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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: No te vas, Pastel

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Por: Victor Gueller

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Cuando un amigo se va queda un espacio vacío... en la parrilla.

Como no me considero un tipo ordinario, la gente que me rodea de ningún modo puede serlo. Por lo general, no elijo a mis amigos; alcanzar un calificativo tan grande requiere indefectiblemente de una cuota de azar. Al llegar a determinada edad, uno no le pregunta a la gente que va conociendo por los caminos si desea establecer algún tipo de vínculo cómplice de cierta cotidianeidad. No. Esas cosas suceden. O no. Pero nunca, jamás, se pueden forzar.

Tengo un puñado de amigos leales, algunos de los cuales -estoy seguro- me acompañarán por el resto de mis días. Siento un secreto orgullo por mis amigos, me siento honrado de tenerlos cerca (o a una distancia geográfica enorme, que no ensombrece para nada todo lo que fue y todo lo que eventualmente será).

En este texto me dispongo a homenajear a un amigo. Un amigo que se va a vivir a Francia por tiempo indeterminado, buscando quizás esa quimera que su Virrey del Pino ya no puede darle. Pastel -así lo conocemos- está próximo a abordar un avión que lo llevará al viejo continente, mientras quienes lo queremos lo despediremos con una sonrisa que en realidad esconderá una mueca de resignación.

Pastel cocina los mejores asados que he probado en mi vida. Y eso ya es una razón más que suficiente para echarlo de menos. Pero su dominio de las brasas es sólo una de sus tantas virtudes. Él, también, es un proveedor constante de respuestas inesperadas, un impulsor de planes descabellados, un compañero de aventuras con todas las letras.

Una vez, en Rosario, sentí algo parecido al miedo al verlo manejar cruzando absolutamente todas las luces rojas. Él, a su vez, ha sido el responsable de innumerables fogatas nocturnas en los campos de Brandsen. Al sur de Córdoba visitamos una casa embrujada, mientras nos reíamos impunemente de la tarde silenciosa. Pastel es parte de un todo mucho más grande, un grupo que se forjó por casualidad, subsistió de manera inexplicable, y que hoy ha alcanzado su máximo esplendor o, lo que es lo mismo, su mayor nivel de autenticidad.

No creo en el tiempo o, mejor dicho, no creo en la arbitrariedad de los relojes. Pastel lleva en este mundo más de cuatro décadas y, sin embargo, su conducta se asemeja más a la de un adolescente que a la del adulto promedio. No busco justificarlo ni tampoco tengo la autoridad moral como para juzgarlo. Él es lo que es, con sus obstinaciones, sus caprichos y su forma mágica de hacer que las cosas sucedan.

Durante un par de meses, Pastel intentó trasladar sus conocimientos gastronómicos a quien escribe y si bien aún no he sido puesto a prueba, estoy convencido que ni el mejor de los resultados posibles podrá acercarse a esa destreza culinaria que tanto disfrutamos sus amigos. Ninguno de nosotros podrá, tampoco, solucionar los recurrentes desperfectos eléctricos que se presentan en la quinta que solemos visitar, ni rescatar un auto atascado en el barro, ni decir algunas de esas verdades que él repite sin atenuantes ante la consternación de quienes lo oyen. Pastel es de esas personas que se aman o se odian, pero que de ningún modo pueden resultar indiferentes.

La distancia tal vez sea ilusoria, las fronteras algún día dejarán de existir. Pero mientras tanto, mis amigos y yo nos conformaremos sabiendo que Pastel aprovechará al máximo su experiencia, aprenderá nuevos trucos y, en algún momento, regresará renovado. No tengo dudas que, tal como sucede con las relaciones más sinceras, cuando esto ocurra parecerá que el tiempo en verdad no ha transcurrido.