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Analisis | Busco mi destino

ANÁLISIS: Yo soy Simón (Love, Simon, 2018)

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Por: Jessica Blady

No es una obra maestra, pero sí una película súper necesaria.

A Greg Berlanti, seguramente, lo tenemos más presente por ser el artífice del Arrowverse y una gran cantidad de series “juveniles”, mayoritariamente, de la cadena The CW. Como director, no tiene grandes títulos en su haber (“El Club de los Corazones Rotos”, “Bajo el mismo Techo”), pero se tomó como tarea muy personal la adaptación de la novela young adult “Simon vs. the Homo Sapiens Agenda” (2015) de Becky Albertalli.

Berlanti es abiertamente homosexual, un cuarentón que aboga por los derechos LGTB cada vez que se le cruza la oportunidad y, suponemos, se identifica bastante con Simon Spier (Nick Robinson) y su disyuntiva a la hora de “salir del closet”. No, no estamos en la Edad Media, pero para un adolescente, de por sí, ya cargado de presiones sociales, debe resultar un paso gigantesco (y terrorífico) anunciarle al mundo que no es como todos creen. Ni mejor, ni peor, ni siquiera “diferente”; peor incluso en pleno siglo XXI estas cuestiones siguen teniendo peso, mucho más para alguien que está atravesando todos los cambios de la pubertad.

Por ahí pasa la importancia de esta dramedia romántica que no habla de futuros distópicos, ni de jovencitos enamorados con enfermedades terminales; aunque sí resulta ser la primera película producida por un gran estudio que se hace eco de estos temas y de cierta ignorancia que todavía traen aparejados. “Yo soy Simón” (Love, Simon, 2018) se centra en el muchachito del título, un adolescente como tantos otros de cualquier secundaria de Atlanta (Georgia), querido por su familia y sus amigos que, entre cambios hormonales, esconde un gran secreto: Simon es gay, pero jamás se lo dijo a nadie… ni tampoco sabe cómo hacerlo.

Todo cambia cuando se cruza con los mensajes de Blue, un estudiante de su escuela que decidió “confesar” de forma anónima su homosexualidad, a sabiendas del escrutinio social de sus compañeros. Para Simon esto resulta una suerte de alivio, y comienza a intercambiar misivas con el pseudónimo de “Jacques”. Mientras la amistad entre los dos muchachitos va creciendo, Spier no puede evitar fantasear con su Romeo y tratar de descubrir quién de sus compañeros es el misterioso ser  que se encuentra al otro lado de los mails.

Pero a pesar de todo, Blue no quiere darse a conocer, ni dar el siguiente paso en esta relación, por los mismos temores que refrenan a Simon. Temores que pronto se vuelven pesadilla, cuando el pibe más insoportable de la escuela, Martin (Logan Miller), descubre la verdad y comienza a chantajearlo. Simon accede a “emparejarlo” con su amiga Abby (Alexandra Shipp) sólo para que su secreto no salga a la luz, pero en el proceso complica la amistad con sus compañeros –sobre todo, su mejor amiga Leah (Katherine Langford, la suicidada de “13 Reasons Why”)-, creando una serie de malos entendidos que no van a caer muy bien.

“Yo soy Simón” no evita ciertos lugares comunes de las historias adolescentes y, a pesar de que suma diversidad y mantiene bien arriba la discusión sobre los prejuicios y la empatía, todavía sigue mostrando un abanico bastante limitado en cuanto a representación. Sí, son todos demasiado “lindos y flacos” en esta escuela. La única excepción parece ser Ethan (Clark Moore), estudiante abiertamente gay que no esconde ninguno de sus manierismos. Ponele.

Lo más interesante de esta historia es la naturalidad de su protagonista (un actor demasiado acostumbrado a este tipo de comedias románticas, pero con “chicas”). Nunca se siente forzado ni sobreactuado, a diferencia de una familia (papá Josh Duhamel y mamá Jennifer Garner) demasiado perfecta y de manual, o ciertos estereotipos escolares de los que no puede escapar. Lo divertido, al contrario, es cuando la trama se entrelaza con las fantasías de Simon, que imagina diferentes caras y escenarios para ese romance tan perfecto, aunque evasivo.

“Yo soy Simón” no llega ni a las dos horas de duración, pero el tiempo se siente demasiado, sobre todo cuando empieza a estirar el verdadero conflicto y se detiene en esos malos entendidos con sus amigos, relaciones periféricas o las recetas que prepara la hermana menor del protagonista. En cambio, podría concentrarse mucho más en el momento de la revelación, profundizar en la relación (y aceptación) de sus padres, o evitar a personajes demasiado extraños y exagerados como el vicedirector Worth (Tony Hale), que intenta ser más compinche que figura de autoridad para el alumnado.

Podríamos decir que estos detalles son lo de menos porque su valor reside en otro lado. La historia escrita por Elizabeth Berger e Isaac Aptaker se la juega por expresar este amor adolescente, pero también todos los miedos y frustraciones que conlleva en una sociedad que, todavía, no parece estar del todo preparada. Igual, “Yo soy Simón” siempre se concentra en lo positivo para no desanimar a aquellos miembros de la audiencia que puedan identificarse con el relato de estos chicos que aún no decidieron dar ese gran paso. No, una película no les va a cambiar la vida, pero volvemos a esa vieja nueva discusión donde todos se tienen que sentir representados en la pantalla, ya sean mujeres, afroamericanos, adolescentes homosexuales o cualquier tipo de minoría que suele caer en estereotipos mal llevados en vez de convertirse en protagonistas naturales de cualquier tipo de narrativa.  

LO MEJOR:

- Todo el mensaje que propone.

- La naturalidad de su protagonista.

- Que le abre las puertas a otras historias similares.

 

LO PEOR:

- No escapa de ciertos lugares comunes.

- Sí, se hace un poco densa.