Publicado el

Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Como Dos Extraños

Volver a la home

Por: Victor Gueller

Tags: Aguafuertes
Un encuentro casual es lo menos casual en nuestras vidas.

1

Este texto no debería ser este texto. Este texto debería titularse “Mi persona favorita” y versar sobre los diferentes individuos que de algún modo mágico influyeron en mi desarrollo. Pero este texto no se titula “Mi persona favorita”, no, porque este texto terminó siendo otro, a causa de una sucesión de causalidades que motivaron un cambio inevitable.

Se supone que a lo largo de la semana que acaba de terminar yo iba a asistir felizmente a un seminario de teatro. Sin embargo, una complicación en la salud del profesor derivó en la cancelación del mismo y, en consecuencia, en un puñado de noches sin ningún plan particular. Fue aquella modificación en mi agenda el primer indicio de que algo especial sucedería.

Siendo un hombre de preferencias marcadas, decidí que pasaría las últimas horas del lunes en Varela Varelita, seguramente escribiendo ese otro texto que dentro de unos días podrán leer. Por lo general, suelo manejar hasta la esquina de Scalabrini Ortiz y Paraguay, sin embargo, esta vez opté por el 15, fiel compañero de mil y un trayectos. Después de elegir mi remera del Cavern Club (viéndolo en perspectiva, el vestuario tampoco puede haber sido casual) caminé un par de cuadras sin mayor preocupación, hasta el instante fatal en que descubrí que había olvidado mi tarjeta Sube.

Lo lógico hubiera sido regresar al hogar y recogerla, acción que me habría demandado aproximadamente cuatro minutos. No obstante, movido por una fuerza que aún no logro descifrar, supuse que incluso aquel olvido insignificante tendría una razón de ser, por lo que modifiqué mi itinerario y caminé sin rumbo por esas calles que conozco tan bien.

En una esquina aleatoria, encontré un bar de grandes proporciones y escasa concurrencia, dotado de la ambientación ideal para dar vida a unos pocos párrafos medianamente decentes. Comencé a escribir, entonces, sobre mis personas favoritas. Cuando el café se había consumido y las ganas de fumar resultaban más poderosas que cualquier atisbo de ambición literaria, abandoné el establecimiento y me dispuse a emprender el camino de regreso, con Charly García sonando en mis oídos y en mi corazón.

Fueron unos pocos pasos, fue en una esquina, unos minutos después de las 21. Mientras Charly rezaba por mí, la ví. Era ella. Era la Mejor Mujer del Mundo o, dicho de otro modo, era la Mujer que inspiró esa creación ficticia conocida como la Mejor Mujer del Mundo. El tiempo no hizo mella en su diminuta anatomía, seguía tan bonita como la recordaba.

Ella no caminaba sola. Mis ojos, que por un segundo fugaz se habían detenido en los suyos, no tuvieron más remedio que mirar hacia abajo. Mucha gente me ha dicho que mi mirada es capaz de atemorizar, pero en esta ocasión fui yo quien tuvo miedo. Tal como sucede en las películas, la escena pareció transcurrir en cámara lenta. Una vez esfumada su presencia, intenté volver a concentrarme en la música que sonaba a un volumen desproporcionadamente alto. Pero no pude. No pude, porque había vuelto a ver, después de tanto tiempo, a la Mejor Mujer del Mundo.

2

No soy bueno para interpretar señales. En primer término, un profesor se enfermó; no hay nada extraordinario en ello, con la salud no se jode, dicen. Acto seguido, olvidé mi Sube, algo que jamás me había sucedido. Siempre hay una primera vez para todo, supongo. En el proceso, renuncié a ir a Varela Varelita cuando me disponía ir a Varela Varelita. Quienes me leen con cierta regularidad sabrán que aquello es virtualmente inconcebible. Finalmente, me perdí en uno de los infinitos destinos posibles, donde estuve la cantidad de tiempo justa y necesaria para que, al salir, emerja la figura de la Mejor Mujer del Mundo. Por supuesto que todo esto puede tratarse de una sumatoria arbitraria de casualidades. Yo, en la otra vereda, elijo creer que no es así.

Tal vez la conclusión más sensata es que la Mejor Mujer del Mundo ya no puede seguir teniendo ese nombre, ni esos rasgos ni esa voz. Después de más de una década, fuimos, ya ven, dos extraños. Lejos quedó esa complicidad que no pude volver a replicar, más lejos aún, el fervor juvenil de creer que todo es en verdad posible. La Mejor Mujer del Mundo es la Mejor Mujer del Mundo para alguien más, y está bien que así sea.

Será cuestión de entender que quien una vez me conoció más que nadie, hoy no es más que un fantasma, una ilusión glorificada. Quizás este acontecimiento, que para muchos podrá parecer banal y fortuito, vino a enseñarme a cortar definitivamente con el pasado, a evitar las comparaciones injustas, a obligarme a volver a empezar.

La Mejor Mujer del Mundo ya no existe. O sí, sí existe. Sólo que yo, todavía, no he tenido el placer de conocerla.