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Analisis | La hora más oscura

ANÁLISIS: Westworld S02E01: Journey Into Night

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Por: Jessica Blady

Tags: hboWestworld
¿Estamos realmente preparados para el apocalipsis robótico?

Se hizo esperar, pero finalmente tenemos la segunda temporada de “Westworld”. El drama sci-fi creado por Lisa Joy y Jonathan Nolan, ya de entrada, arranca su segunda temporada un poquito renovada, gracias a la nueva secuencia de títulos que parece enfocarse y reforzar todavía más la “humanidad” de esta serie que no deja de contrastar a seres humanos e inteligencias artificiales.

Si bien quedaron algunos interrogantes por el camino, la primera entrega intentó contestar la mayoría de las preguntas planteadas para poder retomar desde otro lugar, digámoslo, de alguna manera, invertido. “Journey Into Night” comienza apenas unos días después del caos desatado en la presentación de la última narrativa del difunto doctor Robert Ford (Anthony Hopkins), y aunque ya no juega con los característicos loops y diferentes líneas temporales, si echa mano a una serie de flaskbacks para ubicar el paradero de cada uno de los personajes principales.   

Con la primera temporada, los realizadores lograron establecer ciertas reglas. Ahora ya estamos advertidos, pero eso no quita que vayan a destrozarlas para poder ir un poco más lejos. Hasta ahora nos obligaron/decidimos pararnos del lado de los anfitriones y empatizar más con su “causa”, pero el foco podría volver a cambiar si la anarquía se apodera del parque y más allá.

El director Richard J. Lewis (“Chestnut”) vuelve a ponerse detrás de las cámaras para este episodio que arranca diferenciando entre el sueño y la realidad. Por un momento volvemos al pasado (o eso creemos, nunca estamos seguros), y a una de esas tantas reuniones secretas entre Dolores (Evan Rachel Wood) y Arnold (Jeffrey Wright), acá un poco ¿asustado? ¿cauteloso? anticipando en lo que podría llegar a convertirse su creación. El cofundador de Westworld siempre supo que su primer robot tenía algo especial, claro que no vivió lo suficiente para atestiguar el momento en que alcanzó el grado de consciencia, ni el camino que decidió seguir para librarse de sus amos, y por qué no, cobrar un poquito de venganza contra estos y los visitantes que hicieron uso y abuso de ella durante tantos años.  

Pero la cosa no empieza con Dolores, sino con Bernard Lowe (otra vez Wright, obvio) recuperándose de lo que parece ser la peor resaca de su vida. El anfitrión y programador despierta bastante desorientado cerca de la playa (esa referencia a “El Origen”, te la regalo), en medio del equipo de “rescate” que llegó del exterior para recobrar el estatus quo del parque. A primera vista, la operación “militarizada” está a cargo de Karl Strand (Gustaf Skarsgård, el Floki de “Vikings”), un tipo pragmático que sólo quiere averiguar qué desencadenó estas anomalías, intentar reconstruir los hechos y despachar a todos los anfitriones involucrados, o al menos a aquellos que no respondan a os mandos naturales.

Ni Strand, ni Antoine Costa (Fares Fares), especialista en la morfología de los robots, advierten la verdadera naturaleza artificial de Lowe, que zafa de la confusión y el asesinato en masa debido a su condición de empleado, y de su rango relativamente alto como jefe de conducta. Ahora, debe intentar recordar los sucesos de estas últimas dos semanas y acompañarlos, junto con Ashley Stubbs (Luke Hemsworth), a la “zona cero” para empezar a entender dónde comenzó la falla que puso a Westworld y al resto de los parques de Delos patas para arriba.

Estos primeros minutos de “Journey Into Night” dejan un par de cosas bien claras: la confirmación de que Westworld está ubicado en una isla oriental bastante alejada, que los diferentes parques (ahora sabemos que son seis) están interconectados, y que Bernard no sabe (todavía) para qué lado patear la pelota.

Lowe es totalmente consiente de sí mismo, de lo que es y (suponemos) lo que hizo; pero igual decide mantener su fachada humana y, tras el incidente, alejarse lo más posible del raid vengativo de Dolores. Mientras los anfitriones se salen de control durante la gala, Bernard escapa de la balacera junto con otros invitados y con Charlotte Hale (Tessa Thompson), que lejos está de asustarse por un par de androides desenfrenados, y en seguida busca la forma de mandar un S.O.S. fuera del parque.

Podríamos entrar en muchos detalles, pero es mejor que los vayan descubriendo. Por lo pronto, hay una explicación para la extrema conducta violenta del resto de los host, y un nuevo tipo de criatura escondida en las entrañas del parque de la que pocos saben. En pocas palabras, Ford no era el único con secretos. Delos cuida muy bien sus inversiones y hará lo que sea necesario. Acordémonos que lo más importante es la patente/código de las IA, y no las atracciones en sí, información que Hale trató de filtrar más allá de Westworld, escondida en la cabecita del lobotomizado Peter Abernathy (Louis Herthum). Este es el salvoconducto de la directora ejecutiva, que depende un poco de esta entrega para poder ser rescatada.  

