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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Avenida Corrientes

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Por: Victor Gueller

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El tiempo y los recuerdos se entrelazan en la calle que nunca duerme.

De todas las avenidas porteñas, Corrientes probablemente sea la más importante, esa que nos representa con hidalguía ante el resto del país y del mundo. Corrientes es noche, Corrientes es tango, Corrientes es bohemia y es cultura; es -también- una trampa insalvable para los automovilistas apurados, el epicentro del ruido desmedido, el hogar de rufianes de poca monta.

Lejos de sus sectores más turísticos, Corrientes fue, a su vez, mi primer contacto con Buenos Aires. Durante mis primeros dos años, viví en el cruce de Bulnes y la Avenida que no duerme, aunque lamentablemente no guardo ningún recuerdo de ese departamento, a excepción de las cunas que con paciencia y metodismo inutilicé.

Luego, mi familia y yo nos mudamos a Corrientes y Gascón, donde se emplazaba -y aún lo hace- un edificio que jamás olvidaré. A pocos metros de mi puerta había una juguetería, y en su vidriera solían exhibirse los mejores muñecos de los Thundercats. Unos pasos más allá, un enorme salón de arcades alegraba a los visitantes con varios de esos juegos clásicos que aún al día de hoy soy capaz de disfrutar. Una farmacia antigua, el saludo cordial del verdulero, el colectivo 26 como método de transporte predilecto, el bar de esa esquina donde mi padre leía el diario, un colegio con el nombre de un iluminado. Eso era Corrientes para aquel niño tímido, cuyo mayor logro fue pronunciar correctamente la palabra “idiosincrasia” antes de cumplir los tres años.

Después de Corrientes fue Rivadavia; después de Almagro fue Caballito. Amo profundamente mi barrio, creo que no lo cambiaría por ningún otro. Sin embargo, cada cierto tiempo, algo me empuja nuevamente al lugar donde todo comenzó. Me gusta caminar por Medrano, me gusta vivenciar en primera persona el modo en que esa calle que tan bien conozco fue cambiando con el correr de los años, me gusta imaginar qué se esconde detrás de cada ventana, de cada luz, de cada par de ojos anónimos. Caballito es sofisticado y hermoso, pero Almagro tiene el corazón más puro.

Mis caminatas comienzan en Corrientes al cuatro mil y pico, y finalizan, como corresponde, en Puerto Madero. En el trayecto, paso por el Abasto, donde Luca se hizo inmortal, donde regalé algunos de esos primeros besos iniciáticos. En Pueyrredón los recuerdos se acumulan y se mezclan, de forma análoga a la multitud recurrente que la puebla. Junín siempre me pareció una calle simpática; en Callao se esconde el primer encuentro verdadero. El Colegio de Abogados es el recordatorio de todo lo que no quiero ser, cruzar 9 de Julio sigue siendo una aventura. Suipacha es la primera juventud, el Luna Park continúa susurrando en voz baja que todo tiempo pasado fue efectivamente mejor.

El futuro no es más que la sumatoria de todas las dudas. Desconozco dónde estaré dentro de cinco años, dentro de cinco meses, quizás hasta dentro de cinco días. Admito, no obstante, que mi espíritu contemplativo difícilmente me abandone, por lo que intuyo siempre regresaré a todos esos lugares en los que fui feliz. La modernidad atenta contra la nostalgia, el pasado siempre me acompaña, por obvias razones mi sien no podrá ser plateada; de todos modos, confío en que las estrellas, con su mirada burlona, me seguirán viendo Volver.