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Analisis | ¿Ciudad de Dios?

ANÁLISIS: AMO S01E01: El Mensajero

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Por: Jessica Blady

Tags: NetflixAMO
Seguimos explorando lo más "exótico" del catálogo de la gran N.

Una de las grandes ventajas de Netflix es el acceso a productos internacionales que de otro modo no podríamos disfrutar ni conocer. “AMO” no es una serie original de la gran N, pero los convenios con el sistema de streaming, le permitieron a su creador, Brillante Mendoza –uno de los realizadores más afamados de Las Filipinas, que ya tiene varias pasadas por Cannes, la última con “Ma' Rosa” (2016)-, presentar su obra más allá de las fronteras de su país.  

La miniserie de trece episodios (cortitos, menos de media hora cada uno) arranca con “El Mensajero”, un capítulo vertiginoso que nos muestra la cara más marginal del estado asiático, y un barrio donde la droga es moneda corriente, ya sea para su consumo como para su tráfico.

La historia se centra en Joseph Molina (Vince Rillon), un estudiante de secundaria que, entre clase y clase, realiza diferentes encargos, llevando la sustancia prohibida desde el proveedor hasta sus jóvenes y peligrosos clientes. El muchachito se escabulle de la escuela cada vez que suena su teléfono, sumergiéndose en las entrañas de Ciudad Tigre, un lugar miserable y lleno de recovecos donde no siempre logra esconderse del constante accionar de la policía.  

Mendoza, encargado de dirigir “El Mensajero”, lleva su cámara atropellada, casi documental, por cada rincón de este vecindario: callejones sucios, calles atestadas, viviendas y comercios precarios que se hallan bajo la estricta vigilancia de las autoridades, aunque muchos encuentren la forma de eludir los controles y zafar de la cárcel.

El joven Joseph está, apenas, en los escalones más bajos de esta cadena alimenticia, pero ya se le nota la astucia y las ganas de “ascender” en los negocios; lo que (seguramente) veremos a lo largo de los capítulos, a medida que se vea envuelto con jugadores más importantes.

Hay algo (mucho) de “Ciudad de Dios” (Cidade de Deus, 2002) en “AMO”. Mendoza tampoco se contiene a la hora de mostrar con crudeza la realidad de su país, la corrupción en los estratos más altos del poder y la violencia que desata el narcotráfico. Pero la calidad narrativa y actoral está bastante alejada de la gran obra de Fernando Meirelles, aunque también podemos identificarnos y entablar relaciones con algunos de los sectores más marginados de nuestra propia sociedad.

Lo ‘exótico’ de “AMO” está más ligado a las costumbres filipinas –de las cuales no tenemos la menor idea- que a la historia en sí, no tan diferentes a cualquier otro policial occidental. Mendoza lo adorna con color y música local, acercándonos mucho más a ese realismo que intenta abrazar con cada escena.

Ojo, acá no hay un planteo novedoso ni un formato que rompa esquemas, más bien un argumento bastante conocido con un escenario diferente porque todos los países tienen sus miserias. Lo más interesante de “AMO” es su abordaje naturalista, una cámara en mano que se mete por los rincones y una realidad que, podrá ser ajena, pero que también la podemos encontrar a la vuelta de nuestras esquinas.

La idea es relacionarse con Joseph y sus peripecias, ver hasta dónde puede llegar en este mundo tan precario como peligroso y si, al final, va a lograr salir indemne. “El Mensajero” sienta las bases, pero le falta pequeños detalles (como una mejor actuación) para que queramos comprometernos del todo, tanto con su historia como con su protagonista.