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Analisis | Déjà vu

ANÁLISIS: Westworld S02E05: Akane No Mai (Spoilers)

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Por: Jessica Blady

Tags: hboWestworld
Querían samuráis, acá tienen samuráis.

Finalmente, Shogun World hizo su esperada aparición y no defraudó para nada. Desde la primera temporada de “Westworld” nos vienen insinuando el segundo parque de Delos, un escenario ambientado en el Japón feudal moldeado por el llamado Período Edo, un cambio radical en la estructura del imperio que se extendió entre principios del siglo XVII y mediados del siglo XIX.

Pero antes de meternos de lleno en esta sangrienta aventura, volvamos por un segundo al “presente” de la serie donde el equipo de QA (Quality Assurance), con Karl Strand (Gustaf Skarsgård) a la cabeza, sigue tratando de descifrar que pasó realmente con los anfitriones y por qué la gran mayoría de los cuerpos recuperados parecen ser “vírgenes”, es decir, que sus discos rígidos carecen de cualquier tipo de data previa.

Recordemos que este ataque masivo a Mesa Hub y los host que aparecieron flotando en medio del lago, son hechos que ocurrieron después del paso de Dolores y sus secuaces por el lugar, al menos es la conclusión que nos queda tras ver el descartado cuerpo de Teddy entre la pila de “desechos robóticos”. ¿Dolores? ¿Bernard? Alguien está manipulando a los anfitriones. Uno de esos tantos interrogantes cuya respuesta llegará cundo tenga que llegar, como saber el paradero del escurridizo Peter Abernathy. Acá sospechamos de la hija del granjero al 100%.

Craig Zobel, responsable de “Z for Zachariah” (2015) y varios episodios de “American Gods” y “The Leftovers”, hace su debut en “Westworld” con un episodio mucho más ‘relajado’ que el anterior en cuanto a intrigas develadas, pero con muchísimo más humor y sacrificios para muchos de nuestros anfitriones favoritos.

Al parecer, desde los confines de Westworld se puede acceder a Shogun World, un parque (incluso) más violento que su hermano del Lejano Oeste, diseñado para aquellos que necesitan emociones fuertes, amantes del gore, las tradiciones y una mezcla muy particular entre belleza y el terror más oscuro. Al menos, así lo define el “folleto”, ya que a simple vista no deja de ser un calco oriental de su homónimo americano. La culpa se la tenemos que achacar a Lee Sizemore, un guionista bastante flojo y poco original que no tuvo ningún pudor a la hora de replicar sus propios personajes. ¿Chiste interno?

Este escenario especular no pasa para nada desapercibido a los ojos de Maeve, pero tampoco para Hector y Armistice, que no tardan en verse reflejados en el accionar de Musashi (Hiroyuki Sanada) y Hanaryo (Tao Okamoto), la banda de forajidos “de ellos”. Estos nuevos y violentos personajes son los responsables de introducir a la madama de Mariposa y su comitiva a este universo de cerezos en flor, geishas, samuráis y ronins. Un hermoso déjà vu para el espectador, con versión nipona de “Paint It, Black”, incluido.

Antes de avanzar con esta narrativa, hay que recordar que Maeve ya no logra tener influencia verbal sobre otros anfitriones. Tal vez, por la lejanía con Westworld, o el hecho de que allá se cayeron las comunicaciones. Al entrar a Shogun World, tan despojado de visitantes, Sizemore comienza a entender la magnitud del caos que se extendió por todos los parques. Acá, los host siguen anclados con uñas y dientes a sus historias establecidas sin reconocer, por ejemplo, el idioma de los invitados; pero ya no las siguen al pie de la letra, y toman decisiones según les convenga el caso. De ahí, que nadie pueda prever la cadena de sucesos y una “misión” que tomará varios atajos.

La entrada de Shogun World no es tan diferente a la de Sweetwater. El típico pueblito donde el Saloon se convierte en una casa de geishas (Mariposa, obvio) administrada por Akane (Rinko Kikuchi, la Mako Mori de “Pacific Rim”, pos si preguntan), quien tiene una estrecha relación, casi maternal, con la joven Sakura (Kiki Sukezane); acá doppelgangers de Maeve y Clementine, respectivamente.

