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Analisis | ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

ANÁLISIS: Westworld - Temporada 2: The Door (Spoilers)

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Por: Jessica Blady

Tags: hboWestworld
This is the end...

Cuando la primera temporada de una serie se gana el favor de la crítica y el público entrando, al mismo tiempo, en ese pequeño nicho de fenómeno de la cultura pop, la vara queda demasiado alta a la hora de encarar una segunda entrega. “Westworld” no aspira a convertirse en la heredera de “Game of Thrones” (a pesar de lo que quiera la cadena), o una nueva “Lost” que movilice a montones de fans y sus teorías internetianas; Lisa Joy y Jonathan Nolan plantearon su propio engendro con un poquito de la esencia de ambas, pero con el suficiente coraje para apartarse de los convencionalismos televisivos y lugares más comunes, y jugársela por un ritmo diferente cuando se trata de la historia de estas reprimidas inteligencias artificiales.   

La primera temporada, mucho más arraigada al argumento original de la película de Michael Crichton, sentó las reglas de este universo dentro del parque, nos mostró el funcionamiento y las jerarquías, nos sorprendió con varios giros y revelaciones y, sobre todo, nos obligó a tomar partido y elegir un bando entre los humanos (visitantes, técnicos, directivos) y los anfitriones, esclavos de los caprichos de unos y los condicionamientos de otros.

Lo hicimos, sufrimos por ellos y, al final, tuvimos que replantearnos todas nuestras decisiones. Esa es la idea. Esa es la búsqueda de los creadores. Cambiar el eje, sacudir las cosas y extender el caos ahí donde prevalecía el orden porque en esta vida no hay nada inmutable y sólo esos cambios pueden hacer avanzar la narrativa.

El laberinto (literal y metafórico) –que le dio título a la primera entrega- quedó atrás, pero fue sólo el comienzo. En el final, la búsqueda interna de esa voz (la consciencia para los robots) alcanzó a algunos pocos, y el resto, un tanto desorientados, tuvieron que encontrar su propio camino dentro de este nuevo orden no tan ordenado… o perecer en el intento.

La libertad es completa o no lo es, y esta máxima tan extrema transformó a Dolores (supuesta heroína) en la principal antagonista de la segunda temporada. Como diría la propia Joy: “Soltamos las correas. Ahora, los anfitriones son literalmente capaces de definirse a sí mismos, pero la pregunta es la siguiente: ¿hasta dónde estás dispuesto a llegar antes de convertirte en un reflejo de ese mal que intentás combatir?”. Claro, el mal en cuestión vendrían a ser esos humanos que la convirtieron en objeto casi desde el momento de su creación, sin medir las consecuencias. Pero hay lecciones que aprender en ambas direcciones, y es ahí donde entran en juego el libre albedrío, las decisiones y las “puertas” que deben atravesarse para conseguir lo que se quiere.

Si una temporada como “The Maze” es un viaje estrictamente interno, “The Door” (apodo de esta segunda parte) tenía que ir más allá en todos los aspectos. Joy y Nolan nos sacaron de las inmediaciones de Westworld y de la isla –porque ahora sabemos que los parques de Delos están situados en algún archipiélago del mar del Sur de China-, pero también nos mostraron lo que se esconde detrás de treinta años de supuesto entretenimiento hedonista.

“The Door” rompe todas esas reglas establecidas en la primera temporada, las pone patas para arriba y, de paso, crea algunas nuevas. A lo largo de estos diez episodios conocimos muchísimo más sobre el funcionamiento de los androides, sus capacidades y la verdadera infraestructura que se aloja bajo esa anatomía perfecta que logra engañar a los invitados. Así, además del western y sus elementos más clásicos y evocativos, los realizadores sumaron un poquito de terror con escenas realmente espeluznantes. Cada disección, cada laboratorio secreto, los drone host (esos robotitos sin cara que ante la señal indicada se ponen violentos), la Cuna (donde se almacenan las narrativas de todos los anfitriones), la Forja (donde Delos guarda celosamente la información de unos cuatro millones de visitantes)… cada uno, a su manera, aportó lo suyo y la atmósfera ideal para que se nos pusieran los pelos de punta. 

Drama existencialista, thriller, la iconografía del Lejano Oeste, la ciencia ficción más terrorífica y ese toque oriental que aportó ShogunWorld desde “Akane no Mai” y “Phase Space”. Una temporada que balanceó varios géneros, pero que decidió volcarse mucho más hacia los personajes, en vez de hacer hincapié en el argumento, propiamente dicho.

