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Analisis | Doble de cuerpo

ANÁLISIS: Altered Carbon: Primera temporada (SPOILERS)

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Por: Jessica Blady

Qué nos dejó a favor y en contra la primera entrega de esta nueva serie sci-fi.

La ciencia ficción, como género, siempre se encargó de balancear el puro entretenimiento con la aventura, el drama o la comedia y, muchas veces, deslizar temas más interesantes, coyunturales, o pensando en las consecuencias que podrían tener en el futuro. Distopías, gobiernos opresivos, desastres ambientales, invasiones alienígenas, experimentos científicos y adelantos tecnológicos que ponen en juego decisiones morales y éticas, historias y planteos que siempre esconden metáforas sobre los tiempos que corren, ya sea hace sesenta años en plena Guerra Fría cuando el sci-fi hizo escuela en este aspecto, o en nuestros días, donde nos invita a reflexionar sobre nuestra propia existencia y mortalidad como en “Altered Carbon”.

La productora Laeta Kalogridis tardó quince años en llevar a la pantalla la adaptación de la novela homónima de Richard K. Morgan, desde su publicación en el año 2002. Su intención era realizar un largometraje, pero terminó encontrando asilo en la gran N y desarrollando una primera temporada de diez episodios, un formato más cómodo para poder exponer todas las ideas del autor, sin restricciones de tiempo ni censuras, debido a su alto contenido de violencia y exposición, no tan fáciles de vender para un estudio cinematográfico.  

“Altered Carbon” es muchas cosas, tal vez demasiadas, y ahí reside su mayor problema. Claro que es un drama de ciencia ficción, pero también es un thriller policial y una distopía futurista con gustito cyberpunk que no le puede escapar a las comparaciones con “Blade Runner”, “Matrix”, “Equilibrium”, “Los Juegos del Hambre”, “El Demoledor”… ustedes elijan.

La historia de Kalogridis y Morgan plantea un futuro donde los científicos lograron encapsular la conciencia humana (dentro de una “pila”) y prolongar la vida sólo cambiando de “funda” (cuerpo) para evitar la muerte definitiva. Claro que no todos tienen las mismas ventajas y todo se reduce a una división de clases sociales donde los pobres muchas veces no pueden acceder a estas ventajas, y donde los ricos, denominados “mats” por Matusalén, siguen atravesando los siglos y acumulando fortunas a expensas de sus caprichos y el abuso de los que menos tienen. A los ojos de muchos, estos inmortales poderosos son dioses que, como si fuera poco, viven en el cielo (Aerium), alejados de la inmundicia del planeta.

Sabemos que unos 250 años atrás, los Enviados (soldados de élite rebeldes) quisieron ponerle un alto a esta inmortalidad, pero perecieron en el ataque a Stronghold (su base de operaciones), incluyendo a la líder Quellcrist Falconer (Renée Elise Goldsberry) y Reileen Kawahara (Dichen Lachman), hermana menor de Takeshi Kovacs (Will Yun Lee), ex CTAC (cuerpo táctico de asalto y campo) del Protectorado convertido en revolucionario.

Ahora, en el año 2384 y tras pasar dos siglos y medio en hibernación (parte de su sentencia), a Kovacs se le asigna un nuevo cuerpo (el de Joel Kinnaman) para llevar a cabo una misión específica. Tak no es un hombre libre, su funda le pertenece a Laurens Bancroft (James Purefoy), un multimillonario aristócrata con varios siglos a cuestas que necesita de sus habilidades para averiguar las circunstancias de su propia “muerte”, un aparente suicidio que lo dejó sin los recuerdos de sus últimas 48 horas de vida.

Kovacs puede aceptar la tarea y ganarse el indulto, volver a dormir eternamente o hasta aceptar la muerte definitiva. Esta idea no le molesta ya que este mundo no tiene nada para ofrecerle y el recuerdo de las pérdidas es demasiado doloroso. Pero ahí es cuando empiezan los problemas. En su primer día en Bay City (antigua San Francisco), una metrópoli atestada llena de vicios y delincuencia, ya tiene varios encontronazos con la oficial Kristin Ortega (Martha Higareda), obsesionada con este “Enviado” y sus actividades; además de otras fuerzas que pretenden evitar que siga investigando la “muerte” de Bancroft.

Así arranca “Altered Carbon”, y desde el minuto cero sabemos que va a estar cargada de violencia, escenas de súper acción que mezclan lo oriental y lo occidental, mucha sobre explicación e información imposible de procesar, y una misoginia y exposición gratuita digna de los peores vicios de “Game of Thrones”.  

