Publicado el

Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Verano del 2015

Volver a la home

Por: Victor Gueller

Tags: Aguafuertes
Recuerdos difusos del verano en el que Don Draper me salvó la vida.

La noche de un viernes de noviembre del 2014 la pasé en Varela Varelita tomando vino. Leo me acompañó durante tres, cuatro horas, mientras quien fuera mi novia se convertía en mi ex, exteriorizando su nueva condición llevándose sus pertenencias del departamento que compartimos por un año y medio.

El sábado pedí una pizza grande que disfruté mirando fútbol en la televisión. Me encontraba próximo a comenzar la dieta que cambiaría mi vida, por lo que decidí despedirme de mis malos hábitos cayendo en ellos de forma grosera, inenarrable.

Desde entonces, todos los días subsiguientes se mostraron preocupantemente similares entre sí. Supongo en el fondo jamás sospeché que podría separarme, esas cosas les pasaban a los demás, no a mí. No sabía cómo lidiar con ese estado desconocido sin convertirme en un estereotipo ni en la letra de un tango.

Por un lado, necesitaba distraerme, pero por el otro deseaba íntimamente llegar hasta el fondo de esa desolación. Siempre me sentí atraído hacia las historias protagonizadas por antihéroes, fracasados, perdedores, y yo -creía- me había convertido en el más patético de todos ellos.

Pasé esa Navidad solo, cenando dos zapallitos rellenos y una copa de Luigi Bosca, contemplando desde mi balcón la alegría ajena. Mi gato gordo estaba en el placard, buscando refugio ante la pirotecnia, esa costumbre tan arraigada entre el idiota promedio. Me dormí relativamente temprano y, al despertar, tomé mi clásico cortado en ese otro bar que tanto amo.

Suponiendo que el verano se haría insostenible de seguir transitando el camino de la autocompasión, me ofrecí a regresar a la radio durante enero y la mitad de febrero, ocupando la silla de aquellos Nerds que se disponían a disfrutar sus merecidas vacaciones. Reconozco me fue difícil mantener un discurso medianamente atractivo para un medio masivo de comunicación en esas condiciones; sentía que hasta mis simpáticos juegos de palabras me habían abandonado.

De lunes a viernes, a lo largo de dos horas, me ponía la mejor de mis máscaras, intentando dar rienda suelta a la locuacidad de antaño. Un par de veces creo haberlo conseguido. Las veintidós horas restantes las pasaba mayormente en silencio, repitiendo de forma automática saludos insignificantes, pidiendo cigarrillos en el kiosco, refugiándome en el templo de la esquina de Scalabrini Ortiz y Paraguay.

Los fines de semana se hacían especialmente largos. Buscando paliar la soledad, pasé la noche de varios de esos sábados en distintos hostels, conformándome con mantener conversaciones intrascendentes con viajeros de todo el mundo. Recuerdo a un español que quería hacerse rico en Latinoamérica, a una peruana que me utilizó como guía turístico, a un brasilero voluminoso que roncaba a un volumen insoportable. Cualquier cosa era mejor que mi cama vacía.

Ver Mad Men evitó, paradójicamente, que pierda la cordura. Breaking Bad me enseñó que en cualquier momento es posible reinventarse. Admiraba a esos personajes hermosos del otro lado de la pantalla, mientras mi realidad apenas incluía 600 calorías diarias, la pesadez de la burocracia cotidiana y sonrisas que fingía con sorprendente verosimilitud.

Creo que aquel verano logré interiorizarme en los vericuetos del alma humana como nunca antes. Me sentí Bukowski y Kerouac, fui Arlt y fui Dostoievski. Me había vuelto más sabio, pero a qué precio. Cuando se ven los hilos las marionetas pierden su encanto.

En marzo viajé al sur del país. En Bariloche comí un sándwich de salmón que recuerdo con especial cariño. En Villa La Angostura conocí a una alemana que me hizo creer en un nuevo comienzo. Lo peor había quedado atrás. Sin embargo, no debía confiarme, pues el resto de aquel año me esperaba agazapado con sucesivas decepciones, desengaños fulminantes y un par de momentos mágicos que lo justificarían completamente. Pero esa, estimados lectores, es otra historia.