En primera instancia, Maeve no tienen intención de permanecer en SW por mucho tiempo, pero ahí es cuando las historias empiezan a chocar y no puede dejar de establecer esta particular conexión con el sufrimiento de Akane después de que los emisarios del Shogun la secuestran, en medio de un brutal enfrentamiento.

Como ya dijimos, esto es consecuencia de los desvíos narrativos que está experimentando el parque y sus host, que no se despabilaron tanto como Maeve o Dolores, pero ya no se apegan al 100% a los condicionamientos establecidos. El Shogun (Masaru Shinozuka) sabe que Millay puede “embrujar” a sus hombres a través de comandos verbales, y es ahí donde la chica (y su propia necesidad de sobrevivir en un mundo ajeno y peligroso) encuentra una nueva forma de manipular a los anfitriones. Esta nueva “voz”, suponemos, está relacionada con la red que conecta a todos los robotitos (Bernard un poco nos mostró cómo funciona al rastrear a Abernathy), pero nos gusta pensar que son  poderes Jedi, y la madama en modo “Dios” que decide quien vive y quien muere.

La historia de Akane y Sakura en sí, es hermosa y dramática, como salida de una película de Zhang Yimou (sí, aunque sabemos que es chino y parecemos unos Sylvester cualquiera). Los creadores del show se hacen eco de las tradiciones y cada uno de los elementos de la cultura oriental con mucho respeto, sin entrar en terreno de apropiación o estereotipos más marcados como se dio a entender con “The Raj” y sus críticas sutiles. La puesta en escena de SW, aunque más escueta, no deja de ser deslumbrante, con esas hermosas reminiscencias a “Los Siete Samuráis”, que tanta influencia supo tener en el western norteamericano (cerremos el círculo). Eso sí, todavía no podemos creer cómo logran meter covers como el de “C.R.E.A.M” de Wu-Tang Clan, de manera tan perfecta.

Nos hubiese encantado que “Akane No Mai” no salga de este escenario, pero necesitamos estos contrastes entre Maeve y Dolores, que atraviesan su aventura de forma parecida, pero diferente. La relación entre Akane y Sakura nos ayuda a entender la propia odisea de Millay, que a través de los ojos de su doppelgangers puede entender mucho mejor esos extraños sentimientos que la unen a su “hija”. Su misión incluía encontrarla sin preocuparse por el resto, pero acá la vimos involucrarse emocionalmente en la historia de otros anfitriones, lo que podría cambiar radicalmente su juego y, quien dice, enfrentarla con Abernathy.  

Mientras Maeve empieza a explotar su “voz interior” para hacerle frente a los ‘malos’, la hija del ranchero vuelve a Sweetwater con un objetivo bien claro: secuestrar el tren y dirigirse a los cuarteles de Delos (Mesa Hub) donde cree que tienen cautivo a su padre.

No nos queda otra que aceptar esta nueva actitud tiránica de Dolores de “join or die” (por eso seguimos siendo team Maeve desde la cuna). Su cruzada no incluye a todos los anfitriones, y ya la vimos sacrificar a quienes sea necesario en nombre de la causa. Todavía no estamos tan seguros cuál es su verdadero objetivo -¿Conquistar este mundo? ¿Conquistar el mundo de los humanos?-, pero el bueno de Teddy no parece encajar para nada.

Ya lo veíamos venir después de dejar escapar a Craddock y sus hombres. El pistolero no está tan convencido de formar parte de la guerra que se avecina, pero sí de sus sentimientos hacia Dolores, tal vez, demasiado arraigados a su confundido estado de consciencia. En cambio, la chica lo tiene bien en claro, y para ella el fin justifica los medios: este Teddy sentimentaloide ya no le sirve, y no tiene ningún reparo en alterar su naturaleza.

Esta actitud tan radical no parece azarosa para los guionistas, en cambio, hay una necesidad de emparejarla con los humanos, los mismos “malos de la película” que durante décadas hicieron uso y abuso de los anfitriones. Esta es la Dolores que se está desmadrando y, sospechamos, que encontrará su punto de quiebre. No nos cae para nada simpática, pero vamos a confiar en Nolan, Joy y su gente.