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Analisis | Políticamente incorrecto

ANÁLISIS: A Futile and Stupid Gesture

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Por: Jessica Blady

Vida y obra de un escritor que redefinió el humor gráfico en los Estados Unidos.

Existe un antes y un después para el humor gráfico en los Estados Unidos. Tal vez, las distancias o los temas localistas no nos ayuden a reconocer el trabajo de Douglas Kenney, pero sí el de esos nombres como Chevy Chase, John Belushi y Harold Ramis, salidos, como tantos otros, del semillero de “National Lampoon”.

Kenney (Will Forte), oriundo de Ohio, arrancó con esto del humor durante sus años de estudio en Harvard junto a su compañero Henry Beard (Domhnall Gleeson), mucho más acartonado e inteligente, que pensaba seguir una carrera como abogado. Pero tras el éxito de una publicación universitaria, decidieron tomarse este trabajo en serio y salir a vender su propuesta, una de las revistas cómicas más vanguardistas de la década del setenta.

Los comienzos no fueron fáciles, los colaboradores bastante extraños, las quejas a la orden del día, pero el anárquico ambiente de trabajo que crearon los llevó rápidamente hasta la cima. Humor político, sátiras, parodias de todo tipo y tetas fueron las claves del éxito de una publicación que se extendió hasta 1998; algo así como la “Mad”, pero mucho más irreverente, o como la “Humor” de nuestros pagos.   

Douglas se entregó de lleno a la revista, descuidando a su esposa y su propia psique. Pronto sumó un programa de radio y otros quioscos, y al final llegó la propuesta del Hollywood y el suceso de “Colegio de Animales” (Animal House, 1978). Para ese entonces, muchos de los colaboradores originales de “National Lampoon” habían emigrado hacia “Saturday Night Live”, la versión ‘refinada’ y televisiva de la creación de Kenney y Beard.

David Wain (“Wet Hot American Summer”) es el director de esta película original de Netflix que toma como punto de partida el libro homónimo de Josh Karp. “A Futile and Stupid Gesture” suma a un narrador muy particular e imposible –un adulto Kenney, quien murió a la edad de 33 años- para reforzar toda esta idea de relato casi fantástico que, no solo rompe con la cuarta pared, sino con cualquier esquema argumental.

La película toma consciencia de sí misma, de sus personajes y su entramado. No hace falta que critiquemos su machismo, su racismo, su falta de inclusión o misoginia a flor de piel, reflejo de su propia época, porque de esto ya se encarga el guión de Michael Colton y John Aboud; y hasta los propios protagonistas seguros, entre otras cosas, de que no se parecen en nada a los verdaderos individuos, e incluso se les caen un par de décadas para interpretar a aquellos jovencitos revolucionarios que pasaban sus días entre chistes y drogas de todo tipo.

Estos son los mejores momentos de la película, los más “originales” y graciosos. El resto es una simple recolección de hechos de la corta vida de Kenney, un hombre repleto de talento, pero necesitado de afecto y esa aceptación que nunca logró por parte de sus padres, que no supo manejar la fama cuando la tuvo entre sus manos. La sobreactuación de Forte (acá demasiado parecido al Phil Miller de “The Last Man on Earth”) cansa a los pocos minutos y pide a gritos un poco de las sutilezas de “Nebraska” (2013).

Todos los personajes de “A Futile and Stupid Gesture” terminan siendo arquetipos de esta época de florecimiento para el humor estadounidense (más excesos, locura, conductas bizarras). Wain no profundiza en la industria, el clima político o en la psicología de Kenney, quien termina convertido en víctima de su propio suceso. En cambio lo acompaña a través del proceso, sumando al espectador consigo, siempre como un turista que disfruta del paisaje y el entretenimiento. No está mal, tienen momentos memorables, pero podría estar mucho mejor en cuanto a la presentación y complejidad de su protagonista que, por momentos, termina reducido solamente a una serie de “gestos inútiles y estúpidos”.