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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Un Cortado

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Por: Victor Gueller

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Un viejo y adorable relato ficticio, refritado especialmente para la ocasión.

A don Rufo le gustaban los bares. El viejo disfrutaba enormemente la soledad de los bares aunque, a veces, intentaba encontrar una compañía ocasional capaz de hacer sus largas horas más llevaderas.

Quiso el destino que esa tarde, Josefina se encuentre a sólo dos mesas de distancia de don Rufo. Ella, en su juvenil ingenuidad, desconocía que lo que la separaría del libro que sostenía en sus blanquísimas manos sería un hombre mayor, nuestro Rufo, quien la observaba con fervor, imposibilitado de esconder una mueca libidinosa en verdad desagradable.

Midiendo los tiempos, y confiando en la dialéctica que tantas satisfacciones le había dado en sus años mozos, Rufo aprovecho el instante en que la bella señorita se disponía a pasar la página para acercarse e iniciar un diálogo, que muchos considerarían intrascendente.

- Discúlpeme señorita…

Josefina se mantuvo imperturbable.

- ¡Señorita!

- ¿Si?

- Mi intención muy lejos está de importunarla en su lectura. Sucede que la he estado observando desde mi mesa hace largo rato. Y es tan dificil encontrar en esta juventud descarriada a un alma hambrienta de literatura que…

- ¿Que qué?

- Que me tomé el atrevimiento de acercarme a usted y sugerirle que si lo desea, solo si verdaderamente así lo desea, la puedo invitar  a otra vuelta de café, y quizás intercambiar nuestros pareceres acerca de –en este momento Rufo lamentó profundamente haber retrasado su visita al oculista, mientras intentaba acercarse al libro para dilucidar quién era el autor; sintiéndose triunfante al divisarlo exclamó aliviado- Holderlin...

- Le agradezco sus palabras señor, pero…

- Rufo

- ¿Perdón?

- Rufo. Llámeme Rufo.

- Le decía, Rufo, que agradezco sus palabras pero…

- Sería solo un rato; prometo no distraerla mucho tiempo

- Vea; estoy esperando a alguien, y sería muy incómodo para mí si él llegase y me viese con…

- Él…

- Si, él, mi pareja.

- Entiendo, pero no hay motivo para la confusión. Sólo busco hablar, compartir nuestras emociones, nuestros sentimientos. Algo de lo que poco que nos queda gratis en esta sociedad tan…

- Yo le creo, pero no me gustaría tener que darle esas mismas explicaciones a Federico.

- Así que se llama Federico... como García Lorca, como Nietzsche, como el encargado de mi edificio.

Josefina no pudo ocultar su desagrado ante la comparación malintencionada.

- Disculpe señor, pero…

- Rufo. Te dije que me llames Rufo.

- Mire, yo no lo conozco, y si no le molesta desearía seguir con mi lectura y esperar tranquila a mi novio que va a llegar en cualquier momento.

Esas últimas palabras sonaron como una sincera expresión de deseo. Josefina estaba resignada a la impuntualidad de su novio, detalle que el tiempo le enseñó a perdonar y debido al cual siempre llevaba un libro consigo.

- Mirá Josefina, realmente te entiendo. Es verdad que no me conocés, pero con esa actitud defensiva  nunca podrías llegar a hacerlo. Esto puede ser un comienzo, un…

- Nada. Esto no es un comienzo de nada. Por favor, váyase o llamo al mozo.

- ¿Al mozo? ¿Qué le pensás decir? “Señor, este hombre me quiere invitar un cafe”… se pondría  muy contento, suelo dar buenas propinas.

- Déjeme sola, por favor.

- Querida, vos me ves así, viejo, gordo, afectado por el paso del tiempo; pero hasta hace unos años muchas mujeres hubiesen querido estar en tu lugar. Se peleaban por mí, tenía una mina distinta cada semana. Vos no sabés con quién estás hablando.

- ¡Ni tampoco quiero saberlo! ¡Mozo!

- A ver si nos entendemos. Seguramente pensarás en qué puede ofrecerte un viejo como yo, con pelo en las orejas, que necesita un bastón para caminar, pero así como me ves, yo soy un semental. Si te contase mis aventuras… no, aventuras no, ¡epopeyas sexuales!

Josefina reaccionó instintivamente, solicitando a los gritos la presencia del mozo, quien se acercó con velocidad. Los escasos parroquianos presentes contemplaban la escena entre incrédulos y divertidos.

- Claro… ahora tenés miedo. Pero no a mí; tenés miedo a enamorarte, como les pasa a todas, ¿no? ¿Es eso? Contestame, ¿es eso?

- Usted está loco.

- ¡Ja! ¡Loco! ¡Loco yo! ¿Cuánto te dura tu Federico? ¿4 minutos y medio con suerte? Yo te puedo hacer gritar la noche entera. Qué digo la noche… ¡La semana! ¡El mes! ¡Soy insaciable! ¡Y sin pastillitas mágicas!. En cambio vos… vos tenés cara de estar mal atendida.

Finalmente, el mozo decidió intervenir, pidiéndole gentilmente a Rufo que abandone el lugar. El viejo levantó la mirada, imitando -o creyendo imitar- a esos galanes que tantas veces había visto en las películas.

- ¿Que me vaya? Yo me voy cuando quiero. Y ni te atrevas a acercarte, si yo muevo un dedo vos terminás en la calle, ¿sabés? Si yo quiero, vos no volvés a trabajar nunca más, ni acá ni en ningún otro…

Sin mediar más palabras, el mozo asestó un rotundo derechazo en la cabeza del anciano. Mientras Rufo caía aparatosamente sobre una mesa desocupada, las puertas del bar se abrieron de par en par, insinuando la silueta de Federico, el dichoso novio de Josefina.

Federico indagó, con los ojos más que con palabras, sobre lo sucedido en el lugar, pero antes que Josefina atine a decir algo, Don Rufo se levantó con el poco orgullo que aún le quedaba. Al comprobar con asombro que el novio de su fallida conquista era a su vez el encargado de su edificio, acaparó nuevamente la conversación.

- ¡Don Federico! ¡Qué sorpresa! El mundo es un pañuelo. No pasó nada acá. Yo ya me iba… y me tropecé, estoy viejo, qué se le va a hacer. A veces el cuerpo no responde y, bueno... 70 pirulos son 70 pirulos. Los dejo solos muchachos; disfruten ustedes, los jóvenes.

Con el bastón en su mano derecha, y un visible moretón en la frente, Don Rufo se disponía a dejar el lugar y habiendo recuperado en parte la compostura, le pidió a Federico que pasase por su departamento, puesto que la calefacción no funcionaba bien, y todos sabemos que -a su edad- no es recomendable andar tomando frío.