“The Maze” nos llevó por un camino sinuoso lleno de loops, saltos temporales, misterios por descubrir y teorías por ratificar. Una estructura mucho más convencional para el espectador moderno que necesita inmediatez, aunque igual se atrevió a jugar bajo sus propios términos. Más allá del cliffhanger del final y las dudas para el futuro, la primera temporada cumplió al cerrar los interrogantes y tramas principales, dándole espacio a los que vendrían pero, sobre todo, al desarrollo de estos “nuevos” personajes que empiezan a abandonar las narrativas predeterminadas y a vivir su propia historia.

No es un borrón y cuenta nueva para Dolores, Maeve, Bernard, Teddy y compañía. Es más bien una conjunción de todo lo que fueron y lo que pueden ser, una acumulación de experiencias que ahora recuerdan y no quieren volver a repetir. Parafraseando a Millay: “Time to write my own fucking story”, pero no es tan fácil como parece a simple vista.

“The Door” se mueve temporalmente a lo largo de dos semanas, unos catorce días que separan la muerte de Robert Ford y el desmadre de Westworld (junto con los otros parques), de la llegada del equipo de QA con Karl Strand a la cabeza, más preocupados por recuperar los activos de Delos (la información que Charlotte Hale metió en la atrofiada cabeza de Peter Abernathy) que de rescatar a los humanos sobrevivientes y volver a poner las cosas en orden. Prioridades, que les dicen.

Durante este tiempo, Dolores comienza su cruzada para conquistar el mundo real. Ahora, totalmente “despierta” y cargada de recuerdos, concluye que Westworld es demasiado chico para sus fines revanchistas, y sabe que en el “Valle más allá” (la Forja) se encuentra la clave para empezar a equilibrar la balanza. Sus memorias del exterior son más placenteras y está convencida de que los humanos son enemigos bastante débiles, aunque crueles, de ahí que decida ponerse a su altura y convertirse en esta fuerza de choque que arrastra con todo lo que se interpone en su camino.

La dulce hija del ranchero tuvo que convertirse en Wyatt, un poco bajo el mandato de Ford y otro tanto por el bien de su supervivencia. Ahora, elije no ser ni una ni lo otro, pero sus métodos (sobre todo lo que hace con Teddy y otros anfitriones) no la separan tanto de alguien como Hale, totalmente insensible a estas criaturas.     

Pero entre las torturas, las balaceras y la Dolores Terminator, todavía nos quedan atisbos de ternura cuando se trata de despedirse de papá Peter, el sacrificio de su eterno enamorado o ese último encuentro con Maeve donde se ofrece a acabar con el sufrimiento de la madama. Abernathy se convirtió en la verdadera antagonista de esta temporada porque la supervivencia de la especie ahora depende de ella, la AI original, la que conoce los dos mundos y puede actuar en consecuencia más allá de las fronteras del parque. 

Y sabemos que no es un ser diabólico fuera de control, justamente, porque decidió tener a Bernard de su lado (no como amigo, no como aliado). A ese anfitrión que ayudó a moldear a imagen y semejanza de su creador (Arnold), así de imperfecto, pero capaz de encontrar lo mejor y lo peor en los seres de ambos bandos.

Si “The Maze” es el camino interno de Dolores y Maeve, destinadas a repetir sus historias hasta alcanzar el grado de consciencia, “The Door” le pertenece a Lowe completamente. Un personaje mucho más conflictuado debido a su doble “naturaleza”, pero que siempre se hace querer, justamente, por esa “humanidad” inherente.

La “complicada” estructura narrativa, obviamente, se relaciona con sus recuerdos desordenados: la trama principal siempre avanza a su ritmo y nos deja ver lo que quiere a medida que los va desenmarañando, un recurso que puede incomodar a algunos y frustrar a otros tantos, pero que adquiere sentido cuando llegamos al desenlace de la temporada. 

“Westworld” parece estar delineada milimétricamente. Cada detalle tiene su por qué, ya sea un elemento de peso o una simple sutileza. Desde la táctica de los sombreros para captar las experiencias de los visitantes, hasta el hecho de que ShogunWorld sea una “copia” de Westworld un tanto berreta y estereotipada (te estamos mirando a vos Lee Sizemore).   

