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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Los Pasos Perdidos

Volver a la home

Por: Victor Gueller

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Se hace camino al andar...

Descubrí el placer de caminar durante mis años universitarios. Las veinte cuadras que me separaban de aquella dudosa casa de estudio era una cantidad escueta como para combinar dos colectivos, y estacionar por la zona era considerado unánimemente como un pequeño milagro, así que opté por la alternativa más sensata, quizás la única: armado con mi discman, un par de discos elegidos tras un arduo proceso y mis zapatillas más cómodas, abandonaba los límites del hogar alrededor de las 7:15 de la mañana para, 40 minutos más tarde, llegar rebosante de endorfinas a esa esquina que difícilmente pueda olvidar.

Jamás me caractericé por mi resistencia aeróbica, déficit que me acompaña incluso desde antes de encender mis primeros cigarrillos. Sin embargo, el haber convertido aquel breve trayecto (y el consecuente regreso) en una rutina diaria fue fortaleciendo gradualmente mis piernas y también mi espíritu, adentrándome en el noble arte de la contemplación. Siento simpatía por la gente que madruga, por los porteros que baldean sus veredas, por el vendedor de diarios, por el mozo que sonríe, por el borrachín que nunca falta en algún rincón desolado.

La tarde en que fui a visitar a Luca bajo una tormenta demencial comprendí que mis sobredimensionados pies podrían llevarme a cualquier lugar, sellando de ese modo una alianza que, espero, sea vitalicia. Desde aquel entonces, he caminado incontables veces por Caballito, mi barrio, y aún me sigo sorprendiendo; el Parque Rivadavia ha cambiado tanto como yo, sus bares se han multiplicado y adaptado a los tiempos que corren, los encuentros más inesperados aguardan a todas las horas, en todas las calles.

En Palermo -siempre jugando de visitante, nunca siendo uno de ellos- leí una gran parte de mis libros. En los alrededores del Congreso fui perdiendo paulatinamente la inocencia, en Barracas me enamoré de forma irrevocable. Debo a Floresta mis mejores años y a Recoleta mis mejores recuerdos. Cuando la ostentación de Nuñez y el alma antigua de Mataderos ya no guardaban misterios, decidí expandir mis horizontes. Fue así que llegué a la costa bonaerense, a Rosario, a Córdoba; fue así que una tarde subí a un pequeño cerro patagónico en inmejorable compañía.

Mis pies talle 44 llegaron a Nueva York, y unieron Manhattan y Brooklyn en una caminata de aproximadamente 25 kilómetros. Sobrevivieron. Sobrevivimos. De haber querido tomar el subte, me hubiera quedado en Buenos Aires, ninguna estación de ninguna línea podría ser más bella que Piedras; el colectivo es una opción cobarde, el taxi es una pequeña trampa, Uber es un consuelo esnob. Teniendo mis piernas no necesito ruedas.

Mi anatomía ha cambiado rotundamente en más de una oportunidad, no obstante, jamás dejé de caminar. Hoy, tras un esfuerzo sostenido, he alcanzado el mejor estado físico de mi vida, algo que pienso explotar a mitad de año, visitando nuevas locaciones, viviendo nuevas aventuras, dejando mis huellas en cada sitio. Una de las grandes ventajas de caminar es que muchas veces nos perderemos sin remedio; una de las grandes ventajas de perderse, es que resulta un requisito indispensable para volver a encontrarse.