Publicado el

Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Conspiraciones Subterráneas

Volver a la home

Por: Victor Gueller

Tags: Aguafuertes
Ya todos sabemos cómo comienza el Viaje más largo...

Luca Prodan dijo, ya cerca de su final, que se internaría en Formosa. “No conozco una sola persona que haya dicho ‘fui a Formosa’. Yo amo Formosa. Nunca fui y quiero ir”, confesó en una entrevista, y ese deseo se evaporó inconcluso ante la irrupción abrupta de ese otro viaje cuyo pasaje no se puede modificar.

“Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías…”, escribió Jorge Luis, resumiendo en una frase mi tendencia a regresar indefinidamente hacia lo conocido. Durante largos años, preferí la comodidad de los lugares ya recorridos, de la gente ya frecuentada, de la pizza amigable de la esquina, de un mismo disco de The Velvet Underground.

Cuando la vida que había planeado para mí dejó de ser la vida que yo había planeado, entendí que debía modificar varios de esos comportamientos aprehendidos que, en aquel momento, no sólo ya no servían de resguardo sino que se mostraban amenazantes ante un panorama en principio desolador.

Tímidamente, comencé a amigarme con la incertidumbre. Decidí ir a Liverpool en lugar de quedarme con la cerveza y el colchón londinense que un amigo había gentilmente preparado para mí. Visité San Francisco, suponiendo que Los Angeles ya no podría sorprenderme (la realidad luego me demostraría lo equivocado que estaba). Caminé desoladas calles de tierra cordobesas sin siquiera recurrir a Google Maps. Quizás el mayor acto de rebeldía fue probar los sabores frutales de Rapa Nui, la mejor heladería del país, en detrimento de sus poderosísimos chocolates.

Me prometí no recaer en la trampa de las mismas señoritas que, con distinto rostro, hicieron de la neurosis un culto y de la indecisión una forma de vida. Muy por el contrario, me sentí atraído por esa otra estirpe aventurera, mujeres sin miedo, que se llevan el mundo por delante, mujeres que justificaron de sobra mis enamoramientos fugaces, entendiendo fugaz como sinónimo de eterno.

Para este año me he propuesto un par de metas relativamente ambiciosas. Quiero, por un lado, publicar en papel algunos de mis escritos, esos pocos que considero dignos de ser compartidos e inmortalizados. Aspiro también a visitar por vez primera varios países europeos, aún sin siquiera saber si contaré con los medios. Sé, no obstante, que cuando los objetivos son claros, suele haber una conspiración subterránea de causalidades para su efectiva concreción.

Finalmente, creo estar en condiciones de retomar el camino que una vez creí era el único. Estoy dispuesto a dejar vacante el lugar de la Mejor Mujer del Mundo, confiando que en algún lugar habrá otra Mejor Mujer del Mundo dispuesta a ocuparlo. El pasado no existe. O sí, pero no debería existir.

No tengo autoridad para dar consejos, no soy digno de imitar, no estoy en condiciones de afirmar que mis decisiones sean las correctas. Lo que importa, lo que verdaderamente importa, es que esas decisiones son mías, que no debo rendirle cuentas a nadie, que -en definitiva- me estoy haciendo cargo de mi propio devenir.