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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Todas las Palabras

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Por: Victor Gueller

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Una rebelión modesta e inocua ante la tiranía de las palabras.

Nuestras decisiones nos definen. Si elegimos escondemos en la comodidad de las palabras, podemos delimitarnos a nosotros mismos a través de mil y un adjetivos que adornarían de forma maravillosa cualquier currículum, sin embargo, lo único cierto es que la realidad es forjada únicamente en base a acciones.

Yo solía creer que era un tipo ordenado, hasta que me mudé solo y entendí que los pantalones prefieren la inmensidad y el frío del piso antes que la claustrofóbica prisión que son las perchas. Me consideraba valiente, pero cuando tuve la oportunidad de salvar a un perro del abandono, no lo hice. Yo creía ser leal, hasta que dejaron de serlo conmigo y esa característica que suponía tan mía se marchó hacia aquel lugar olvidado en el que duermen todos los calificativos que nos imponemos sin razón.

No somos lo que decimos que somos. No somos buenos, por mucho que nos pese; no somos justos ni dignos ni estoicos. No somos esos hombres que se jactan exagerada y sospechosamente de su hombría ni esas mujeres que se muestran cual corderos para ocultar su viboresca naturaleza.

Allá, donde las palabras no llegan, sólo queda lo que hacemos, lo poco o lo mucho que hacemos con las circunstancias que nos son dadas. Somos lo que hacemos y fuimos lo que hicimos.

Fui un muchacho que, enamorado, escribió unos párrafos decentes, quizás demasiado ambiciosos. Fui aquel que sin saber lo que buscaba (aún no lo sé) optó por la incertidumbre y no por el reconocimiento. Fui el que dio varios primeros pasos, el que manejó bajo una lluvia furiosa por la ruta desierta, el que tras un par de desengaños incurrió en el cinismo para después abandonarlo y luego regresar a él sólo de visita. Fui, sucesivamente, el amante de la pizza de provolone, el confidente de Luca, el guardián de las mancuernas de 20 kilos, el Dios de un Gato con ojos de huevo duro.

Soy el que afirma que los bares son más honestos que las iglesias. Soy el ex fumador que sostiene un cigarrillo en su mano derecha. Soy el que odia el mes de enero. Soy el que divaga excesivamente para decir las cosas más simples. Soy la suma de mis contradicciones. Soy, en definitiva, el que abusa de las palabras sólo para intentar expresar que las palabras nos engañan, que no debemos otorgarles mayor trascendencia.

Es necesario perdonarse para aceptarse, aceptarse para comenzar a imaginar un nuevo comienzo. En este proceso, insisto, las palabras no deberían existir. Como afirmó Woody, las cosas, al hacerlas, se dicen solas.

Debo reconocer, nobleza obliga, que algunas palabras son más relevantes que otras. Siempre hay un nombre que pronunciamos con más cariño o una esperanza más poderosa que una decepción. La palabra amigo es más bonita que la palabra oficina, sorpresa es más simple que antioxidante, deseo es más incitante que tránsito, chocolate es más rica que arsénico.

Las perras negras, tal como las definió Cortázar, ocupan un lugar central en nuestras relaciones, supongo son fundamentales para nuestra coexistencia en sociedad. Respetémoslas, entonces, en su justa medida, seamos responsables en su uso, digamos sólo aquello que queremos decir; conozcamos el significado de todas las Palabras, pero usemos sólo las necesarias. Reemplacemos noes por síes, elijamos creer aunque el mundo se empeñe en fomentar la insolencia. Finalmente, y perdón por lo reiterativo, debemos comprender que ninguna palabra puede (ni jamás podrá) encerrarnos, somos más, somos muchísimo más, que una suma arbitraria de letras.