Publicado el

Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Eduarda

Volver a la home

Por: Victor Gueller

Tags: Aguafuertes
Algo de Borges, algo sobre la reencarnación y algo acerca del novel destino de una máscara.

No tengo los conocimientos metafísicos como para rebatir a Borges, a Macedonio, a mi padre, ni a tantos otros antes que ellos, quienes se explayaron con bellísima precisión estética acerca de ese fenómeno tan difícil de comprobar llamado reencarnación.

He leído ciertas páginas, muchas de las cuales se contradicen entre sí, y he experimentado algunos milagros insignificantes de esos que no se pueden poner en palabras. La única conclusión admisible, y perdón por lo reiterativo, es que carezco de las herramientas empíricas para afirmar con convicción que la reencarnación es inviable. Y como no puedo demostrar su improcedencia, sólo me resta aceptarla como una posibilidad.

Partiendo de esa base tal vez falaz, entonces quizás sí exista un algo después de la muerte física, un algo que todos atravesaremos en algún momento. La reencarnación, si mal no recuerdo esos conceptos que una misma voz tanto me ha repetido, no es azarosa. Se supone todos tenemos una misión, y si no la cumplimos, volveremos a repetir el ciclo indefinidamente hasta aprender lo que debemos aprender.

Hay un Camino, dicen, que en realidad son ocho; supongo es recomendable recorrerlos a conciencia. No aspiro a divulgar una espiritualidad pretenciosa, aún me reconozco terrenal, mundano, muchas veces absurdo. Sin embargo, qué maravilloso consuelo es creer en algo más que en un par de zapatillas nuevas o en un vigorizante vaso de vodka.

Si es cierto que todos nos volveremos a encontrar con otros nombres, otras formas y otras circunstancias, me gustaría asentar por escrito unos pocos, egoístas deseos. Quisiera, de ser esto posible, que en mis futuras vidas la Mejor Mujer del Mundo sea otra vez la Mejor Mujer del Mundo, que mi perra vuelva a ser mi perra, que mis amigos más cercanos ejerzan nuevamente ese dignísimo rol. Quisiera que mi tía sea mi padre, que mi padre sea mi tío, que mi madre sea mi abuela. Podría prescindir de mi nacionalidad, pero espero regresar siempre, de una forma u otra, a Buenos Aires. Prometo releer a Cortázar, quizás a una edad más temprana, y escuchar una y mil veces a Troilo.

Pecaré de ambicioso al requerir que la valentía me sea otorgada desde niño, estoy dispuesto a entregar a cambio mi habilidad con los números. No me quejaría si dispongo a su vez de cierta destreza para los deportes, puedo conformarme con ser un aguerrido defensor central. Confío en que los viajes sean una constante, los riesgos una forma de vida, espero los vicios, en su mayoría, me sean vedados.

Soy humano y soy banal, y es por eso que me distraigo con un partido de fútbol en el cable, con una página medianamente decente, con un café en pocillo. Soy tan pero tan humano y tan pero tan banal que me cuesta decir no a un par de piernas bien predispuestas o a un poderoso vacío a la parrilla. Tal vez, sólo tal vez, los años finalmente puedan fortalecer mi voluntad.

Mi nueva máscara se llama Eduarda. Fue bautizada de ese modo luego de una serie de asociaciones arbitrarias (si alguien es capaz de descubrirlas, se hará acreedor de un chocolate con almendras) que a mi humilde entender tienen mucho sentido. Mi máscara es muy cómoda, oculta una gran parte de los ojos y se adapta con sorprendente versatilidad a los vaivenes caprichosos de mi cabeza. Lo que diferencia a Eduarda de las máscaras ajenas es que ella, rouge et noire, es una máscara explícita, ella no reniega de su naturaleza.

Eduarda me acompañará el tiempo que deba acompañarme, y probablemente luego se encuentre en la eternidad con las infinitas máscaras que la precedieron y las infinitas máscaras que vendrán después de ella. Quién sabe, tal vez el proceso reencarnatorio también aplique a las de su especie.