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Analisis | Patinando a la gloria

ANÁLISIS: Yo Soy Tonya (I, Tonya, 2017)

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Por: Jessica Blady

Pasaron los Oscar, pero quedaron algunos estrenos en el tintero.

Si creciste durante la década del noventa, seguramente, alguna vez, te cruzaste con el “E! True Hollywood Story” de Tonya Harding. Uno de esos ‘escándalos’, más mediáticos que otra cosa, que adornaban los titulares de los pasquines norteamericanos, al menos, hasta que otra noticia bomba venía a robarle el protagonismo.

Para el director Craig Gillespie (“Lars y la Chica Real”) y el guionista Steven Rogers (“Navidad con los Cooper”) había mucho más para contar sobre esta patinadora, la segunda en la historia (la primera mujer) en completar un salto de triple axel durante una competición. Este no es un dato menor: Tonya Maxene Harding estaba destinada a la gloria del hielo, pero su condición socioeconómica siempre fue un factor que se interpuso en su camino al triunfo olímpico y el estrellato… aunque igual logró acaparar la atención de lo opinión pública de la forma menos pensada.  

Los realizadores se deciden por una estética y un enfoque muy particular (mucho ‘VHS’ a tono con la época), un tanto vertiginoso y pseudo documental, que recopila los eventos desde puntos de vista muy diferentes: principalmente, el de Tonya (Margot Robbie) y el de su ex marido Jeff Gillooly (Sebastian Stan), acusado de ser uno de los artífices del atentado que sufrió Nancy Kerrigan en 1994, amiga y principal rival de Harding durante las instancias previas a los Juegos Olímpicos de Lillehammer.

Todos tienen su versión, y sus justificaciones. Al espectador le toca decidir de qué lado quiere pararse, aunque los realizadores un poco se olvidan de la verdadera víctima de estos acontecimientos. Claro, esta no es la historia de Kerrigan, sino de Harding, pero esta deja de ser una de las tantas falencias y omisiones de la película.   

Arrancamos en la década del setenta con una pequeñita Tonya, impulsada por su estricta mamá LaVona (Allison Janney), destinada a hacer historia en las pistas de patinaje de Portland (Oregón) y más allá. Todo lo que le sobra de talento, le falta en gracia y condición social, un tanto opacada por su mala reputación de “white trash” (basura blanca) –término totalmente despectivo que engloba a cierto sector de la sociedad norteamericana, de bajos recursos y nivel cultural-. Tonya no encaja y, además, debe aguantar los abusos físicos y psicológicos de mamá, y más aún tras la partida de papá, el único que parece tenerle cariño.  

A pesar de sus estrambóticos trajes hechos en casa, y sus controvertidos gustos musicales a la hora de elegir los temas para ejecutar, Tonya logra salir adelante de la mano de su entrenadora Diane Rawlinson (Julianne Nicholson), y su propia tenacidad. En el medio abandona la escuela por recomendación de LaVona, pero también comienza su relación con Gillooly, un romance que, obviamente, su mamá desaprueba.    

Hay amor y pasión entre estos dos tortolitos, pero también la necesidad de Harding de escapar de su  casa y, sobre todo, de su madre. Por eso decide casarse con Jeff, y sin darse cuenta, cambia una relación abusiva por la que sigue. De ahí todo es cuesta abajo, y aunque el oro olímpico esté cada vez más cerca, la carrera y la vida de Tonya empiezan a desmoronarse, en parte, por su propia autosabotaje.   

Tras quedar afuera de los juegos de invierno de 1992, Tonya da un paso al costado y vuelve derrotada a Portland para convertirse en camarera. Lillehammer 1994 parece ser la luz al final del túnel, pero es ahí donde Jeff y su estrambótico amigo Shawn Eckhardt (Paul Walter Hauser) van a idear ese plan que se sale de control y, en definitiva, termina por hundir la carrera de la Harding.

“Yo Soy Tonya” (I, Tonya, 2017) no intenta ser una dramedia biográfica del montón que se sube a la ola de la ‘nostalgia’. Al igual que “American Crime Story: The People v. O. J. Simpson” (2016), excede un poco la noticia policial, e intenta bucear en la época, las circunstancias de los implicados, y el lugar preferencial que ocuparon la sociedad y los medios en dichos casos.

Si tomamos distancia, Tonya es una víctima más de este entramado, incapaz de asimilar su condición y entender realmente lo que está pasando a su alrededor. ¿O sí? Ese es nuestro trabajo como espectadores, decidir con quién queremos empatizar, y a quién le queremos creer el cuento.  

Gillespie asume la tarea desde la comedia más ácida, pero deja escapar el drama del abuso cuando es realmente necesario. Lo malo es que abandona un punto importantísimo: Kerrigan y el atentado en sí que, en definitiva, nunca tienen el lugar que se merecen. No olvidemos que Nancy es la verdadera víctima dentro y fuera de los titulares, pero para los realizadores éste resulta ser un hecho menor, porque al igual que la prensa amarillista, es más fácil golpear al que está en el suelo.   

No es un detalle menor, pero tampoco desluce una magnífica película que llega un tanto atrasada a las salas locales, tras una gran temporada de premios que destacó las actuaciones de Robbie (aunque nadie le cree que puede aparentar 15 años) y, sobre todo, la de Janney como LaVona, tan estricta como desagradable, quien tranquilamente podría ganarse el premio “a la peor madre de todos los tiempos”.

“Yo Soy Tonya” también destaca desde su vestuario y puesta en escena noventosa tan reconocible, un montaje espectacular a cargo de Tatiana S. Riegel (lamentablemente le tocó competir contra “Dunkerque”), una gran selección de canciones para todos los gustos y ese tipo de efectos especiales que, justamente no se notan, para crear la ilusión en las pistas de patinaje. Pero lo mejor sigue siendo el análisis sociocultural de esta época particular, alejadísima de la locura de las redes sociales, aunque no ajena al escrutinio público y los circos mediáticos que acusan con el dedo primero, defenestran y luego preguntan, olvidando que detrás de los titulares y los ratings hay seres humanos con defectos y virtudes.

Tonya sólo tenía un sueño y una habilidad para destacarse. Muchas veces la sociedad, sus hipocresías, elitismos y discriminaciones, nos impiden compartir el patio de juegos sin medir las consecuencias, ni el daño (colateral) que pueden causar con ello.  

LO MEJOR:

- Margot demostrando que es mucho más que una cara bonita.

- El análisis sociocultural de la época.

- La conjunción de todos sus elementos técnicos.

 

LO PEOR:

- Que deja de lado a la verdadera víctima.

- Algunos personajes demasiado caricaturescos.