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Analisis | A matar o morir

ANÁLISIS: The Walking Dead S08E03: Monsters (Spoilers)

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Por: Jessica Blady

Necesitamos que empiece a pasar algo que haga avanzar la historia.

Ya no entendemos muy bien que es lo que pasa por las cabezas de los responsables de “The Walking Dead”, y el resultado que vemos en pantalla nos hace sospechar que empiezan a asomar los mismos problemas (¿internos?) que se dieron en la segunda temporada, dando como resultado uno de los perores arcos de la serie.

Queremos encontrarle el lado positivo, queremos que nos guste, pero no nos lo están facilitando. Esta gente no aprendió de los errores recientes y está empezando a perder el rumbo por completo… y con él, hasta lo más fieles seguidores. Sí, la octava entrega del drama post-apocalíptico decidió ir a las piñas desde el minuto cero y dejar de concentrarse tanto en esos detalles mínimos que frenaban la narración; pero de este modo empezó a caer en la incoherencia de una trama que, desde el vamos, no sabemos/entendemos para dónde va.

Llevamos tres, TRES, episodios atestiguando un primer ataque cuyo objetivo (las armas, reducir a los Saviors) parece cada vez más lejano. Luchas de todo tipo, cargadas de drama, acción y algunas bajas no tan significativas, aunque la narración sólo parece avanzar en círculos. O sea, sin un rumbo determinado. Los guionistas están tan perdidos como Rick y los suyos, y sólo una sacudida drástica podría enderezar las cosas. O no.

Greg Nicotero, un tipo que para esta altura conoce la serie como la palma de su mano, vuelve a ponerse detrás de las cámaras para “Monsters”, un episodio que pretende demostrar algo que ya sabíamos: en este escenario tan caótico y salvaje, no hay forma de mantenerse intactos sin perder un poco de humanidad por el camino. A la larga o a la corta, todos se convierten en “monstruos” a los ojos de alguien y no tanto ante la imagen que les devuelve el espejo.

Es obvio que el Rick Grimes de la octava temporada ya no es ese sheriff altruista de la primera. Tras atestiguar tanta muerte y enterrar tantos cuerpos de seres queridos, no hay forma de mantener la moral indemne, uno de los temas que siempre pesó en los argumentos de la serie. ¿Cómo se aplica esto con los Saviors, sabiendo a quien responden y cómo es su naturaleza? Por ahí pasó este capítulo, ejemplificado en los enfrentamientos entre Ricky Morales, y mucho más entre Jesus y Morgan.  

Se entiende, los temas son interesantes, pero acá están mal llevados y se pierden en conversaciones eternas, planos desprolijos y un montaje que pretende generar algún tipo de golpe de efecto, aunque logra todo lo contrario: alejarnos de la trama.

En esta, todos somos Daryl, el tipo que la entendió hace rato: se trata de matar o morir sin sobreanalizar las cosas, y bajar el martillo antes de que te lo bajen… sobre la cabeza. El problema de entrada es un personaje como Morales (Juan Gabriel Pareja), al que sólo recordamos porque existen los “previously” antes de cada episodio. Ese temeroso hombre de familia que decidió seguir su propio camino, separarse de los sobrevivientes de Atlanta y, o casualidad, tras perderlo todo encontró su lugar (y lealtad) junto a Negan. Dejando las coincidencias de lado, y algunos discursos un tanto repetidos, este cruce no tiene ningún peso específico, mucho menos dramático, por eso la flecha de Daryl es tan bienvenida.

Rescatar personajes del pasado pudo haber resultado en otras oportunidades como el caso de Morgan, pero acá se convierte en un recurso bastante torpe, un manotazo de ahogado para los escritores que no encuentran la forma de revitalizar la trama.   

En el otro extremo del dilema moral están Jesus, Morgan, Tara, Maggie y los Saviors prisioneros que van rumbo a la colonia Hilltop. Mientras que resulta interesante el enfoque “pacifista” del melenudo –no por nada lo apodaron como Jesus, ¿no?- de no asesinar a sangre fría a aquellos que se rindieron; se hacen cada vez más insoportables los cambios de carácter de Morgan, que pasa de Gandhi a John Rambo en un pestañeo. La psique del muchacho es inestable, ya lo entendimos, pero esa doble personalidad está empezando a afectar el balance de cada episodio.

Rescatamos ese enfrentamiento, ese momento de catarsis que liberó (un poco) las ansias de sangre y marcó los puntos de cada uno. Acá, Jesus se llevó las de ganar, sólo esperemos que la decisión no le juegue en contra y que el futuro (los guionistas) no le dé la razón a Morgan cuando alguno de estos rehenes se libere y decida desquitarse de sus amables captores. Odiamos estos lugares comunes.

No es la primera vez que la serie se hace estos planteos. Más de una vez vimos a Rick, Carol, Glenn o Maggie despegarse un ratito de su moral y tomar una actitud más combativa cuando había necesidad de proteger a los suyos. Acá se habla de una guerra, y al final de la contienda debería llegar la paz. Por eso las decisiones se toman un poco pensando en el futuro y cómo encontrar el equilibrio y la tolerancia entre los sobrevivientes y los Saviors, posiblemente, cuando Negan ya no esté entre nosotros marcando el ritmo de tanta violencia desmedida.

Hablando de Roma, ¿alguien sabe dónde fue a parar el temido villano? Ni noticias del muchacho, mucho menos del padre Gabriel, tras aquel primer episodio donde el sheriff le “perdonó” la vida. Estas son las inconsistencias que más afectan al show. O la insistencia de personajes como Gregory (Xander Berkeley), que se salen con la suya y reciben una segunda oportunidad a pesar de la traición.

Finalmente tuvimos un momento emotivo, lástima que el personaje que nos dejó no tenía el peso para conmovernos. Eric (Jordan Woods-Robinson) nunca fue un  protagonista destacado, aunque sí el motor para que Aaron (Ross Marquand) tomara muchas de sus decisiones, incluso desde el primer momento en que se cruzó con Rick y los suyos. ¿Se acuerdan? Acá, todos los aplausos van para Marquand que logró transmitir esa sensación de pérdida (y un poco de resignación) en medio de un episodio que rescata poco y nada. ¿Buscarán emparejarlo con Jesus ahora que está viudito? O por ahora, repartirá todo su amor en la pequeña Gracie. No sé ustedes, pero esos pequeños momentos telenovelescos, suman más que una horda de zombies al ataque o un enfrentamiento balístico de quince minutos.  

Párrafo aparte, ya estamos todos hartos del positivismo de Ezekiel y sus discursos de manual, ¿no? Levante la mano quien anda con ganas de que se lo mastique Shiva en un ataque de sinceramiento narrativo. Tanta “seguridad” viene bien para levantar el ánimo entre los combatientes, pero basta señor de rastas, la sobreactuación ya se le fue de las manos y hasta lo distrae de lo importante: evitar que los maten a todos. 

Nos guste o no, la octava temporada de “The Walking Dead” viene en picada y necesita una sacudida con urgencia. Esperemos que venga de la mano de un buen argumento, y no sólo del regreso de Negan y su actuación de chico malo. La serie necesita encontrar un nuevo rumbo porque éste ya no le sienta; o tal vez nuevos guionistas  que entiendan un poco mejor la naturaleza de estos personajes y esa historia que nos cautivó tantos años atrás. Media pila, muchachos.