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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Retiro Voluntario

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Por: Victor Gueller

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Un lugar, todos los destinos.

Soy de esos ilusos que aún creen que la magia puede suceder en cualquier lugar. Hace muchos años, en un pasaje olvidado de Caballito, una botella de vidrio se rompió sin razón aparente mientras una bella señorita se despedía de mí para siempre. Me cuesta interpretar aquello como una simple casualidad; tanto como me cuesta suponer que no haya sido mi madre quien de alguna forma me despertó para que sea testigo lúcido de su último suspiro. La magia espera a aquel que está dispuesto a creer y, tal como insinué al comienzo, a ella poco le importa la geografía.

Entre todos esos lugares mundanos, hay uno que definitivamente alberga un poder que no me es ajeno, un lugar que condensa todas las posibilidades, todos los anhelos y todos los destinos; un lugar que por lo general pasamos por alto, un lugar al que conocemos vulgarmente como Terminal de Retiro.

Definir Retiro como una edificación enorme y sucia a la que llegan y desde la que parten colectivos sería incurrir en un reduccionismo insensato. Miles de historias se desarrollan de forma simultánea en aquel sitio al que no dudo en calificar como mágico; miles de historias, con miles de protagonistas diferentes, miles de historias -quizás mínimas- que nunca llegaremos a conocer.

La primera vez que visité aquel lugar fuera del tiempo, que para muchos no es más que una zona de tránsito fugaz, sentí miedo. La injusta reputación de las coloridas inmediaciones y una entendible sobredosis televisiva hicieron mella en la sugestionable cabeza de un adolescente que poco sabía del mundo. Luego, con cada regreso, el miedo mutó en cordialidad, la cordialidad en cariño y el cariño en devoción.

Tengo la fortuna de pasar por Retiro varias veces al año. La mayoría de mis viajes comienzan oficialmente en el preciso instante en que desciendo de mi fiel 132 y subo por esa rampa mecánica que tantas, tantas veces me ha transportado. Usualmente, llego sabiendo cuál será mi destino final, sin embargo, también he llegado buscando la sorpresa espontánea, eligiendo a través de un metódico azar algún pueblo perdido en un mapa interminable. Son estas modestas travesías las que más disfruto.

Algún individuo frío y gris podría aducir que poco y nada hay de diferente entre Retiro y un aeropuerto. Me tomaré el permiso de contradecir a aquel sujeto hipotético. Los aeropuertos son lugares pulcros, luminosos, llenos de oficiales de seguridad y caras que sonríen con una mueca de estudiada hipocresía; los aeropuertos, también, nos obligan a cumplir con decenas de reglas, muchas de las cuales no guardan mayor sentido. En Retiro, por el otro lado, nos invade constantemente la sensación de que cualquier cosa podría pasar. Y es allí donde reside su magia.

En Retiro he visto peleas multitudinarias, he visto robos y arrebatos, he visto las mejores imitaciones de marcas de ropa y también un par de esas máquinas de peluches a las que no me puedo (ni quiero) resistir. Retiro es un lugar sin reglas, un lugar donde los principios y los finales se desdibujan y se fusionan, un lugar que -para muchos- puede significar la oportunidad de una nueva vida.

Me es difícil precisar con exactitud qué es lo que me atrae tanto de Retiro y de sus infinitos colectivos de dos pisos. Supongo que parte de su magnetismo descansa en su descuidado aspecto. También debe haber una dosis de nostalgia, todo viaje implica dejar algo atrás. Finalmente, presumo que de alguna manera Retiro nos pone indefectiblemente entre la espada y la pared; cada plataforma esconde una eventual aventura, y somos nosotros -títeres sin conciencia- los únicos responsables de elegir cuál será. Decidir un rumbo aleatorio, a mi humilde entender, puede ser una de las tantas caras de eso que yo llamo magia.