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Analisis | Me pareció ver un lindo gatito

ANÁLISIS: Westworld S02E03: Virtù e Fortuna (Spoilers)

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Por: Jessica Blady

Tags: hboWestworld
Tigres de bengala, confederados, samuráis y muchos robots enojados. Un quilombo hermoso.

¿Querían otros parques? Acá tienen otros parques. Lisa Joy y Jonathan Nolan se hicieron los pillos y sorprendieron a más de uno (nosotros incluidos) con ese breve vistazo -no tan breve- a “The Raj”, en teoría, la sexta atracción dentro de este gran conglomerado de parques de Delos. Totalmente diferente a los escenarios de Westworld, The Raj es una lujosa reminiscencia de la India colonial de las primeras décadas del siglo XX, un lugar donde los millonarios visitantes pueden sentirse casi como en casa, perpetuando las peores costumbres de aquella clase alta ansiosa por los safaris y las “culturas exóticas”.   

 Así nos encontramos con Grace (Katja Herbers), en apariencia, una de las tantas ociosas invitadas que pasa sus días entre cacerías y romances furtivos con otros visitantes; un tanto recelosa de los anfitriones y con algunos secretitos bajo la manga. Es en los extremos del parque donde la chica va a descubrir que el caos y el descontrol se extendieron más allá de las fronteras de Werstworld, y que acá también los robots empezaron a rebelarse y sacarse de encima a sus “enemigos” de carne y hueso.      

Grace logra escaparse por un pelito de las garras de un feroz tigre de bengala, ese mismo que encontraron muerto los rescatistas en el primer episodio de la temporada, prueba definitiva que la anarquía alcanzó cada rincón de la isla. ¿Quién es la señora en cuestión? No lo sabemos, pero es obvio que anda tras alguna pista relacionada con los mismos archivos que Charlotte Hale (Tessa Thompson) intenta sacar del parque. ¿Será espionaje corporativo o algún intento de desenmascarar los oscuros secretos de Delos? Habrá que esperar, por lo menos, a saber de la suerte que corrió tras caer en las manos de los guerreros de la Ghost Nation. Nos quedamos con esa breve visita a The Raj, y la genial versión de “Seven Nation Army” de The White Stripes, cortesía de los sitars de Ramin Djawadi.  

Volviendo al parque más convulsionado, el director Richard J. Lewis nos sigue llevando de acá para allá en el tiempo, tratando de llenar ese vacío de dos semanas entre el primer ataque de Dolores y la llegada de los refuerzos con Karl Strand (Gustaf Skarsgård) a la cabeza. Acá estamos tan confundidos como el pobre Bernard (Jeffrey Wright), que sólo intenta poner sus recuerdos más cercanos en orden. Claro que la intención de los realizadores pasa un poco por ahí, de la misma manera que ocurría con la hija del ranchero en la primera temporada.

En el “presente”, Lowe vuelve a cruzarse con Hale en Mesa Hub, todavía tratando de encontrar al escurridizo Peter Abernathy (Louis Herthum). No sabemos muy bien que ocurrió realmente con todos esos anfitriones que terminaron flotando en el mar, ni que pasó con el clon de Arnold tras descubrir a los drone host y los oscuros secretitos de Delos en la sección 14; pero nuestro instinto nos dice que hay mucho para descifrar tras las lagunas mentales de Bernard y sus saltos temporales.

Volviendo al “pasado”, nos lo volvemos a encontrar junto a Charlotte rastreando al papá de Dolores. Está claro que al anfitrión se le cruzan las narrativas, y en esas condiciones se le hace imposible salir del parque por sus propios medios. Tras sortear a los bandidos de Rebus (Steven Ogg) –ahora se entiende esa caballerosidad del primer capítulo, jeje-, Abernathy y Lowe caen en manos de los confederados, mientras Hale escapa en busca de refuerzos.

De alguna manera, todos van a terminar confluyendo en el fuerte Esperanza Vana, allí donde se dirigía Dolores (Evan Rachel Wood) y su séquito para lograr la complicidad del coronel Brigham (Fredric Lehne) y sus hombres. Con la excusa de unir fuerzas para detener a sus enemigos en común (los humanos que vienen a poner orden) y usurpar Glory, la chica se pone al frente del contraataque, aunque ya sabemos que tiene su propia agenda cuando se trata de conquistar este mundo y el que se encuentra más allá del parque.

