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ANÁLISIS: Westworld S02E010: The Passenger (Spoilers)

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Por: Jessica Blady

Tags: hboWestworld
Un final de temporada que abre puertas y cierra teorías, ¿o es al revés?

Lisa Joy y Jonathan Nolan dejaron las cosas bien en claro cuando definieron la estructura de “Westworld” a lo largo de cada temporada: la serie funciona como una franquicia cinematográfica (una de las buenas) y la idea es que cada entrega sea su propia “cosa”, abriendo interrogantes y cerrándolos a lo largo de sus diez episodios; siempre dejando algo en el tintero, claro, para enganchar a futuro.   

La segunda temporada planteó cuestiones muy diferentes, nos dio las respuestas necesarias y sentó las bases para una tercera entrega, todavía más impredecible. Pensemos en ese laberinto del primer año, esa búsqueda de consciencia que alcanzó, primero a Dolores y después a Maeve. Ese fue sólo el comienzo para la “emancipación” de estas inteligencias artificiales, una independencia que los aleja de los condicionamientos implantados por los humanos, pero que no los libera (del todo) literalmente.

Ahí es donde se coló el planteo del libre albedrío y una nueva metáfora: la Puerta. Para muchos, algo concreto (y metafísico) como el paso hacia otro mundo, para otros la representación de ese elemento necesario para dar el siguiente paso “evolutivo”. Por si siguen un poco mareados, hablamos de las decisiones propias, algo que a ciertos anfitriones como Bernard, los puso en jaque hasta el último momento.  

Este fue el verdadero tema de la temporada: cada host atravesando su propia puerta, tomando sus propias decisiones, a veces por un bien mayor, y otras más personales. De ahí la gran confrontación entre Dolores y Bernard tratando de entender que es lo mejor para la supervivencia de los de su especie, y un final que no los convierte en aliados (mucho menos, amigos), pero sí en dos personajes complementarios que ya demostraron que, de alguna manera, pueden mantener el equilibrio… al menos por ahora.  

“The Maze” –título de la primera entrega- nos mostró el despertar de la hija del ranchero y ese alter ego más violento (Wyatt), obligatorio para tomar las decisiones más difíciles. En esta oportunidad, Dolores decidió encontrar su propia voz alejada de los personajes que crearon para ella, y en esa cruzada revanchista para reclamar el mundo de los humanos y acabar con los opresores, se convirtió en el antagonista fortuito (y necesario) para que Bernard encontrara su propio camino.       

La doble naturaleza de Bernard siempre lo convirtió en un protagonista más que interesante. Al final de la primera temporada todavía no se sabía para qué lado hinchaba, más allá de todo lo que sufrió a manos de los humanos que lo manipularon desde un principio. Ahora sabemos que la manipulación fue todavía más grande en esta misión por reconstruirlo a imagen y semejanza del viejo y querido Arnold Weber, y hasta podemos afirmar que Lowe es algo diferente, ya que su “comportamiento” también está marcado por la influencia de la propia Abernathy.

Sus metas son muy diferentes, pero Dolores y Bernard siempre van a estar conectados de alguna manera. Ford tenía razón al decir que Lowe es incapaz de sobrevivir en el mundo exterior, o en ciertas circunstancias (por eso necesitó tomar el control cuando fue necesario), de ahí que haya decidido -y acá la clave es “decidir”- darle a la chica el acceso total a la información almacenada en la Forja (léase, el sistema), ya que parecer ser la única que puede llegar a lograrlo.

La segunda temporada de “Westworld” se concentró muchísimo más en los personajes y su viaje (interior y exterior) que en el plot y los misterios, propiamente dichos. Podemos decir que unos llevan adelante los otros, de ahí la importancia de cada una de estas historias, incluso la de personajes menores como Akecheta, tan unida a la de sus congéneres. En medio de esos momentos tan emotivos y dramáticos que nos hacen olvidar que se trata de personajes sintéticos tratando de escapar de una narrativa predeterminada por la ambientación de un parque de atracciones temático, “The Passenger” se inunda de sci-fi y no deja de recordarnos que en este mundo todo es artificial y, de alguna manera, controlado… hasta que deja de serlo y las “emociones” y motivaciones de los anfitriones se convierten en la norma.    

“El valle más allá”, la Forja, el Edén, lo Sublime… no importa el nombre que le demos, el momento en que Bernard (o el sistema) abre la puerta es sencillamente impresionante y más alegórico que cualquier drama existencial que se nos haya cruzado por el camino. El paso hacia ese mundo virtual donde los host pueden vivir en libertad sin ser amenazados por nada ni nadie, es una de las tantas entradas/salidas que vemos a lo largo del episodio, la más literal si lo quieren, pero no la única de importancia. Como ya dijimos, cada puerta es una decisión, una que, en este caso, ya nadie (ni Dolores, suponemos) va a poder revertir, a pesar de estar en desacuerdo en un principio.

