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Analisis | Yvan eht nioj

ANÁLISIS: 15:17 Tren a París

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Por: Jessica Blady

A Clint Eastwood se le terminó soltando la cadena republicana.

Clint Eastwood nunca escondió su corazoncito patriótico y republicano. “Francotirador” (American Sniper, 2014) es una prueba irrefutable de ello, pero con “15:17 Tren a Paris” (The 15:17 to Paris, 2018) decide exaltar la figura de otro tipo de héroe, “fortuito”, aunque el objetivo propagandístico sigue siendo el mismo: el del norteamericano (barón, blanco, católico) dispuesto a dar la vida por otros porque, de alguna manera, se preparó toda la vida para eso.

El realizador toma como punto de partida un hecho real, un frustrado ataque terrorista durante el trayecto del Thalys #9364, un tren con destino a París desde la ciudad de Ámsterdam el 21 de agosto de 2015, cuando tres jóvenes turistas de Estados Unidos evitaron que un hombre fuertemente armado abriera fuego contra los pasajeros. Estas son las circunstancias sobre las cuales se desarrolla de la película, pero en los ojos de Eastwood, son más bien el resultado (¿el destino?) de estos tres muchachitos.

Cuando uno piensa en este tipo de acontecimientos dramáticos, que celebran el heroísmo del individuo común y corriente en circunstancias llenas de peligro y tensión, en seguida se le viene a la cabeza “Vuelo 93” (United 93, 2006) de Paul Greengrass: seres anónimos y con caras no reconocibles con los que terminamos empatizando porque su historia nos resulta muy palpable y real.

En “15:17 Tren a Paris” Eastwood refuerza esta idea prescindiendo de intérpretes profesionales y utilizando a los verdaderos protagonistas: Spencer Stone, Alek Skarlatos y Anthony Sadler, tres pibes sin ninguna experiencia actoral que, a pesar de lo que vivieron, no logran trasmitir el dramatismo del momento. Bah, no logran transmitir absolutamente nada, pero no podemos echarles la culpa. El director se decide por esta suerte de docudrama que recrea gran parte de su vida y su paseo por Europa, culminando en este atentado que los convirtió en héroes, de una manera muy desapasionada y abúlica.     

Arrancamos en el año 2005, en la ciudad de Sacramento, donde los jovencitos Stone y Skarlatos se preparan para terminar la primaria con varias dificultades de aprendizaje y temitas de conducta. Hijos de madres solteras más afectas a los rezos que a la disciplina, bastante problemáticos y antisociales, los chicos pasan su tiempo fascinados con las armas de juguete y el ejército, fantaseando con unirse a sus filas cuando les llegue la hora. Tras cambiar de escuela conocen a Sadler, un nene afroamericano y extrovertido que conecta con ellos a pesar de las diferencias.

Los tres amigos van tomando caminos diferentes, pero nunca pierden el contacto. No sabemos mucho de Anthony porque Clint no se molesta en mostrarnos sus intereses o su familia, en cambio se concentra en Spencer, quien hace hasta lo imposible por unirse al cuerpo de rescatistas de la Fuerza Aérea, pero no cesa de fracasar en sus exámenes, sin importar cuanto lo intente. Mientras tanto, su amigo Alek logró llegar hasta Afganistán, pero la poca acción del “campo de batalla”, ya no lo emociona como aquellos juegos de chicos.   

Aprovechando algunos días libres de licencia, los tres amigos deciden encontrarse en Europa y pasear por sus ciudades como cualquier turista. Así los retrata el director, entre selfies, museos y paisajes conocidos, sin sumar gran cosa al relato, más allá de esta idea que se repite Stone a cada momento de que él “está predestinado para hacer algo importante”, como si supiera lo que el destino le tiene preparado a la vuelta de la esquina. Todo es muy azaroso ya que el trío no está convencido de pasar por Francia, pero cuando llega el momento de actuar, es Spencer el que toma la iniciativa.   

Nadie les quita lo heroico a estos pibes, un momento casi desapercibido en la pantalla. Una “anécdota” del tercer acto donde consiguen entre todos reducir al terrorista, pero que no logra convertirse (a los ojos del espectador) en esa culminación que nos vienen anticipando. No hay emoción, ni tensión, solo engaño, y tarde nos damos cuenta que estamos ante una vil propaganda del “make America great again”, donde todos esos jovencitos con poca educación y sin rumbo pueden encontrar satisfacción empuñando un arma por su país… y una buena causa.

Ese es, en definitiva, el mensaje de “15:17 Tren a Paris”. Madres que no pueden controlar a sus hijos y prefieren rezarle a dios antes de que escuchar los consejos de los maestros. Sin otro lugar a dónde recurrir (y en oposición a los muchachitos de Columbine), estos adolescentes hacen catarsis empuñando un arma por su país y aprendiendo a luchar a mano a mano, aunque la excusa sea la de ayudar y rescatar sin necesidad de violencia.

Eastwood filma como un amateur, metiendo en su historia una sucesión de hechos cotidianos que no nos causan ninguna emoción o reacción. Incluso su paso por Medio Oriente no tiene mucho sentido, aunque él crea que de esta forma nos está señalando el carácter (más bien, la torpeza constante) de los protagonistas. Estos pibes son corpulentos, blanquitos, rubios y atléticos, pero la cabeza no les da para mucho más. Igual, se convierten en salvadores porque el heroísmo no discrimina. A diferencia del realizador, que se olvida completamente de Sadler, reducido al personaje canchero y menos involucrado en la hazaña.  

“15:17 Tren a Paris” es la respuesta republicana a todas esas grandes películas que vimos durante el 2017 que celebran la diversidad y el heroísmo desde diferentes lugares. Un retroceso, un volver al status quo que intenta representar una realidad (social) y resaltar el naturalismo con sus personajes reales y cotidianeidad, pero que termina creando un híbrido demasiado extraño e indiferente.

LO MEJOR:

- Los paisajes europeos.

- El atisbo de tensión del tercer acto.

 

 

LO PEOR:

- La propaganda es más importante que los héroes.

- Eastwood se pierde en su propia ideología.

- Personajes femeninos reales, ¿qué es eso?