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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: El Síndrome Truman

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Por: Victor Gueller

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Las buenas intenciones, es sabido, nunca alcanzan.

Comencé a conocer el mundo de manera tardía. Durante muchos, demasiados años, elegí (o creí elegir) la comodidad de unas paredes, los límites de un barrio, las aventuras perfectamente digitadas. Yo no sabía qué había ahí afuera, y como tenía mucho miedo a lo desconocido, me resultaba más sencillo conformarme en el supuesto resguardo de una seguridad ficticia. Desde mi sesgada perspectiva eso era lo usual, así se comportaba la gente normal, esos odiosos individuos grises a los que aprendí a rechazar por sentirme plenamente identificado en ellos.

A los 17 años visité la costa fuera de temporada sin más compañía que mis prejuicios y mis hábitos mal aprehendidos, y se sintió bien. Cada paso que me alejaba del hotel, era un paso que me acercaba a todos aquellos riesgos que yo imaginaba en los lugares ajenos. Notable fue mi sorpresa al comprobar que nada de eso existía. Las panaderías estaban ahí, los vendedores de diarios también estaban allí, todos los mozos de todos los bares seguían siendo mis amigos. Los perros de la calle ya no me asustaban, los diálogos banales dejaron de interesarme. Creo que a partir de ese viaje la edad de mi documento dejó de representarme.

Los años universitarios trajeron pequeñas alegrías, tibios amores y un título que se perdió en una mudanza y cuya desaparición poco me ha afectado. A veces, cada tanto, viajaba. Viajes pequeños, mayormente breves, sin emoción alguna. Viajé con amigos y viajé solo. Una vez llevé a mi madre a Mar del Plata, pues ella extrañaba aquel puerto y su abundante comida. Ella regresó a Buenos Aires al día siguiente, yo permanecí en un departamento sucio, junto a una botella del whisky más barato que encontré en el supermercado, un libro y un par de discos de Frank Sinatra. Desayunaba a diario en un bar griego, donde escribí mis primeros párrafos dignos al tiempo que entendí qué era eso de estar enamorado.

La Mujer más Importante del Mundo (porque ya no es la Mejor) me instó años más tarde a viajar en avión, experiencia que me había sido esquiva durante un cuarto de siglo, y gracias a ella conocí ese Sur que me conquistó para siempre. Después, visité Los Angeles por vez primera, y su inmensidad y su locura me devolvieron a los miedos originarios; la ciudad era grande, yo muy pequeño. Recuerdo con lejano orgullo esa fugaz caminata por el barrio latino, mientras mi cuerpo ardía en fiebre y mis compañeros cumplían su digna labor periodística.

Cuando todo lo que ya conocía dejó de interesarme -incluyendo a mis amigos, a mi novia y fundamentalmente a mí mismo- fui al norte de Córdoba, siguiendo el estereotipo más gastado del viajero con mochila. Los primeros días fueron fascinantes, luego comprendí que allí tampoco encontraría eso que buscaba empecinadamente, eso que aún busco y que sospecho jamás encontraré. Yo busco lo que busco, porque soy un hombre, y seguiré buscando como un gran tonto, dientecito de ajo, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete…

Gracias a esa experiencia me percaté que sufría del Síndrome de Truman. Mi destino parecía delimitado, estaba preso en una realidad que no me llenaba y en lugar de intentar cambiarla prefería quedarme en la periferia, encontrando justificativos para mis quejas, maldiciendo las Oportunidades Perdidas.

Finalmente, tras arduas batallas con mi enemigo más implacable, decidí plantarme ante mis temores y salté al vacío. Aún sigo aquí, aún sigo en él. Sé que el camino recorrido ha sido ínfimo, pero al menos es el camino que yo elegí, el que continúo eligiendo a ciegas. Estoy cerca de cumplir 35 años, y una de mis escasas certezas es que la mayoría de las decisiones que he tomado han sido equivocadas. Sé, también, que llegado el momento mi cáncer será mi cáncer, y sé que mi muerte será sólo mía y que será una fiesta, como deberían ser todas las muertes y todas las despedidas.

No cambiaría mi vida por la de nadie más, no cambiaría ninguno de mis fracasos ni ninguna de mis desilusiones. No cambiaría mi cuerpo, que con tanto empeño arruiné, recuperé y todavía sigo forjando. No cambiaría a mis maestros, que han sido pocos. No cambiaría, de más está decir, esos instantes en los que me sentí más poderoso que el mismísimo Tiempo.

Somos insignificantes ante la eternidad. Tanto, que aún el más noble de nuestros actos será eventualmente olvidado. Salgamos entonces a presentar batalla. Vivamos sueños imposibles. Honremos esa Verdad que perseguimos pese a no conocerla. Sigamos aquí (y en todas partes) hasta que ya no sigamos más y nos llegue ese desenlace que todos compartiremos. Nada es en verdad tan importante. Que los límites sean sólo de los cobardes, que los cobardes no nos arrastren a su existencia pantanosa. En algún lugar del mundo hay un pájaro cantando y los pájaros, intuyo, no necesitan motivos para cantar.