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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Del otro lado del Río

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Por: Victor Gueller

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Una pequeña vacación, o el perfecto manual de los encuentros inesperados.

Del mismo modo en que he aprendido a incorporar un sentimiento parecido a la libertad en mi devenir cotidiano, aún mantengo ciertos anclajes que, por comodidad o por costumbre, me cuesta erradicar. Desayuno siempre en el mismo bar, suelo releer a los mismos autores, elijo al provolone como queso favorito y, al llegar el verano, me gusta pasar unos días en el sur del país. Este año, no obstante, me propuse enfrentarme a un destino nuevo, el cual fue elegido en base a una serie de causalidades que sería vano explicar.

Uruguay, la patria hermana, me recibió con los brazos abiertos, el corazón alegre y una hospitalidad que jamás creí merecer. Tras un breve paseo iniciático en barco, pisé por vez primera la costa vecina, y desde aquel instante comencé a maravillarme con las sutiles diferencias que existen entre nuestras idiosincrasias mayormente similares.

Caminé las pintorescas calles de Colonia esa misma tarde, bajo un sol abrumador y dispuesto a perderme en su bellísima simplicidad. No necesité más que un par de horas para incorporar su ritmo de vida, su paz, su rica historia, y un reparador café. Me fue inevitable imaginarme a mí mismo viviendo allí, circunstancia que me obligaría a atenuar mi porteña neurosis.

A la mañana siguiente partí hacia Montevideo, esperando encontrar en ella una versión un tanto más pequeña de Buenos Aires. Mi sorpresa fue mayúscula al comprobar lo equivocado que estaba en mis prejuicios. La capital uruguaya tiene una personalidad propia, un carisma irresistible, una población mayormente noble y, por si fuera poco, varios kilómetros de playa y barrios en verdad acogedores.

Entablé una amistad prefabricada con un grupo de argentinos, recorrí la Ciudad Vieja y también la jactancia elitista de Pocitos, viajé en colectivos locales y contemplé con cierto rechazo las imágenes explícitas que adornaban los atados de cigarrillos. Cuando creí que aquella ciudad mágica ya no podría sorprenderme, elegí Punta del Diablo como mi siguiente parada.

Todo es tan precario en ese pueblito de pescadores, todo es tan precario y tan, tan lindo. Dediqué dos días al descanso absoluto, deambulando por la playa durante las primeras horas de la mañana, almorzando los generosos postres de la heladería Tropical y entablando conversaciones con otros viajeros provenientes de todo el mundo. Cuando las caras empezaban a tornarse repetidas, crucé mi camino de forma azarosa con Dani Herbón, legendario Maldito Nerd de la primera hora. Ese encuentro fugaz me ayudó a reafirmar una vieja creencia: al destino no le importa la geografía.

Llegué a La Pedrera el día lunes, invadido por una sensación que muchos llamarían felicidad. Cumpliendo con el mismo proceso de reconocimiento que tan buenos resultados estaba dando, caminé sus playas y sus calles, me distraje contando la notable cantidad de patentes argentinas que pululaban su centro, comí una hamburguesa gigante. Pasé gran parte de aquella tarde en una hamaca paraguaya, leyendo las peripecias de dos vagabundos extraordinarios y compartiendo mates e historias con compañeros aleatorios.

Antes de emprender el regreso definitivo, dediqué otra jornada a Montevideo. La ciudad seguía siendo la misma, pero yo ya no lo era. Quizás ese estado de apertura emocional propició lo que sucedió a continuación, un enamoramiento fulminante por una joven francesa que tenía tatuado en su antebrazo el paraguas de Mary Poppins; dudo pueda olvidar esas horas cómplices transcurridas entre tabaco, sincronías y conversaciones en un inglés preocupantemente pobre. En la ciudad de La Maga, yo había conocido una Hechicera. 

Volví a Buenos Aires con una sonrisa en el rostro, con un kilo y medio de más, con varias anécdotas para contar, y con una flamante certeza: cuando la vida así lo requiera -espero más temprano que tarde- volveré a cruzar ese Río que nos separa y que nos une, confiando en que, como dijo Dolina, las aventuras verdaderamente grandes son aquellas que mejoran el alma de quien las vive.