Publicado el

Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: La Vida es Sueño

Volver a la home

Por: Victor Gueller

Tags: Aguafuertes
Una ilusión, una sombra, una ficción...

Según me fue referido con posterioridad, de pequeño supe destruir las tres cunas que intentaron contenerme. Con paciencia y metodismo, dicen, aprovechaba mi creciente zona media para empujar los injustos barrotes que me rodeaban. La obra podía demandarme días, semanas, incluso meses, pero ya desde mis primeros años -quedó más que claro- comencé a exhibir una determinación a prueba de madera, que con los años he perdido y recobrado incontables veces.

Recuerdo, también, mi primera cama. Era mayormente roja, de chapa hueca. El colchón era mullido, la almohada me quedaba grande. A pocos metros de mi cabeza había un televisor de catorce pulgadas, al que no dudaría en calificar como un amigo precoz, siempre fiel, que me obligaba a mantener una posición corporal sumamente extraña, preámbulo de una hiperlaxitud latente. Mi memoria puede ser traicionera, pero creo en aquella cama he pasado algunas noches ingenuamente felices.

Ante la llegada de la temida preadolescencia mi habitación recibió un lavado de cara. Las paredes pasaron a ser azuladas, dispuse de mi propia biblioteca, la tele creció seis pulgadas y mi cama fue otra. Un sommier insulso, indiferente, acompañó esa etapa mutable, en la que recibí una de las grandes revelaciones de mi vida; los rumores eran ciertos, efectivamente se acercaba ese momento definitorio en que las mujeres ocuparían un lugar más importante que mis juguetes y mis figuritas.

Una cuarta parte de mi vida toda la he pasado en mis sucesivas camas, por lo que es posible que las memorias se superpongan, se entrecrucen, se rebelen. Los límites de esa fracción ínfima que conocemos como realidad se hacen más y más difusos, muchas veces los deseos se han confundido con las certezas, que son tan, tan escasas. Vi sueños desmoronarse ante mis ojos vívidos, y vi también una esperanza altanera que jamás aceptó la desaparición como destino. Vi un devenir heroico, una voluntad tibia, un romance frustrado. Hombres muertos sonreían desde la comodidad de su olvido, mientras que otros, vivos, comenzaban a morir sin saberlo.

Al despertar, se sucedían siempre los mismos hechos. El suplemento deportivo de un diario, el Chavo, un desayuno frondoso, tal vez un tablero de ajedrez. Todos los días eran iguales, y quizás por eso prefería las aventuras que sólo la noche era capaz de brindar. Tal como experimentó Cortázar, me costaba aceptar las cosas del modo en que eran dadas, no podía conformarme con pequeñas alegrías prefabricadas, con paseos aleatorios, con el fútbol de los domingos. Buscaba -aún lo hago- esa Verdad que excede los límites, un Todo absoluto, una sonrisa redentora.

Mi cama porteña es cómoda, dantesca, enorme, tanto, que por lo general me queda grande. El más redondo de los gatos se acomoda junto a mí, apoyando su lomo condescendiente contra mi espalda. A veces, un rostro anónimo descansa del lado izquierdo, alejado metafísicamente de esa otra existencia que yo sueño y que nunca dejaré de perseguir. Si realmente queremos conocer a alguien debemos preguntarle qué es lo que le falta. Supongo que lo más recomendable será jugar a creer esas respuestas, hasta el mágico e improbable día en que una persona hable con Verdad.