Hablando de personajes redimidos, se agradece muchísimo lo que hicieron con el guionista de Delos. El camino inverso al de Teddy, si se quiere, una piedra en el zapato de la temporada uno, devenido en comic relief y compañero de aventuras de Maeve, que supo encontrar su lugar en la historia y hacer su aporte a la causa. Hasta nos emocionamos con su sacrificio final, aunque no tanto con ese discurso tan mal escrito. Como muchos otros humanos, encontró lo que hace tan especial a estas criaturas, convirtiéndose en el punto de vista del espectador

Todo el grupo de Maeve nos trajo grandes momentos, más allá de ser un “adorno” en una de las tramas más poderosas de la temporada. La madama del Mariposa despierta en el preciso momento que decide bajarse del tren y volver al parque en busca de su hija porque las narrativas serán inventadas, pero los recuerdos y las emociones (para ella) son bien reales.

Millay tiene su propia cruzada, en un principio, sin preocuparse por el destino de otros anfitriones. Claro que esto cambia, y los sentimientos se elevan a la enésima potencia, cuando cruza su camino con Akane, su homónima de ShogunWorld, y su propia historia maternal.    

“The Door” nos abrió la puerta (¡je!) a dos nuevos parques –sumemos ese breve momento en The Raj-, pero más allá de la novedad, los personajes se siguen destacando. Esta es la mejor cualidad de la temporada, poder desviarse de los misterios y el plot principal para bajar un cambio y dedicarle un buen tiempo al desarrollo de los protagonistas y los secundarios, que no hacen más que humanizar una trama llena de robots, la búsqueda de la inmortalidad y mundos virtuales.

“Kiksuya” y la epopeya de Akecheta es prueba de ello, quizás, el mejor episodio de la serie (sí, de la serie), basado en un personaje menor que nos habla en lakota y en menos de 60 minutos se conecta con casi todos los personajes principales (directa e indirectamente), dejándonos moqueando como nenes chiquitos en medio de un festín existencial que nos gustaría ver más seguido en la pantalla chica.  

“The Door” tuvo muchos de estos momentos menos vertiginosos que la convierten en una temporada más arriesgada e impredecible. Sí, había (y hay) respuestas por contestar, pero ya no eran tan importantes como mantenernos pendientes del destino que les aguarda a estos personajes que, en definitiva, no son tan diferentes a nosotros.

Gracias por la partida de Hale y Elsie Hughes, pesos muertos desde la primera temporada, acá utilizadas como “plot device” para que nuestros queridos protagonistas vayan por el buen camino. Pero también necesitamos el regreso de Maeve, Clementine, Herctor y Armistice, un pedido más complicado ya que no se sabe cómo van a resolver este temita del parque en ruinas y tantos anfitriones “fuera de servicio”. No creemos que sea el final de Delos… y Dolores todavía tiene unas cuantas “perlitas” bajo la manga.      

El tema de fondo de la temporada pasó por develar el verdadero y siniestro propósito del parque, una trama (tal vez) menos interesante aunque ligada a las demás, pero que nos dejó descubrir el pasado de James Delos, el destino de Logan, los primeros días del parque, el ascenso al “poder” de William y esa constante y fallida búsqueda de la inmortalidad en otro de los mejores capítulos del show, “The Riddle of the Sphinx”, cortesía del debut tras las cámaras de Lisa Joy.     

Todos son puntos a favor cuando se trata de lo visual, gracias a un variopinto grupo de realizadores, entre ellos, tres mujeres que se llevan los laureles de la temporada. Los covers de Ramin Djawadi se hicieron a un lado (hubo muchos menos porque ya no tenemos la pianola), pero dejaron espacio para una de las mejores bandas sonoros de la tele. La conjunción de imágenes y sonidos, esa mezcla de escenarios reales y el imaginario sci-fi, sigue demostrando la calidad de un show que no es para cualquiera y, aunque lo pretenda, no va a alcanzar la masividad de su compañero de cadena porque se digieren de formas muy diferentes.

Sería injusto comparar la primera temporada con la segunda cuando parecen ser tan diferentes. Al igual que su antecesora, “The Door” tiene altibajos, capítulos más flojos que otros y personajes sin tanto peso, pero en conjunto resulta una entrega más interesante y coherente, donde se nota una visión mucho más grande que va englobando cada uno de estos “capítulos”.

El futuro es impredecible y nos encanta, sobre todo si vislumbramos todas las posibilidades que nos esperan más allá de los límites del parque. Igual, esto se llama “Westworld” y la fantasía del Lejano Oeste va a seguir estando presente, al menos, hasta desenmarañar el destino/propósito del Hombre de Negro: un personaje que decidió seguir su propio juego y, aunque no encontró, redención en el camino, descubrimos que bajo esa ambición y locura (porque, obviamente, ya no distingue la realidad del artificio) hay emociones… aunque no estamos seguros que pertenezcan a un ser de carne y hueso.