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Analisis | A llorar a la iglesia

ANÁLISIS: First Reformed (2017)

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Por: Jessica Blady

A Ethan Hawke le preocupa el futuro del planeta. Sonamos.

Paul Schrader, guionista de “Taxi Driver” (1976) y responsable de películas como “Días de Furia” (Affliction, 1997) y “Auto Focus” (2002), sigue indagando en la profunda naturaleza humana y sus disyuntivas, esta vez de la mano de “First Reformed” (2017), drama que no pasó por nuestras salas y que tiene a Ethan Hawke en el centro de la historia, y un dilema bastante complicado para un hombre de fe.

Hawke es el reverendo Ernst Toller, quien tiene a su cargo la Primera Reforma (First Reformed), una antigua iglesia de Snowbridge, en Nueva York, que atrae a más turistas que feligreses. Toller, quien vive de manera muy austera, está dedicado a los parroquianos y sus necesidades. Un poco para aplacar todas sus dudas y pensamientos desbordados, decide volcar todo en un diario a lo largo de doce meses, tal vez, el primer paso para aligerar la carga de una vida repleta de drama y pérdidas afectivas.

Se acerca el 250° aniversario de la iglesia, acontecimiento que atrae las miradas y el apoyo de empresarios, autoridades y Abundant Life, una mega comunidad religiosa de la que depende la Primera Reforma, y por ende, el reverendo.

Toller viene de familia militar, rango que abandonó tras la muerte de su hijo durante la guerra de Irak. Una culpa que destruyó su matrimonio y lo empujó un poquito más hacia la fe. Un domingo, tras el sermón, conoce a la joven Mary (Amanda Seyfried) quien está muy preocupada por la reciente actitud de su marido Michael (Philip Ettinger), un militante medioambiental bastante radical, que ya no cree que la humanidad tenga esperanza de salvación, sobre todo por cómo trata al planeta.

Mary está embarazada y Michael se niega a traer a un inocente bebé a este mundo descarriado a merced del calentamiento global, por eso Ernst le ofrece su consuelo y contención, y la posibilidad de tener varias charlas en la comodidad de su hogar.

Los días pasan y la depresión de Michael no mejora. Mary hace un hallazgo bastante perturbador en el sótano de su casa, el cual pone en alerta al reverendo. Pero ninguno de los dos puede anticipar, ni evitar la tragedia que se avecina, un acontecimiento que va a cambiar el pensamiento de Toller y lo encamina hacia las mismas  preocupaciones que el perturbado ecologista.

Schrader no es ningún tibio a la hora de enfrentar la religión y la ciencia, demostrando que, de alguna manera, ninguna de las dos tiene una solución definitiva cuando se trata de los problemas ambientales que aquejan al planeta y que ponen en jaque a las generaciones futuras. Esta disyuntiva es la que comienza a carcomer la moral del religioso, un poco trastocada por sus propios traumas del pasado y una enfermedad a la que no le da tanta importancia como debería.

Cada día que pasa, Toller se compadece de Michael y se deja influir por sus ideas. Al mismo tiempo, decide ayudar y proteger a Mary, pero se va alejando socialmente de los que lo rodean, incluyendo a los miembros de su comunidad. Esta caída en picada trasforma el profundo relato de Schrader en un thriller que se descarrila bastante hacia el final, no tanto por las drásticas decisiones que va tomando el protagonista, sino por cómo se representan en la pantalla.

Esas últimas escenas desbalancean totalmente una historia interesante (aunque el ritmo de la misma no le va a caer tan bien a la mayoría), que nos obliga a ponernos de un lado y del otro -ya sea el pensamiento científico o el religioso- y entender la disyuntiva de cada personaje. Claro que hay una exageración en la filosofía de cada uno, pero el realizador tiñe todo de grises para que los extremos no sean tan distinguibles entre sí. Schrader no descalifica ninguna postura, incluso trata, a través de Toller, de encontrar ese punto medio donde se encuentren y se complementen para satisfacer y conciliar cada una. El problema surge cuando él mismo no logra asimilarlo.

Hawke brilla como el reverendo abnegado y atormentado que empieza a replantearse sus propias convicciones, pero su actuación no alcanza para convertir a “First Reformed” en una película que nos mueva la estantería por completo. Cada plano, cada movimiento de cámara (muy pocos, por cierto), los colores y texturas, cierta sordidez del entorno; todo está pensado en beneficio de la historia, un clima que se rompe completamente durante ese tercer acto tan desconectado.  

 

LO MEJOR:

- Tenemos que apreciar mucho más a Ethan Hawke.

- La simplicidad visual de la película.

- La disyuntiva moral que plantea.

 

LO PEOR:

- Que todo se descarrila al final.

- Sí, también nos referimos a ESA secuencia tan loca.