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Analisis | … más que una yunta de bueyes.

ANÁLISIS: Troy: Fall of a City S01E01: Black Blood

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Por: Jessica Blady

Olvídense lo que aprendieron en la escuela, esta historia es un toque diferente.

Seguramente, tu recuerdo más fresquito sobre la Guerra de Troya tenga que ver con la versión cinematográfica, más condensada y pochoclera, de Wolfgang Petersen; esa protagonizada por Brad Pitt como Aquiles, Eric Bana como Héctor, Diane Kruger como Helena y el Burrito Ortega, perdón, Orlando Bloom como el papanatas de Paris.

El clásico homérico, y toda la mitología griega, llegan a la pantalla de Netflix de la mano de “Troy: Fall of a City”, miniserie de ocho capítulos en coproducción con la BBC, que cuenta el tórrido romance entre Paris/Alejandro (Louis Hunter) y Helena de Esparta (Bella Dayne), y los diez años de acecho que vivió la ciudad hasta su debacle, allá por el siglo XIII A.C.

David Farr es el creador y guionista de este drama bélico y acción que se toma unas cuantas licencias “históricas” y moderniza la clásica epopeya de Homero, dejando de lado la faceta más heroica de los protagonistas, y haciendo hincapié en las pasiones desbordadas de la famosa parejita. Al menos en este primer episodio, que nos cuenta el origen del príncipe troyano y el destino que venía arrastrando desde la cuna.

Paris crece como pastor e hijo de Agelao. Un veinteañero un tanto calentón y rebelde que desconoce su origen real y sueña con mucho más que cuidar ganado. Todo cambia cuando se le cruza Hermes y le pide elegir a la diosa más hermosa, obvio que se queda con Afrodita, quien le promete entregarle a la mujer más bella del mundo.

El pibe se queda con esta idea fija y huye hacia la costa donde se cruza con los hombres del  rey, practicando para los juegos anuales. Paris logra convencerlos de que lo lleven a la ciudad para participar de la contienda, pero no tiene ninguna chance de ganar cuando le llega la hora de enfrentarse cuerpo a cuerpo con Héctor.

Muy a lo Rapunzel de “Enredados” (Tangled, 2010), mamá Hécuba (Frances O'Connor) y papá Príamo (David Threlfall) reconocen a su retoño perdido hace veinte años, justo a tiempo para evitar que su hermano lo mande para el otro mundo. Así, Paris se desayuna con que su verdadero nombre es Alejandro, heredero del rey de Troya que a los pocos días de nacer fue raptado por los lobos y dado por muerto. Mentira, los reyes de deshicieron del pibe al saber que traería la destrucción de Troya, profecía vaticinada por Casandra (Aimee-Ffion Edwards), cuando apenas era una nena.  

La cuestión es que Paris se acomoda en el palacio y empieza a vivir la vida loca hasta que Príamo le encomienda su primera misión oficial: viajar hasta Esparta para estrechar los lazos económicos con el rey Menelao (Jonas Armstrong), que tiene sus propios planes en carpeta.

Durante el festín de la primera noche, el príncipe conoce a Helena, una reina poco satisfecha que esconde su infelicidad bajo una máscara de apatía, y algunos viajes lisérgicos. Ya sabemos que va a pasar entre estos dos tortolitos, y las tragedias que se avecinan.

Si les gusta mucho, mucho la mitología griega aléjense de “Troy: Fall of a City” lo más que puedan. Decir que es burda (bah, berreta) es quedarse corto, ni la puesta en escena, ni los efectos dan en el clavo, pero lo peor son sus actuaciones de culebrón latinoamericano, y sus resoluciones instantáneas. Lo de Hunter es un poquito bochornoso, y sólo en esta primera hora lo vemos mostrar el tujes sin razón aparente, hacer pipí de parado en varias ocasiones, y derrochar una cancherez que roza la intolerancia. Sí, entendemos que estamos en la época antigua donde no hay inhibiciones de ningún tipo, pero poner tetas y culos para demostrar que se trata de una serie adulta, no es la mejor manera de encarar una historia.

Paris es el centro del relato y, a diferencia de la versión virtuosa de Homero, carece de cualquier cualidad y habilidad, más allá de querer voltearse a todo lo que se mueve. Eso, hasta que conoce a Helena, la cual se nos presenta como una reina inteligente, culta y competente que, en seguida, le saca la ficha a este pibe; pero también es sumisa e incapaz de tomar una posición de poder ante su marido con la excusa de que “es mujer y eso no está permitido”. Nos acordamos de Gorgo y se nos salta la vena.

Pensándolo bien, tal vez no se escapa con Paris porque está súper enamorada (apenas se vieron un par de día), sino para huir de su propio tedio y un matrimonio arreglado que no la satisface.

La cuestión es que “Troy: Fall of a City” carece de la calidad narrativa y visual de cualquiera de los productos de la BBC, y parece más un híbrido de “Spartacus” mal llevado, que una apuesta épica que intenta superar aquella historia de Petersen que, al menos, tenía un poco de sangre y emotividad.