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Analisis | Un pequeño paso para ¿la mujer?

ANÁLISIS: Mercury 13 (2018)

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Por: Jessica Blady

Un gran documental que celebra a las olvidadas mujeres del programa espacial de USA.

Durante sus años universitarios, William Moulton Marston había realizado varios experimentos sobre las diferencias psicológicas entre hombres y mujeres, llegando a la “conclusión” de que ellas eran superiores, entre otras cosas, debido a su capacidad para amar un poquito más y mejor. Esta fue una de las tantas características que lo impulsó a crear a la superheroína más reconocida de todos los tiempos, nacida en una época donde el sexo femenino empezaba a cobrar relevancia en lugares, originalmente, destinados para los hombres. Mientras Wonder Woman hacia su arribo a las páginas de los cómics en 1941, las mujeres ocupaban puestos en fábricas, deportes (lo de “Un Equipo muy Especial” no es chiste) y hasta la fuerza aérea norteamericana, llenando los espacios vacíos dejados por el sexo opuesto mientras combatían en Europa y el Pacífico.  

Nada es casualidad. Todo es un proceso. En la década del cuarenta, un grupo de pioneras se dedicaba a trasladar los aviones dentro del programa de Pilotos de Servicio de la Fuerza Aérea Femenina. Claro que eran meras “valet parkings”, pero no pensaban quedarse de brazos cruzados para alcanzar sus sueños de altura y del espacio.

Todos recordamos, más o menos, quien fue el primer astronauta en caminar sobre la Luna (Neil Armstrong). Si somos un poquito más detallistas, también podemos nombrar al primero que llegó al espacio. Sí, fue un ruso (Yuri Gagarin), y sí, fue un hombre porque es lo que seguí en la fila tras mandar a un perro y a un mono. ¿Recuerdan a la primera mujer? Ni se molesten, nosotros tampoco, aunque la historia podría haber sido muy diferente si los prejuicios y las inseguridades no se hubieran atravesado.

Gracias a “Talentos Ocultos” (Hidden Figures, 2016) descubrimos una parte de la historia del programa espacial de los Estados Unidos que antes nunca había tenido verdadera relevancia para el cine o la TV (te estamos mirando a vos “From the Earth to the Moon”). “Mercury 13” (2018) refuerza un poquito más estas omisiones, rescatando al conjunto de mujeres piloto que participaron en las primeras etapas de la carrera espacial, pero fueron dejadas de lado, ¿adivinen?, porque la NASA no las consideraba realmente aptas para la tarea.

David Sington y Heather Walsh son los encargados de llevar a buen puerto este documental exclusivo de Netflix que reúne entrevistas actuales a las sobrevivientes, a sus parientes, y muchos documentos de la época que dan cuenta del llamado “Proyecto Mercury”, un programa financiado de forma privada (y sin consentimiento de la NASA), llevado a cabo por el cirujano William Randolph Lovelace II, el mismo doctor que condujo las pruebas de los astronautas seleccionados para participar del programa Mercury.  

Lovelace era un hombre de ciencia sin prejuicios, y tras haber seleccionado a los “siete originales” (pueden ver “Los Elegidos de la Gloria” para entrar en detalle), tenía curiosidad por saber el potencial de las mujeres a la hora de exponerse a las mismas pruebas rigurosas. En 1960 comenzó a invitar a las más reconocidas “damas de la aviación”, comenzando con Geraldyn “Jerrie” Cobb.

Tras testear a unas 23 pilotos (ninguna de ellas con menos de mil horas de vuelo), el buen doctor escogió a un grupo de 13 mujeres que seguiría un estricto programa de tres pasos, entre ellas, Jane Hart, madre de ocho y las más veterana con 41 años; Wally Funk, la más jovencita con 23; y las hermanas gemelas Marion y Janet Dietrich.

Las dos primeras etapas dejaron resultados impresionantes, e incluso mejores que los de sus compañeros masculinos. Pero cuando llegó el momento de subirlas a los jets de prueba en Pensacola (Florida), la NASA se enteró del asunto y canceló las pruebas a último momento.

Muchas de estas mujeres habían renunciado a sus trabajos para estar completamente comprometidas con el programa. Lovelace, Cobb y Hart intenaron ejercer presión en Washington para reanudar las pruebas, que finalmente se cancelaron bajo las órdenes de Lyndon B. Johnson. Nada importó, ni los resultados ni sus habilidades, sobre todo cuando John Glenn (tercer americano en el espacio) y Scott Carpenter testificaron en nombre de la NASA, sacando a paser a ese machirulo interior que cree que las mujeres pertenecen a la cocina. Pero el golpe definitivo llegó de la mano de Jacqueline Cochran, una de las pilotos más reconocidas que, tras ser rechazada por Lovelace, decidió hundir a sus propias compañeras.  

El sueño de las 13 de Mercury se acabó para siempre, pero no su lucha de hacer una diferencia en medio de este “club de hombres” en que se había convertido la carrera espacial de los Estados Unidos. Claro que mientras tanto, los rusos y los medios de comunicación alrededor del mundo celebraban las hazañas de la cosmonauta soviética Valentina Tereshkova, quien el 16 de junio de 1963 se convertía en la primera mujer en llegar al espacio.

“Mercury 13” nos muestra estos anhelos, emociones y sueños rotos de primera mano, y no podemos evitar conmovernos por estas verdaderas pioneras que fueron en contra de todos los mandatos impuestos por la sociedad de la época para alcanzar la cima, literalmente hablando. Incluso ahora, con todas sus décadas encima, se las ve rejuvenecer en pantalla cuando recuerdan directamente a la cámara lo cerquita que pudieron haber estado de convertirse en una de esos astronautas que caminaron sobre la Luna.

La realidad es que nunca tuvieron verdaderas chances porque entre los requisitos se exigía cierta experiencia con aviones militares que, por ley (promulgada por Eisenhower), excluía a las mujeres. Igual, siguieron ocupando su lugar en el aire, poniendo incómodos a sus compañeros del sexo opuesto, demasiado prejuiciosos, individualistas e inseguros para ver el potencial de estas maravillosas pilotos.

A los ojos de la época los astronautas eran estrellas del rock and roll y las mujeres no estaban capacitadas para entrenarse a su lado y tener las mismas oportunidades de alcanzar la gloria; pero la verdad de la milanesa es que, simplemente, nunca les dieron la oportunidad de demostrarlo.