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Analisis | En el espacio nadie te escuchará quejarte

ANÁLISIS: The Cloverfield Paradox

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Por: Jessica Blady

¿Estaban esperando la nueva Cloverfield? Agradezcan que llegó primero a la gran N.

Netflix sigue cambiando las reglas del juego cinematográfico con su manera particular de evitar los canales de distribución, y llegar a las audiencias de todo el mundo (casi) al mismo tiempo. No sabíamos nada de la tercera parte de “Cloverfield” y así, de la nada y el mismísimo día, nos entregaron el tráiler… y la película completa disponible para disfrutar en el sistema de streaming tras la finalización del Super Bowl en los Estados Unidos.

“The Cloverfield Paradox” (2018) marca la tercera entrega de este universo de monstruos y ciencia ficción pergeñado por J. J. Abrams y Matt Reeves una década atrás entre cámaras en mano vertiginosas y una idea digna de seguir siendo explorada. “Avenida Cloverfield 10” (10 Cloverfield Lane, 2016) resultó ser un éxito y una más que grata sorpresa para el género sumando paranoia, interrogantes y un argumento que dejaba el sci-fi a un lado para concentrarse en la naturaleza humana y el instinto de supervivencia. Una de las grandes películas de aquel año que, en seguida, creó el “hype” suficiente para encarar un nuevo episodio.

Netflix nos ahorró la anticipación de meses de espera, trailers y adelantos, y fue derechito a los papeles estrenándola sin previo aviso para el disfrute de todos. Cuando Paramount Pictures se desligó de la franquicia, en parte, por exceso de presupuesto, el sistema on demand se hizo cargo de la producción (bah, distribución) eliminando aquel título original (“God Particle”), pero dándole un espacio preferencial a la segunda película del nigeriano Julius Onah, que acá hace lo que puede con lo que tiene, y no nos referimos especialmente al presupuesto.

Hasta ahí las buenas noticias y lo poco rescatable de “The Cloverfield Paradox”, una historia que funciona como precuela de aquel ataque a Nueva York, y nos traslada al cosmos donde la estación espacial Cloverfield debe poner en marcha un acelerador de partículas (Shepard) para conseguir energía limpia e ilimitada, en parte, para salvar a la Tierra del caos, la crisis y los conflictos bélicos en los que está sumida en este futuro no tan lejano.

Ava Hamilton (Gugu Mbatha-Raw) debe tomar la difícil decisión de abandonar a su familia y pasar el tiempo necesario en el espacio junto al resto de sus colegas de diferentes partes del globo (David Oyelowo, Daniel Brühl, John Ortiz, Chris O'Dowd, Aksel Hennie y Zhang Ziyi) hasta que Shepard logre los resultados deseados. Después de un par de años sin resultados positivos, la tripulación empieza a ponerse un tanto nerviosa, aunque con el próximo intento logran poner en marcha el bendito aparato.

Algo sale mal y se produce lo menos esperado: la colisión genera una “paradoja” (inserte aquí una elaborada explicación científica) y la Tierra desaparece para siempre. O es lo que creen en un principio, ya que son ellos los que fueron a parar a otro lado. En pocas palabras, una dimensión paralela donde también existe la estación espacial, esta tripulación y el planeta azul plagado de quilombos.

Entre muchas inconsistencias argumentales, actuaciones para el olvido, y un conjunto de lugares comunes tan propios de cualquier aventura espacial donde “algo sale mal dentro de la nave”; los astronautas empiezan a sufrir las consecuencias de esta anomalía, mientras buscan la manera de volver a casa. Al mismo tiempo, y tras la desaparición de la Cloverfield, en la Tierra comenzaron a suceder una serie de extraños ataques de dudosa naturaleza.

Onah logra crear algunos momentos de tensión (muy pocos para este tipo de película) y no desentona con la puesta en escena y los efectos especiales, aunque sean más cercanos a la peor época de Syfy Channel que a una “producción de la gran N”.  

La idea de la paradoja y los universos paralelos nos atrapa casi desde el principio cuando uno de esos típicos comentaristas paranoicos y anti ciencia la introduce en escena. Al final, todo resulta un tanto obvio, y “The Cloverfield Paradox” se convierte en la justificación, causa y efecto de gran parte de la franquicia. Listo, se acabó el misterio, pero la historia sigue adelante porque le quedan más de 90 minutos; tiempo que el guionista Oren Uziel rellena con clichés y malas decisiones de los personajes, poco dignas de un grupo de científicos tan instruidos. Nadie dice que exploren la fantasía y se aparten de la ciencia pura y dura, pero incluso los tripulantes de la Nostromo tenían más de dos dedos de frente.  

Esta tercera incursión en el universo de Cloverfield no aporta nada concreto a la saga, más allá de algunos guiños hacia las entregas anteriores. En definitiva, termina siendo una mala aventura espacial que toma prestado un poquito de tantas otras, e insiste constantemente en la sentimentalidad de su protagonista y sus decisiones, un personaje que nunca convence ni emociona, al igual que el resto de sus compañeros de nave.

Ninguno de estos personajes importa, más bien su entorno y sus circunstancias. Nunca sufrimos realmente con ellos, ni por lo que se quedaron en la Tierra pereciendo, más que nada porque en la mayoría de los cosos podemos anticipar su fatídico desenlace. El misterio que siempre rodeó a la saga acá se diluye escena tras escena, envolviendo todo en la generalidad y el tedio que trae aparejado un relato tan predecible. Pero esto no es lo peor, lo peor es que ni siquiera se esforzaron por entregarnos una historia interesante.