Esa es la lección que le toca aprender a Abernathy por parte de Lowe antes de convertirse en ese reflejo de lo que tanto odia. Acá, los humanos son los que están condenados a repetir los errores, los que no cambian su accionar sin importar las variables que se crucen por su camino. Un simple algoritmo que falla cuando más se lo quiere complicar, de ahí que nuca haya funcionado el verdadero plan de Delos para alcanzar la inmortalidad.     

Una vez que Dolores entiende que cada uno de los host puede (y debe) elegir vivir bajo sus propios términos, decide liberar lo Sublime y mandarlo quien sabe a dónde. El mundo virtual que alberga a las únicas AI que sobrevivieron (incluyendo a Akecheta, Kohana, la hija de Maeve y Teddy), ahora está a salvo de Delos, pero ella y Bernard tienen una misión muy diferente, una que seguramente veremos desarrollarse en la tercera temporada.  

Joy y Nolan son los encargados del guión de este episodio larguísimo dirigido por Frederick E.O. Toye, quien ya se había plantado tras las cámaras de algunos capítulos de la primera temporada. “The Passenger” no puede evitar caer un tanto en la sobre explicación cuando se trata se atar cabos o exponer el “sistema” representado en la figura de Logan Delos (porque todo se basa en las experiencias de papá James). Mucho mejores son sus sutilezas cuando se trata de giros dramáticos y de terminar de cerrar el círculo de recuerdos embarullados del pobre Bernard.

¿Se perdieron en la línea temporal? Ya aparecerá algún nerd internetiano que se tome la molestia de acomodar los acontecimientos para ustedes. Igual, el estilo narrativo sigue siendo sublime, y más allá de que para muchos quede en un simple artilugio, es casi tan esencial para la historia como los loops de Dolores y Maeve de la primera temporada.

Si la entrega anterior estaba marcada por estas constantes repeticiones -lo cíclico, relacionado directamente a esos host que deben encontrar el centro del laberinto- que, de a poco, nos iban entregando algo nuevo; acá está todo mezclado como la memoria de Lowe que, al final, tiene que acomodar sus recuerdos para “mostrarnos” lo que hizo.

¿Qué hizo? Encontró su propia puerta y su consciencia libre de los mandatos de Ford. Esta fue su decisión, la de detener a Dolores cuando creyó que no tenía alternativa, pero también la de darle una segunda oportunidad al descubrir que es la única chance que le queda a su “especie” cuando se trata de hacerle frente a la crueldad de los humanos como Hale. Puro instinto de supervivencia, como Maeve rescatándose a sí misma para terminar de cumplir su promesa y esa misión autoimpuesta de salvar a su pequeña hija.

Es reconfortante ver caer a Charlotte y a Elsie, cuyas prioridades nunca estuvieron bien claras. Aplausos para esos últimos momentos de Ashley Stubbs que, ahora que lo pensamos, siempre fue una especie de ángel guardián para Lowe, y un defensor de los anfitriones. ¿Es uno de ellos? Posiblemente, creado por Ford para cumplir con sus requerimientos más personales.  

La redención y los finales felices pueden parecer un poquito condescendientes en un entramado tan complejo como el de “Westworld” y “The Passenger”, pero igual se nos hace el nudito en la garganta (y festejamos internamente) en momentos como los de Lee Sizemore (el guionista que se sacrifica por la historia, ja), un gran personaje secundario que aportó mucho más en esta temporada. Lo mismo para la historia de amor de Akecheta y Kohana, o ese atisbo de esperanza para Maeve, sabiendo que puede caer en las manos de Felix y Sylvester.

El futuro del parque es un tanto incierto teniendo en cuenta la destrucción de la Cuna, la de los perfiles de los visitantes en la Forja y la cantidad de anfitriones convertidos en chatarra. Más aún dudosos son los planes de Dolores, ahora en el mundo real dispuesta a llevar a cabo su conquista. Pero ahí también está Bernard para hacer el trabajo de antagonista cuando sea necesario. ¿Se convertirá en una especie de Pepe Grillo que ayude a enderezar el curso de la robot cuando la estrategia sea muy extrema? ¿A quien más se llevó con ella? ¿Ford, Clementine, Maeve, algún anfitrión que no conocemos? Pequeños misterios que tendrán respuestas, suponemos, cuando “Westworld” regrese para su tercera temporada.

A todos nos queda claro que esa escena post-créditos nos rompió el Prode y la cabeza. La historia de William nunca fue tan relevante para el plot principal –siempre arraigado en los anfitriones-, pero esta versión “futurista” tampoco lo es en un 100%. ¿El Hombre de Negro siguió jugando el juego hasta poder cambiar su destino? Este final altera un poco (bastante) las cosas y la percepción, y aunque nos resulta más interesante cualquiera de las otras subtramas, es obvio que acá reside gran parte del futuro de Delos por su afán de encontrar el camino hacia la inmortalidad.  

Mientras empezamos a hacer conjeturas, despedimos una temporada que dio todo lo que prometía y un poco más. “The Passenger” se mantuvo en lo más alto de la calidad visual, y auditiva gracias a Ramin Djawadi, y abrió esa puerta que va más allá de la concepción original de Michael Crichton. Cualquier cosa puede pasar, y lo recibimos con los brazos abiertos.