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Analisis | Mamma Mia!

ANÁLISIS: Tully (2018)

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Por: Jessica Blady

La maternidad no tiene nada de glamoroso en la nueva dramedia de Charlize Theron.

Si en “La Joven Vida de Juno” (Juno, 2007), el director Jason Reitman y la oscarizada guionista Diablo Cody exploran las “responsabilidades” de la maternidad/paternidad desde un punto de vista adolescente y la madurez que ello implica, ya sin importar la edad de los padres; con “Tully” (2008), la dupla se para desde otra ángulo y nos muestra a una protagonista más madura que trata de encontrar el equilibrio entre la mujer que fue y la que (supuestamente) debe ser a los ojos de todos, tras convertirse en madre y esposa.

Cuando hablamos de “todos” nos referimos a la sociedad y sus condicionamientos, porque a pesar de que estamos en pleno siglo XXI y los movimientos feministas se hacen oír cada vez más fuerte, todavía tenemos un largo camino por recorrer cuando se trata de sacudirnos ciertos roles marcados a fuego que no deberían ser tan así, al menos, en 2018.

Marlo (Charlize Theron) está felizmente casada con Drew (Ron Livingston), ya tiene dos hijos en edad escolar, y un tercero en camino que llegó sin mucho planeamiento. A pesar de estar de licencia, no puede evitar sentirse agobiada entre las tareas del hogar, una economía ajustada, un nene con problemas de conducta que los médicos no logran diagnosticar correctamente, y un bebé que le va a quitar sus pocas horas de sueño.

Antes del nacimiento de Mia, la tercera hija, el adinerado hermano de Marlo, Caig (Mark Duplass), le ofrece el más extravagante de los regalos: una niñera nocturna que se encarga del bebé mientras la mamá se concentra en el descanso. Claro que Marlo lo rechaza ya que no puede concebir la idea de que alguien más se ocupe de su beba, pero tras los primeros días después del nacimiento, y algunas crisis domésticas, la señora llega a su límite y decide contactar a la nodriza.

 Tully (Mackenzie Davis) es un sueño hecho realidad: dulce, amable, comprensiva, y antes de que empiecen a hacer conjeturas, no, no trata de seducir al marido y matar a la esposa en plan “La Mano que Mece la Cuna” (The Hand That Rocks the Cradle, 1992). Esta no es ese tipo de películas, más bien, un relato bastante fiel sobre la maternidad/paternidad en general y el peso que recae sobre las mujeres a la hora de ocuparse de la casa y los hijos, mucho más que sobre los hombres, que salen a trabajar y hacen su pequeño aporte, muchas veces, sin entender que es lo que pasa por las cabezas abrumadas de sus esposas.  

Tully llega para liberar un poco esa carga en la mente de Marlo, pero también para recordarle que dentro de ese cuerpo de cuarenta años, que ya pasó por tres embarazos, todavía hay tiempo para la seducción, para los sueños individuales y esa libertad de la que gozaba en su juventud. ¿O no? Por ahí pasa el planteo de Reitman y Cody: cómo hace la protagonista (y en ella reflejadas un montón de mujeres) para balancear estas dos personalidades, la que supuestamente se fue desvaneciendo con el matrimonio y los hijos, y la que tiene que asumir ante el resto de la sociedad para cumplir con ese rol “ejemplar” que parece estar tallado en piedra.

“Tully” no intenta ser un manifiesto feminista que pone a los hombres en una estaca, sino todo lo contrario. Su “fidelidad” y “naturalismo” es tan abrumador como risueño, porque en la vida cotidiana hay lugar para la risa y el llanto. Marlo ama su vida, pero no encuentra esa válvula de escape necesaria que, al final, llega de la mano de esta niñera nocturna (más joven, despreocupada  e independiente) que le va a mostrar un par de verdades.    

En cierto punto, “Juno” se sentía forzada, aunque nos enamoráramos de sus personajes. Acá, los realizadores logran despojar a su historia de todo “artificio”, y seducirnos con un relato agridulce que nos toca a todos por igual, seamos padres, hijos, hombres o mujeres. La moraleja: para poder amar y cuidar a los demás, tenemos que empezar por amarnos y cuidarnos a nosotros mismos. Puede sonar un tanto cursi para los estándares de hoy, pero entre Reitman, Cody y Theron saben cómo hacerlo sin caer en los lugares comunes del melodrama más telenovelesco.

Hace rato que Charlize viene demostrando que le calza bien cualquier papel. La señora (así, con todas las letras) puede patear traseros, atravesar el apocalipsis o hundirse en la miseria de los pañales sucios con el mismo encanto, emoción y dramatismo, sin miedo a hacer el ridículo o perder su “sensualidad”, ante los ojos de algunos (¿?).

Acá, se calza la historia al hombro y se la apropia, dejándonos acompañarla a través de sus días buenos y sus días malos. Hay una autenticidad casi intrínseca en su Marlo que, obviamente, contrasta con la efervescencia de Tully, dos mujeres muy diferentes con problemas muy distintos que, al final, van a descubrir ese punto de encuentro.    

Por los demás, “Tully” tiene todos los elementos del sello de su director: personajes queribles, las relaciones como centro de la historia, temas serios y coyunturales que pueden ser puestos bajo la lupa del humor sin desentonar y, por supuesto, una gran banda sonora. Una de esas películas chiquitas llenas de mensajes sinceros, que nos acercan a la realidad sin tantos mambos, pero no evitan la contundencia… a su modo.   

 

LO MEJOR:

- ¡Charlize Theron!

- El retrato sincero que hace sobre la maternidad/paternidad.

- Que sea contundente, pero que nos podamos relacionar.

 

LO PEOR:

- Que estas historias no logran salir del nicho independiente.

- Confundirse a Reitman con Edgar Wright (¿?).