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Analisis | La revolución será televisada

ANÁLISIS: Isla de Perros (2018)

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Por: Jessica Blady

Wes Anderson, perritos en stop motion y Japón. ¿Ya estás convencido de esta genialidad?

El mundo se divide (¿?) entre aquellos que aman los “universos” creados por Wes Anderson y los que no. Para muchos, un realizador con un estilo único, para el resto, un hipster que se repite a sí mismo. Acá estamos del lado del bien, de la simetría, las cuidadas puestas en escena, las paletas de colores pasteles y las estrambóticas relaciones familiares. ¿Cómo no amar a cada uno de sus personajes y esas historias que, a pesar de parecer un tanto ficticias, logran conectar con los sentimientos más reales?

Tras un hiato de cuatro años, y después de la premiadísima “El Gran Hotel Budapest” (The Grand Budapest Hotel, 2014), Anderson vuelve a juntarse con su amigazo Roman Coppola para darle forma a esta nueva aventura animada en stop-motion. La dupla de realizadores dejó escapar todo su amor por la cultura y el cine japonés en está particular visión distópica que mezcla aventura, humor, perritos y algunas reflexiones políticas.

Estamos en Megasaki, una ficticia ciudad costera de Japón donde, a raíz de un brote de “gripe canina” que se convirtió en epidemia, todos los caninos fueron exiliados a una isla deshabitada que, además, funciona como basurero. Detrás de esta medida se encuentra el tiránico alcalde Kobayashi (Ken Watanabe), cuyo sobrino Atari decide tomar medidas extremas para rescatar a Spots (Liev Schreiber), su mejor amigo cuadrúpedo.

En la isla, ahora apodada “Isla de Perros”, los bichitos hacen lo posible para sobrevivir, alejados del cariño de sus dueños y el confort de la vida doméstica. Chief (Bryan Cranston) –el callejero del grupo-, Rex (Edward Norton), Boss (Bill Murray), Duke (Jeff Goldblum) y King (Bob Balaban) forman una manada de perros alfa muy particular que se apoya y contiene en los peores momentos, evitando bajar los brazos patas ante la adversidad.

Las cosas cambian cuando el pequeño Atari roba un aeroplano y se estrella en la isla. Claro que los canes no pueden entender una palabra de lo que dice, pero sí que anda buscando a uno de los suyos. Un tanto reticentes al principio -sobre todo Chief, un perrito bastante desconfiado-, el grupo decide ayudarlo y atravesar los peligros del vertedero (se dice que hay cuadrúpedos caníbales) para intentar encontrar al escurridizo Spots.

Pero las acciones de Atari no pasan desapercibidas para el gobierno de su tío que manda a un equipo de rescate. Tampoco para la joven Tracy Walker (Greta Gerwig), estudiante de intercambio que, junto con sus compañeros, encabezan el “Pro Dog”, un movimiento en favor de los animalitos que sigue los avances en la búsqueda de un antídoto, y las aventuras de Atari, que no piensa abandonar la isla sin su peludo amigo.

“Isla de Perros” (Isle of Dogs, 2018) nos ofrece todos esos elementos a los que nos tiene bien acostumbrados el realizador: una milimétrica atención a los detalles; una historia dramática y al mismo tiempo hilarante (no, no es para los más pequeñines, incluso tiene momentos un tanto violentos); personajes imperfectos, pero súper queribles, y un poquito (bastante) de emoción sin necesidad de caer en el golpe bajo. No podemos evitar enamorarnos de cada una de estas “marionetas”, más humanas y reflexivas que la mayoría de los protagonistas de otras películas live action. Acá, sumen el atractivo de la cultura japonesa –las tradiciones, el idioma, la música cortesía del oscarizado Alexandre Desplat-, que nunca pretende caer en estereotipos, ni apropiación (como se insinuó por ahí), más bien revelarse a través de la visión de Anderson. Este es un Japón distópico salido de su cabecita, con la influencia de Akira Kurosawa por sobre todas las cosas, y de los relatos de Hayao Miyazaki.

Wes se rodea de sus actores fetiche (y suma otros nuevos), indispensables para definir no sólo la voz, sino la actitud de cada uno de sus protagonistas. Divide la acción entre lo que pasa en la isla (la odisea de Atari y el universo de los perritos) y lo que acontece en el continente, una narración plagada de conspiraciones, atentados y confrontaciones políticas. Ambas tramas van a terminar colisionando con unos cuantos giros sorpresivos, pero nunca se pierde de vista lo más importante: la relación de los humanos con los canes y aquellos que se oponen porque, entre otras cosas, son amantes de los gatos.

Claro que “Isla de Perros” siempre indaga más profundo y entre las aventuras, las revoluciones y los escenarios post-apocalípticos nos habla de cosas más sencillas como la lealtad, la soledad, los lazos que forjamos a lo largo de nuestras vidas y los errores que, casi siempre, pueden ser subsanados. Anderson suele volver una y otra vez sobre estos temas a lo largo de su filmografía, pero acá parece jugársela un poco más desde un humor más negro y una historia más contundente.

El mejor Wes Anderson, aunque se valga de “muñequitos” para explorar estas cuestiones. Derechito al top 10 de lo mejor del año (quien dijo que soy objetiva) porque una película es realmente buena cuando nos pasea por un montón de situaciones y emociones, y da en el clavo con cada una de ellas. Si no se te mueve un pelo con estos perritos, mejor que te hagas chequear ese alma.

LO MEJOR:

- Si decimos todo, ¿es mucho?

- Bueno, todo.

- La conjunción de historias, personajes, puesta en escena, banda sonora… ¿Vieron?, era todo.

 

LO PEOR:

- Que alguna película de Disney le va a robar ese Oscar.

- Va a necesitar mucho amor para hacerle frente a los tanques de la taquilla.