Lo que no esperaba, tal vez, era esa reunión con su padre, ni con Bernard, que ahora debe intentar arreglar la cabecita rota de este buen hombre que esconde más secretos de los que cualquiera puede asimilar. ¿Lo qué? Es el gran misterio de la temporada, pero la aparición de Abernathy nos trae de vuelta a esa Dolores más sensible e inocente (de ahí el hermoso/brusco contraste entre la hija del ranchero y Wyatt que toma las riendas del combate), esa que intenta que los demás vean las cosas a su manera (“la belleza de este mundo”), pero no termina de entender que no todos los anfitriones alcanzaron su mismo grado de consciencia… o que tienen ganas de seguir su senda de violencia.

Ahí es donde empiezan a surgir las desavenencias. Ya vimos que Maeve (Thandie Newton) no comparte su cruzada, que Bernard no tomó partido por ningún bando (bah, eso está por verse), y que Teddy (James Marsden) ya no aprueba sus métodos violentos, sobre todo, cuando se trata de matar inocentes. “No todos merecen sobrevivir” espeta Dolores, pero el verdadero dilema va a empezar a aflorar cuando los que la rodean empiecen a cuestionar esas decisiones.

El pistolero buenudo ya dio el primer paso hacia la rebeldía, pero los demás parecen seguirla hasta el abismo sin chistar. Mientras tanto, ella sigue con sus planes y logra anotarse otro poroto en las puertas de Esperanza Vana. Acá, “Virtù e Fortuna” rescata lo mejor del western y esos asedios (y violencia) que tanto nos gustan de “Game of Thrones” –con el condimento de la traición incluido- para representar una batalla que parece estar ganada casi desde el principio. ¿Por qué? Ya lo dije Dolores, sólo necesitaba a los hombres del mayor Craddock (Jonathan Tucker), literalmente, carne de cañón.

Desde que arrancó la segunda temporada de “Westworld”, Dolores se nos presentó demasiado fría, despiadada y calculadora. El reencuentro con papá Peter dejó entrever, en parte, el porqué de sus razones, y el hecho de que debajo de esa carcaza dura y violenta, todavía están los buenos sentimientos que logró descubrir Arnold, al menos, cuando su creación no lo asustaba.

Estos destellos de debilidad robótica están presentes a lo largo de todo el episodio. Maeve sufre su propio encontronazo con los malos recuerdos del pasado al cruzarse con los guerreros de la Ghost Nation, los mismos que en otra narrativa acabaron violentamente con su vida y la de su pequeña hija. Este momento nos revela, más que nada, que Millay ya no tiene el control sobre todos los anfitriones, al menos como creía. No sabemos si esto ocurre solamente con ciertos robots, o es el hecho de que las comunicaciones del parque fueron interrumpidas.   

Igual, nadie de su comitiva se va a atrever a contrariarla, mucho menos el cobarde de Lee Sizemore (Simon Quarterman), o su nuevo enamorado Hector Escaton (Rodrigo Santoro). El desarrollo de este trío, tan diferente al grupete de Dolores, es lo más interesante de estos primeros episodios, al menos el comic relief necesario para una historia tan densa (en contenido) y violenta. Mucho mejor si le sumamos el regreso de Armistice (Ingrid Bolsø Berdal) y el de Felix (Leonardo Nam) –ok, y Sylvester-, en una travesía que está a punto de tomar un giro bastante inesperado.  

“Westworld” y su trama maquiavélica (je) siguen avanzando, sumando interrogantes y contestando de apoco los que ya teníamos de antemano. El mundo planteado en la primera temporada se abre para todos lados, no solamente hacia otros parques y más allá de la isla, sino a las diferentes agendas de sus jugadores. Delos tiene sus planes y necesita de Peter Abernathy para resguardarlos. Dolores los suyos propios que, ahora, incluyen una escapada a Sweetwater antes de alcanzar ese “Valley Beyond”. Maeve sólo quiere recuperar a su hija, y ¿Bernard?… ¿Qué buena pregunta, muchachos?