Lo mejor de “Altered Carbon” es su concepto de perennidad y su planteo ético y moral sobre la vida y la muerte. Acá, la oposición está representada por los Neo-C o el Neo-catolicismo, una religión que sostiene que los humanos no deberían volver a la vida después de la muerte definitiva, y que consideran todo el proceso una verdadera aberración. No se los puede culpar cuando una familia de bajos recursos no logra costear una funda digna, y sus seres queridos terminan en cualquier cuerpo, muchas veces de edades, sexo o etnias diferentes. Distinto es para los mat que acceden a fundas sintéticas mejoradas y a sus propios clones, para perpetuarse en un mismo cuerpo por toda la eternidad.

Pero al final, el argumento toma estos temas muy a la ligera y los olvida la mayor parte del tiempo, retomándolos de vez en cuando, más que nada con los flashbacks del pasado, cuando conocemos la misión de los enviados y la verdadera identidad de Falconer, responsable de la tecnología de las pilas que como Frankenstein vio con horror cómo su experimento se salía de control y decidió hacer algo al respecto.

Esta filosofía (un tanto new age), y estos pensamientos que terminan por unir a Quellcrist y Tak son las reflexiones más interesantes de la serie, pero se pierden en un intrincadísimo argumento policial que suma demasiados personajes, situaciones y subtramas, para desembocar en un simple drama romántico familiar, y un “complot” llevado a cabo por la resentida hermanita de Kovacs, Rei, quien sobrevivió al ataque de Stronghold, traicionó la causa de los enviados y otras tantas barbaridades a lo largo del tiempo, con el único propósito de reunirse con su hermano. Sí, los Lannister son un poroto al lado de estos tipos.

Este plot tan de telenovela incestuosa termina arruinando la esencia de la serie, y un universo mucho más rico donde no faltan los policías corruptos, el abuso de poder de los millonarios (ligado siempre a lo sexual, la sumisión y la misoginia), las realidades virtuales que son tanto herramientas del placer y las torturas; e inteligencias artificiales con más humanidad que los portadores de cuerpos de carne y hueso.

En el medio, la trama se acomoda y se vuelve interesante, justamente, cuando bucea en el pasado de Kovacs, su infancia en Harlan (otro planeta), su padre abusivo y la relación con su hermana. Pero la cosa se torna más extraña e intrincada (demasiado intrincada y forzada, por momentos) cuando descubre que su funda actual le pertenece a Elias Ryker, oficial de policía de Bay City, compañero y pareja de Ortega, acusado de un crimen que no cometió y que, al final, nos enteramos de que está todo milimétricamente conectado.

Conectado con la muerte de Mary Lou Henchy, una prostituta supuestamente convertida en Neo-C; con la “muerte” de Bancroft; con la cabecita atrofiada de Lizzie Elliot (otra prostituta, para variar), cuyos padres terminan convertidos en aliados y “manada” de Tak; una ley que permite a las víctimas denunciar a sus “asesinos”, y otros tantos asuntos y personajes que entran y salen del argumento, muchas veces de forma orgánica y otras tantas desordenadas y un tanto azarosas. La trama se abre y abre, se llena de interrogantes y sobreexplicaciones técnicas hasta que en su propia confusión no le queda otra que empezar a cerrarse y atar cabos sueltos. El problema es que el desenlace es demasiado facilista, culminando en la reaparición de Rei para justificar tanto asesinato, traición y confabulaciones.     

De más está el enamoramiento entre Tak y Ortega (ni hablar de las malas actuaciones), las desventuras de la familia Bancroft que, como en cualquier drama detectivesco, aparecen para desconcertar al espectador/investigador y desviar la trama, y si somos sinceros, todo el arco de Lizzie ex machina.

Menos siempre es más, y “Altered Carbon” se beneficiaría muchísimo de esta afirmación, tomando y desarrollando sólo algunos de los temas y protagonistas más interesantes, en vez de perderse en un mar de ideas apretadas e inconclusas. Claro que deja la puerta abierta para una segunda temporada, y a Tak con una nueva funda yendo a buscar la pila de su amada. Por el camino abandona sus mejores reflexiones, prefiriendo la parafernalia visual (un gran punto a favor que no se discute) y esa gratuidad del sexo y la violencia desmedida, que no molesta, siempre y cuando esté justificada.

“Altered Carbon” es mucho más artificio que ciencia ficción abstraída. Pocas actuaciones se destacan más allá de la de Kinnaman (a veces contenida, otras exagerada), o personajes secundarios como Poe (Chris Conner), pero tiene mucho potencial para explorar, solo falta que sus creadores vean estas aristas y no la meramente comercial. Hay otros mundos para examinar, el pasado y presente de otros personajes ligados a Kovacs. La estética visual que maneja no es 100% original, pero igual sigue siendo su punto más fuerte y logrado, además de esas nociones sobre la mortalidad y la perpetuidad que le sirven de base. Queremos ver más de esta serie, pero necesitamos que abandone la banalidad y la explotación para darle el merecido lugar a la ciencia ficción y sus siempre bienvenidas reflexiones sobre la humanidad y sus conflictos interminables.