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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Fuera de Cálculo

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Por: Victor Gueller

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La aceptación de una fobia, un auto azul, una historia fallida y una tardía redención.

Hace unos años, de forma pausada pero constante, comencé a desarrollar lo que luego supe era una fobia. No sabría definir con precisión qué es una fobia, pero sí recuerdo de forma vívida el modo en que me sentí cuando no me quedó más remedio que aceptar que lo que me sucedía escapaba a lo racional, ese terreno seguro y confortable en el que tan bien me muevo.

Aprendí a manejar a los 17 años. Un señor con una definida preferencia por el alcohol me acompañó un par de domingos a recorrer el barrio de Flores, mientras compartía conmigo la información básica que debía dominar en pos de adquirir aquel mágico carnet al que todo adolescente aspira. Durante la primera clase, y estando lejos de casa, aquel hombre me cedió el volante de su auto doble comando y dijo que ya estaba listo.

Aún me pregunto cómo fue posible que regresara sano y salvo, que apenas haya recibido un par de bocinazos. Lo cierto es que me defendí dignamente frente a aquel inesperado desafío. Mi padre, luego, complementó aquellas enseñanzas iniciáticas para finalmente convencerme de rendir el examen.

La teoría fue sencilla, el sentido común y mi entrenada memoria fueron más que suficiente para aprobar con todos los méritos. La práctica, por el otro lado, significó uno de los momentos más tensos de aquella época ya lejana. No pude estacionar en el espacio asignado, la marcha atrás me demandó más tiempo del humanamente sensato y el auto se apagó en el preciso instante en el que quise arrancar mientras estaba detenido en la maldita rampa. Pude, al menos, derrotar con relativa sencillez a los conitos; quizás por eso hoy elija acompañar mi café con un Havannet y no con un alfajor.

Con el correr de las semanas fui adquiriendo experiencia en la calle, probablemente la única experiencia que en verdad importa. Al cabo de unos meses, me convertí en un buen conductor, un conductor que realmente disfrutaba estar al mando de ese inolvidable Ford Escort.

Como no me gustaban los manuales de derecho, uno de mis rituales previo a rendir un final en la facultad consistía en manejar sin rumbo por un par de horas mientras escuchaba mis discos de Sinatra, Bob Marley, U2 y otras bandas que poco me enorgullecen. Aquel acto tan banal me liberaba de todos mis temores y, por lo general, auguraba un éxito rotundo en mis evaluaciones. Si necesitan un abogado honesto, pueden llamarme; si lo que quieren es un buen abogado, tendrán que seguir buscando.

Manejé gustoso durante varios años. No tuve accidentes ni choques, a excepción de un espejo retrovisor roto y del fulminante granizo del 2005 que destruyó la superficie azulada de mi bólido favorito. No podría precisar cuándo fue, pero así, sin más, un día comencé a postergar el uso del auto. Lo usaba sólo cuando era estrictamente necesario, para repetir caminos cotidianos, quizás para recorrer la distancia que separa Buenos Aires de Mar del Plata.

Llegué a escuchar ruidos que no existían, aseguré una y mil veces que el coche estaba fallando, que perdía aceite, que las cubiertas estaban pinchadas. Todo, para no asumir que me petrificaba la idea de manejar en zonas que desconocía. Ir al bar de Callao y Quintana era sencillo, a diferencia de -por ejemplo- llegar a Córdoba, ciudad maravillosa que visité tardíamente. Jamás dejé de manejar del todo, es cierto, pues -como en las mejores películas- se produjo un giro inesperado en el momento justo.

Semanas después de concluido ese intenso proceso conocido como el Peor Verano de mi Vida, mis ojos volvieron a posarse sobre una señorita, algo impensado tras la partida de la Mejor Mujer del Mundo. El destino, que utiliza al azar como a un títere, quiso que aquella chica viviese pasando el Puente Pueyrredón, trayecto que repetí incansablemente en mi juventud pero cuya sola mención en aquel entonces me paralizaba.

La tarde de un martes (¿o era un viernes?) en que los camioneros decidieron cortar las calles reuní como pude ese valor que me había abandonado, revisé por largos minutos todos los mapas que encontré y elegí mis temas favoritos de los Beach Boys. Conduje por San Juan con relativa calma, pero a medida que me acercaba a la 9 de Julio, un sudor frío comenzó a deslizarse por mi nuca. Recuerdo haber prendido un cigarrillo, tal vez el más importante y necesario de todos los tiempos.

Sé que sostuve el volante con firmeza y mantuve la mirada fija en el horizonte. El tránsito era escaso, lo que facilitó mi modesta epopeya. Como si fuera (otra vez) el más tibio de los principiantes, me negaba a abandonar el carril por el que me trasladaba. Comprendí en aquel instante que no había ninguna trampa esperándome, más allá de las que astutamente podía plantar mi propia cabeza.

Al recuperar el dominio sobre mis emociones estaba del otro lado, había llegado a Avellaneda. La agitación inicial aún perduraba, pero por otros motivos. Lo había logrado. Me sentía Maradona contra los ingleses, Rocky contra el ruso, mi gato contra las polillas. El regreso a tierras porteñas fue mucho más simple.

A partir de esa tarde fui recuperando la confianza en mí y en los autos. Si bien cada tanto siento cierto recelo, he vuelto a recuperar el disfrute en el acto de conducir. La historia con esa mujer se extendió innecesariamente; yo me había enamorado, o eso creí entonces, pero para ella -citando a uno de mis superiores- terminé siendo una letra de tango para una melodía indiferente.

Puedo, en resumen, afirmar que yo aprendí a manejar dos veces. La primera tuvo lugar una tarde de domingo, en compañía de un simpático borrachín. La segunda, mucho más compleja, se remite al día en que decidí que ningún miedo sería más fuerte que mi renacido amor por las rutas.