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ANÁLISIS: Megalodón (The Meg, 2018)

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Por: Jessica Blady

Jason Statham yéndose a las piñas (¿?) con un tiburón gigante y prehistórico. No se diga más.

Venimos de unas cuantas malas experiencias con bichos gigantes como kaijus y dinosaurios que no se terminan de extinguir. “Megalodón” (The Meg, 2018) perpetúa ese cine catástrofe y de monstruos con una propuestas que se enfoca en el drama, la sangre y la súper acción, pero nunca deja de reírse de sí misma… y de recordarnos que sólo hubo una gran película protagonizada por un escualo asesino.

Jon Turteltaub, responsable de “La Leyenda del Tesoro Perdido” (National Treasure, 2004) y su secuela, es el director a cargo de esta coproducción entre Estados Unidos y China, que intenta sacar provecho del creciente mercado cinematográfico asiático y, de paso, le da un poco de contexto a esta disparatada aventura marina.

Los guionistas Dean Georgaris, Jon Hoeber y Erich Hoeber toman como punto de partida el libro de Steve Alten “Meg: A Novel of Deep Terror”, publicado en 1997, para contar la historia de Jonas Taylor (Jason Statham), un buzo de rescate que, hace un tiempo, tuvo que tomar una de esas decisiones que trastocan cualquier vida, cuando durante el salvamento de la tripulación de un submarino, dejó a atrás a varios de sus hombres para proteger al resto. Taylor asegura haber experimentado el ataque de una criatura gigantesca, pero es obvio que nadie le cree, el médico de turno lo toma por loquito, y le dan la baja deshonrosa.

Cinco años después nos vamos a Mana One, una plataforma de investigación ubicada a 300 kilómetros de la costa China, en el Océano Pacífico. Este emprendimiento es la inversión del multimillonario Jack Morris (Rainn Wilson) que, junto con el doctor Minway Zhang (Winston Chao), su hija Suyin (Li Bingbing) y el resto de su equipo, están explorando una sección todavía más profunda de la Fosa de las Marianas: un lugar escondido a la vista de los humanos tras una nube de sulfuro de hidrógeno que genera un termoclina.

La misión parece tener éxito, pero mientras todos celebran el descubrimiento de este nuevo fondo marino y sus especies, el sumergible que contiene a los tres científicos –Lori (Jessica McNamee), ex esposa de Taylor, Toshi (Masi Oka) y ‘The Wall’ (Ólafur Darri Ólafsson)- es atacado por una criatura no identificable y pierde contacto con la base, quedando en muy serias condiciones.

Ahí es cuando James ‘Mac’ Mackreides (Cliff Curtis) sale en busca de una solución: ir hasta Tailandia, encontrar a Taylor en uno de los tantos bares donde suele caer borracho y ofrecerle la oportunidad de redimirse y salvar a los científicos antes de que sea demasiado tarde.

Con un  gran “te lo dije” entre los labios apretados, Jonas acepta la tarea, pero el rescate no sale como lo planeado. La criatura en cuestión resulta ser un megalodón –un gigantesco tiburón prehistórico, supuestamente extinto hace millones de años- que logra atravesar el termoclina y ahora amenaza con destruir, no sólo la plataforma submarina, sino ir derechito hasta las playas rebosantes de turistas.

“Megalodón” cae en todos los lugares comunes que se les ocurran, incluyendo elementos de otras historias acuáticas como “El Abismo” (The Abyss, 1989) y la mismísima “Tiburón” (Jaws, 1975). Hace gala de algunos buenos efectos (al menos no son tan chotos como en “Alerta en lo Profundo”)  y una gran representación de la criatura en cuestión, pero a pesar del gore que debería ostentar –la película está calificada para mayores de 13 años, por lo tanto no hay tanta sangre como debería-, se contiene y prefiere darle prioridad al humor y la ironía.   

De ahí que nos banquemos esta oda al sinsentido, al romance en situaciones extremas, a las paparruchadas de los millonarios que meten la pata, y a cierto mensaje “ecologista”, donde el hombre siempre tiene la culpa de interferir en el curso de la naturaleza.

“Megalodón” no da respiro y manda una acción detrás de la otra “sin solución de continuidad”. Los protagonistas corren contra reloj para frenar al escualo asesino, más allá de saber que no tienen muchas chances de salir con vida en un encuentro uno a uno con esta bestia marina. Por algún extraño motivo, todos se trasladan de un lugar a otro en manada para llevar a cabo la tarea, ya sean médicos, nerds tecnológicos, empresarios u oceanógrafos. Acá, la plataforma de investigación y todos sus recursos están medio al pedo, y Statham no duda en irse a las manos con el monstruito de turno.    

Si se ríen de sólo leerlo, la película de Turteltaub les va a resultar entretenida y divertida. Quiere ser verosímil cuando trata de explicar los temas científicos (esto no es NatGeo, obvio), pero no la podemos tomar en serio la mayoría de las veces. Y esa es la idea, suponemos, porque hasta Jason despotricó contra la abundancia de humor y la falta de violencia y gore extremo que se suele esperar de estas historias terroríficas.   

Los realizadores prefieren este otro enfoque porque saben que jamás van a poder estar a la altura del clásico de Steven Spielberg, el cual no se olvidan de homenajear. También se concentran en su elenco, un grupo variopinto y diverso, del que se destaca el carisma de Statham, mucho más relajado e imperfecto como héroe de acción que no tiene miedo de mostrar su lado más sensible.

Aunque la estrella principal es el escualo, acá no tiene ese lugar de privilegio que uno esperaría de una película titulada “Megalodón”. Los realizadores pierden la oportunidad de centrar su historia en la criatura y toda la fauna que se pasea por la fosa de las Marianas, pero deciden concentrarse en los seres humanos, actores de segunda y muchas veces de madera, que nos hacen reír con sus ocurrencias y comentarios desafortunados mientras un tiburón gigante se mastica a su compañero de trabajo.

No podemos buscarle la lógica, así que la única que queda es sentarse con el balde de pochoclos, disfrutar y reírse un poco de cómo Hollywood raspa el fondo del tarro.

LO MEJOR:

- Bancamos a Jason Statham.

- Aguanten esas escenas en el agua.

- Ese tercer acto en la playa.

 

LO PEOR:

- Poca sangre, pocas tripas derramadas.

- ¡¿Alguien quiere pensar en la familia del escualo?!