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Analisis | Bella Ciao

ANÁLISIS | La Casa de Papel (Serie completa)

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Por: Florencia Orsetti

¿La mejor serie de Netflix o fenómeno mediático imparable?

No deben haber sido pocos los que se quedaron despiertos de madrugada para empezar hoy mismo la segunda parte de La Casa de Papel, agregada al catálogo de Netflix hace apenas unas horas. La serie española de Álex Pina (Vis a Vis) tuvo una recepción notable en su país, pero no fue hasta que Netflix se la cargó para distribución internacional –el pasado diciembre– que se convirtió en la serie favorita del mundo. Primer puesto de lo más visto en Netflix, Top 20 en IMDB… en pocas semanas, todo el mundo estaba embobado con el mayor atraco del mundo. Ahora, se venden remeras de "Soy la puta ama", hasta se canta Bella Ciao en los boliches y más de uno debe estar esperando una fiesta de disfraces para aparecerse con su mejor careta de Dalí. ¿Qué tiene La Casa de Papel que la rompe tanto?

Esta producción de Atresmedia sigue minuto a minuto las peripecias de un grupo de ladrones que ejecuta el mayor atraco de la historia de España: un robo a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre.  Todo el atraco está orquestado por El Profesor (Álvaro Morte), un intelectual calculador que parece tener todo controlado para que el golpe salga perfecto. Pero como es bastante neófito en esto de poner manos en la masa, contrató a un grupo de expertos atracadores: Tokio (Úrsula Corberó), Nairobi (Alba Flores), Río (Miguel Herrán), Moscú (Paco Tous), Berlín (Pedro Alonso), Denver (Jaime Lorente), Helsinki (Darko Peric) y Oslo (Roberto García). El elenco principal no estaría completo sin mencionar a Raquel (Itziar Ituño), la oficial líder del bando de los policías que quieren detener a la banda de chorros.

La Casa de Papel tiene muchos tropos de las películas conocidas como “Heist film”, o cine de atracos, género que engloba tanto películas como Bonnie y Clyde (1967) y La Gran Estafa (2001), así que claramente no les estoy diciendo mucho con esto. El punto importante es que La Casa de Papel es el primer ensayo exitoso de trasladar la fórmula a una serie. ¿Cuánto podemos estirar un robo antes de que el chicle se corte? Se ve que mucho. Aunque la serie sea un pastiche de elementos que ya vimos en las grandes del género (los nombres de países son de Reservoir Dogs, Tokio es la Natalie Portman de Leon The Professional que nunca maduró), poco importa la originalidad porque, claramente, la avidez de la serie está en el guion y en cómo maneja los tiempos. 

Arranca el primer episodio: no sabemos cómo planearon el atraco ni quiénes son, pero dieron el golpe. Ya están adentro y el reloj empieza a correr. La estructura, de ahí en más, introduce algunos flashbacks que explican cómo se planeó todo. Comienzan a ocurrir, una y otra vez, hasta el punto que se tornan inverosímiles, una serie de sucesos que amenazan con desmoronar todo el plan. El Profesor, como cosa de arte de magia, siempre tiene un as bajo la manga para remediarlos, como si realmente la tuviese pensada de antemano. La ilusión no se rompe y continuamos enganchados. El atraco sigue su curso.

Poco nos detenemos a pensar sí todo lo que sucede es posible en ese margen de tiempo porque parte de la ilusión que construye la serie está sostenida en que parece pasar en tiempo real. Solo abstrayéndonos podemos dudar de cómo es posible enamorarse tanto en tan solo dos días y prometerse las mil maravillas y hasta una vida juntos en una isla tropical. Mucho de lo que pasa desafía la lógica, pero es difícil cuestionarlo en el momento. Cuando el ritmo es tan explosivo, las emociones parece que también lo son y los personajes se vuelven muy queribles.

Es fácil identificarse con las motivaciones de alguien como Nairobi y de entender el nihilismo de Berlín una vez que conocemos su historia personal. Todos los atracadores están empapados de algún drama humano… Todos excepto Tokio, quien se vuelve insoportable desde el momento cero por ser la que pone la voz en off innecesaria, que escupe lo que pasó y lo que va a pasar. Tokio involuciona como personaje y tiene las salidas más ilógicas de la serie. Los demás son tan queribles que queremos que se salgan con la suya. Es por eso que las amenazas al plan maestro del profesor nos mantienen tan al borde de la silla. No queremos que los atrapen y perdemos la cuenta de qué tantas veces la zafaron por arte de magia.

El caso de La Casa de Papel es interesante porque se convirtió en la serie maratoneable por antonomasia, en la prueba fehaciente de que adoptamos nuevas formas de consumir series. Me atrevo a decir que no solo la pegó por estar en Netflix. ¿Cuántas otras series ibéricas tienen buena audiencia, pero no impactaron ni la mitad? Merlí es un buen ejemplo. La serruchada que le pegó Netflix a La Casa de Papel, convirtiendo los episodios de 70 minutos en capítulos de unos módicos 45-50, es devota de la práctica “un capítulo más y me voy a dormir”. Probablemente,los españoles que tuvieron que consumirla en dosis semanales notaron mucho antes qué tan fino es el hilo de verosimilitud sobre el que pende toda la trama. Sin Netflix, La Casa de Papel no sería un fenómeno.

Sus técnicas para estirar lo inestirable y su abuso por el melodrama tal vez parezcan desleales desde un ángulo crítico, pero son los elementos que hacen que no la podamos soltar. Sus niveles de producción y la madera de sus actores, a la altura del buen cine, son un punto fundamental de su éxito también, porque el gigante del streaming tiene una audiencia acostumbrada a series de alto presupuesto.


No voy a dar más vueltas en tratar de entender el fenómeno. La Casa de Papel está lejos de ser una obra maestra, pero da en el clavo en muchas cuestiones. Tiene un buen elenco, está bien dirigida y atrapa episodio a episodio. En lo personal, a mí me gustó mucho y creo que es porque, como muchos, abracé su inverosimilitud y me quedé con los personajes, su carisma, sus motivaciones y sus soluciones hilarantes. El final de la serie, muy a lo Disney, tiene un poco de cuento de hadas también y creo que es la prueba de que no tenemos que tomárnosla tan en serio. A veces solo hay que dejarse enganchar y disfrutar.