de vidrio, gorra que lo protegía indistintamente del sol y de la lluvia, y la actitud provocadora que sólo da la experiencia callejera.

Los fines de semana, Carlos invitaba a los transeúntes a disputar una partida con él, previo pago de un módico peso. En base a su conocimiento y habilidad, el desafío no solía durar más de quince minutos. Luego de cumplir el ritual por un tiempo, llegamos a un acuerdo que nos beneficiaría a ambos: yo me convertiría informalmente en su alumno y él tendría un sparring y la atención de quienes paseen por la zona. Cuando la gente comenzaba a multiplicarse, yo me despedía hasta la semana entrante. Por supuesto, los turistas y sus dólares tenian absoluta prioridad.

Casi todos los domingos de ese año los pasé en Plaza Francia. Luego, mis visitas se fueron haciendo mas esporádicas, hasta que un dia Carlos no asistió a nuestro encuentro tácito. Y tampoco lo hizo al siguiente, ni al otro. Temí lo peor. Un vendedor ambulante me dio la noticia, cuya veracidad jamás pude comprobar.

Durante aquellos paseos fumé mis primeros cigarrillos, suponiendo ingenuamente que nadie se daría cuenta. Creo que nunca me detuve a valorar la silenciosa complicidad de mi madre.

Aún al día de hoy recuerdo aquellos momentos con absoluta nostalgia. Carlos fue, en muchos sentidos, una bienvenida figura paterna, ayudándome a lidiar con varios de los conflictos típicos de aquella edad. Lamentablemente, no llegué a agradecérselo.

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Más de una década ha pasado desde entonces. Las aventuras que puedo vivir hoy en día son, en el mejor de los casos, modestas. Sin embargo, aquella mañana nublada de agosto del 2014 me inspiró a regresar a aquel lugar, donde había sido feliz casi sin percatarme.

La excusa, esa vez, fue la muestra en homenaje a Cortázar que se celebró en el Museo de Bellas Artes. Vistiéndome tan mal como de costumbre y preparándome para enfrentar la lluvia, abandoné la comodidad del hogar para volver a respirar el inconfundible aire de lo impredecible.

Los primeros pasos fueron los mas difíciles; caminar evitando resbalones fue una tarea incómoda. Mi fiel iPod repetia en un neurótico loop el irresistible “Hushabye” de los Beach Boys, y yo lograba transportarme, al menos por unos instantes, a aquellos años dorados cuyo recuerdo aún es capaz de quemar.

En mi caminata pensé en el pasado y en el modo en que Cortázar influyó sobre mí. Bestiario abrió una puerta que jamás se cerraría, Rayuela se convirtió en la obra a la que siempre vuelvo y Autonautas de la Cosmopista me enseñó que elegir otro tipo de vida es absolutamente posible.

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En poco mas de una hora llegué a Bellas Artes. O al menos llegó lo que de mí quedaba. Entré acelerando el paso, temiendo que los encargados de seguridad me impidan ingresar, considerando la huella de agua que quedaría detrás de mí. Una de mis máximas es que no existe mayor acto de cobardía que el uso del paraguas; otra, que no se debe confiar en aquellas personas que gustan de los alfajores de fruta.

Nunca me sentí atraído hacia los museos; me intriga sobremanera qué cosas puede ver la gente que se queda obnubilada durante largos minutos ante una misma obra. Indudablemente, debe haber algo que escapa a mi vulgar apreciación.

Recorrí las fotos y los textos y contemplé con fascinación diversos objetos que pertenecieron al autor. También tuve tiempo para espiar los usos y costumbres de los visitantes, y me prometi a mí mismo que nunca sería como ellos.

Lejos de la perfección literaria de Borges y de la crudeza barrial de Arlt, Cortázar nos demostró que la magia también puede ser parte de lo cotidiano, que hasta la rutina más aburrida puede tener su condimento fantástico y que alcanzar la madurez no implica necesariamente dejar de ser niños. 

No es Cortázar el mejor escritor que he leído, pero sí es el que mas disfruté leer. Mi admiración hacia él no se limita a su obra sino que se extiende al modo en que conjugó su propia vida, sus ideales y su particular forma de ver el mundo con la literatura. Yo hubiese querido vivir la vida de Cortázar. Y eso, creo, vale más que cualquier página más o menos lograda.

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Al salir del museo, la lluvia se había detenido, anulando la gesta heroica que pensé que sería el retorno al hogar. Volví a caminar por esa misma plaza que con tanta frecuencia visité en mi adolescencia.

Con Cortázar aún en las retinas me senté en el banco que solía ser de Carlos, evocando el ajedrez, su humor barato y algunos de sus consejos. También el día en que por obra de un milagro le gané dos partidas consecutivas y se enojó conmigo. Me recordé a mí mismo en ese exacto lugar y me pregunté que pensaría aquel joven acerca del hombre en el que me convertí.

Antes de llegar a una conclusión, decidí levantarme y emprender el regreso.