Mientras Bernard trata de acomodar esos once días que separan la muerte de Ford de la llegada de los rescatistas, Dolores decide dar rienda suelta a su nueva personalidad y empezar a reclamar este mundo que, cree, le pertenece a los de su clase. Todos los que no están de su lado, están en su contra, y tanto humanos como anfitriones (sí, la chica no discrimina) pagan el precio de este “ajuste de cuentas”. Cansada de ser la dulce hija del ranchero, o la inescrupulosa encarnación de Wyatt creada por Ford, la host saca a pasear a un nuevo “personaje”, producto de su propio crecimiento.  

Lo que vemos en un principio es una Dolores desatada (y un tanto manipuladora cuando se trata de Teddy), no muy diferente de los individuos de los que reniega. Asegura recordar todo, y ese rencor es el que la impulsa (intentemos encontrar una característica más humana que esta), incluso, para traspasar las fronteras del parque.

Como adelantamos al principio, ahora se dio vuelta la tortilla, y podríamos decir que los visitantes se convirtieron en anfitriones que están a merced de los robotitos enojados. El juego cambió, pero William/el Hombre de Negro (Ed Harris) piensa seguir jugando porque este es el nivel que está verdaderamente destinado para él, donde los riegos y las consecuencias son reales. Si el laberinto era el destino de Dolores y los hosts que deben alcanzar el grado de consciencia, a Bill le toca encontrar la “puerta”, literal o metafórica, eso todavía está por verse. Está claro que no tiene intención de abandonar el parque (más allá de haber sobrevivido a la masacre), el tema es si tiene intención de abandonar esta fantasía que terminó por definirlo.

El caos llegó a cada rincón de Westworld y a las instalaciones de Mesa Hub, que esconde oficinas y laboratorios. Los miembros de seguridad todavía tratan de mantener el control, pero los superan en números. Lewis no se contiene a la hora de la violencia explícita, incluso va más allá y se despacha con un gore pocas veces visto en la serie. De repente, podemos explorar un poco más la anatomía de los anfitriones, una mezcla de fluidos y tecnología que ayuda a entender la fragilidad y, al mismo tiempo, la complejidad de estos seres.  

“Westworld” sigue conservando sus altos estándares de producción y se nota cada centavo invertido. Los elementos más emblemáticos del western y la ciencia ficción se siguen manteniendo en equilibrio, pero también deslumbran los contrastes entre esos hermosos paisajes de Utah (no olvidemos que está rodada en formato fílmico de 35mm) tan característicos del género, y la puesta en escena y los debates filosóficos que se desprenden de la tecnología y sus usos.

“Journey Into Night” se toma su tiempo (precisamente 70 minutos que mantienen un ritmo incesante) para plantear el nuevo panorama, sin necesidad de retomar viejas narrativas, ni dar muchas explicaciones de lo ocurrido en el pasado. Nolan, Joy y el coguionista Roberto Patino (ex “Sons of Anarchy” que debuta esta temporada en el show) arrancan bien arriba, en medio del caos, la destrucción y la confusión, dejando nuevos interrogantes en el camino, consecuencia natural de las tramas que quedaron abiertas. “Westworld” avanza como estampida y reconstruye los recuerdos velados de la misma manera en que los anfitriones van recopilando sus memorias: de forma un tanto abrupta y dolorosa.

Igual, hay lugar para el humor. No hablamos de carcajadas, pero sí de ese dejo de sarcasmo tan propio de Maeve Millay que, de la mano de Thandie Newton, sigue siendo uno de los personajes más interesantes de esta historia. La ex “administradora” de Mariposa, encara un camino de autodescubrimiento muy diferente al de Dolores. Sabemos que ahora es totalmente consciente, y decide volver al parque con un único objetivo: encontrar a esa “hija”, aunque a la vista de todos sólo se trate de una vieja narrativa. A Millay la caracteriza y la impulsa su pasión, una virtud que, en principio, habrá sido programada, pero ella se la apropió para seguir adelante con sus planes.

Consciente de la anarquía que reina en el parque, Maeve decide internarse en esta jungla con la ayuda de su querido Hector Escaton (Rodrigo Santoro) y Lee Sizemore (Simon Quarterman) que, a cambio de su vida, promete ayudarla en esta nueva travesía.

No adelantamos nada más, ni siquiera el “cover” que estrena Ramin Djawadi en este episodio, un tema tan emblemático como obvio, pero que palidece al lado del resto de la banda sonora de “Journey Into Night”. Un comienzo más que auspicioso para esta esperadísima segunda entrega de “Westworld” que va derechito a los bifes (la acción, la violencia, los misterios), pero nunca deja de lado a sus personajes y motivaciones. Tal vez no tenga el impacto del debut de la primera temporada, pero tiene todo lo necesario para pavimentar el camino de este nuevo nivel del juego (guiño, guiño).