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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Mi Persona Favorita

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Por: Victor Gueller

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Personas en el Camino.

Treinta y cuatro años de vida es un tiempo más que suficiente como para enfatizar ciertos conceptos de manera tajante. Sé, por ejemplo, que jamás me esforzaré en aprender a hacer el nudo de la corbata. Creo que ya he decidido cuáles son esos lugares a los que siempre querré regresar. Intuyo mantendré mi fidelidad con la misma panadería, con el mismo puesto de diarios, con el chino por peso de la vuelta. También estoy en condiciones de afirmar que tengo en el mundo una persona favorita.

Ser la persona favorita de alguien es una responsabilidad involuntaria. Todo aquello que se construye con esmero y dedicación puede esfumarse frente a nuestros ojos en un instante y, si eso ocurre, será nuestra exclusiva culpa, por no haber sabido elegir. Durante un par de meses adolescentes, deposité mi completa confianza en Carlos, el hombre que se sentaba en Plaza Francia con un tablero de ajedrez todos los fines de semana y que, con picardía y astucia, me enseñó lo poco que sé de aquel entretenimiento milenario. Carlos sabía con precisión qué torre había que mover y cuando había que hacerlo, y contaba con la experiencia de vida necesaria como para orientarme en aquellos tiempos conflictivos. Un día desapareció sin más, dejando vacante su banco y su lugar como mi Persona Favorita. Según escuché después, la parca le había propinado un jaque mate inexpugnable.

Creyendo que la finitud es un defecto, o tal vez buscando evitar una nueva decepción, comencé a fiarme más de los muertos. Luca Prodan se convirtió en una especie de padre metafísico; Arlt, Cortázar y Borges en los mejores profesores; Don Ramón era todo lo que yo jamás sería, Jean Paul Sartre entendió precozmente varias de esas cosas que a mí aún al día de hoy me cuesta entender.

Sin embargo, ante el advenimiento inevitable de lo que algunos llaman madurez, comprendí que era momento de abandonar los caprichos y la insensatez. Mi Persona Favorita debía ser incondicional, debía ser alguien a quien respete y admire, alguien capaz de demostrar fehacientemente ser digna de ese rol. La respuesta, como suele ocurrir la mayoría de las veces, estaba muy, muy cerca, esperando apenas tres pisos por encima de mi hogar.

Mi tía es, sin lugar a dudas, mi Persona Favorita. Creo que siempre lo ha sido, sólo que yo -por mucho tiempo- no me había dado cuenta. ¿Cómo podría definir a esta mujer de ochenta y tantos años? ¿Cómo podría encerrar sus infinitas particularidades en vulgares palabras? Mi tía significó el vínculo más normal -si es que alguna normalidad es posible- en el marco de una familia completamente disfuncional.

Ella me convirtió en un gran jugador de truco y también me entrenó en otros tantos juegos de azar, habilidad que conservo con moderado orgullo. Gracias a ella memoricé las estaciones de la línea A de subtes, los paseos con ella a ese microcentro que escondía todos los secretos del universo están entre mis mejores recuerdos. Afortunadamente, no fue ella quien me enseñó a manejar, aptitud que imagino siempre le fue esquiva.

Mi tía jamás se preocupó demasiado por aparentar, escupe sus verdades con la impunidad que le dan los años y las miles de aventuras que carga en su espalda. Ella, que solía codearse con decenas de apellidos ilustres, encontraba más felicidad en comprar pantalones en oferta que en asistir a reuniones de etiqueta. Fue feminista antes que el feminismo estuviese en boca de todos, alzó su voz cuando las mujeres tenían la costumbre de callar.

Hasta hace unos pocos años, ella frecuentaba el gimnasio con sorprendente regularidad, y todavía pasea por al barrio amparada en la fortaleza de sus piernas. Si es necesario subir varios pisos por escalera, lo hace sin emitir queja alguna. Su conocimiento financiero se mantiene intacto, no dudo que ni siquiera los vaivenes de nuestra rebelde economía le son ajenos.

Mi tía es mi Persona Favorita, pues ha sido una leal y silenciosa consejera, una fervorosa defensora de lo que yo entiendo como libertad, una guerrera que superó cuanto obstáculo tuvo enfrente. Es mi Persona Favorita, sin dudas, aunque ella haya preferido mantenerse muchas veces en la periferia, obrando silenciosa, auténtica, comprometidamente.

Carlos puede descansar tranquilo, Arlt la aprobaría con un guiño de inconfundible complicidad, Luca podría tomar whisky con ella. Yo, desde mi lugar, sólo puedo agradecerle infinitamente por todo lo vivido, agradecerle infinitamente por todo lo que resta por vivir.