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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: La otra Guerra

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Por: Victor Gueller

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Todos tenemos un lado oscuro... y en mi caso viene acompañado de panceta y cheddar.

Mi madre solía relacionar el sobrepeso con la salud, con la fuerza. Quizás por eso, pese a ser licenciada en nutrición, jamás se preocupó demasiado por mi cada vez más notoria expansión horizontal, siendo apenas un niño. A mis inocentes ojos, la comida era el mayor placer, quizás el único, disponible en un departamento signado por el silencio. En un principio, me conformaba vaciando mi propio plato, luego serían los platos ajenos, los restos, todo lo que se hubiese cocinado. No recuerdo, en mis 34 años, haber sentido eso que algunos llaman saciedad.

Unos kilos más tarde, me convertí oficialmente en obeso, durante aquella extraña época conocida como adolescencia. Yo no le daba particular relevancia, lo cierto es que ni siquiera podría culpar a mi sobredimensionada anatomía por mi ineptitud para los deportes. Uno de los momentos más esperados de todas mis semanas era la llegada de los domingos, pues ese mágico día implicaba sentarme en el piso, ver la lucha libre en la televisión y almorzar dos Combos completos, cortesía del Burger King que había abierto a escasos pasos de mi hogar.

Cuando empecé a vislumbrar cómo funcionaban las relaciones entre hombres y mujeres, entendí que mi vida estaría marcada por la soledad si no hacía algo con mi cuerpo. La cercanía de una chica de pelo castaño fue el empujón final que necesité para comenzar a cuidar mi estética. Durante un verano, mis almuerzos y mis cenas consistieron en un par de tomates con vinagre y sal y, cada tanto, algún churrasco aislado, como para no morir en el intento. Asimismo, me inscribí en un gimnasio cercano, cuyos personajes recurrentes recuerdo con asombrosa vividez.

Al alcanzar un estado físico medianamente decente, supe que no podría permitirme los excesos, un tropezón -en mi caso- sí era una caída. Con pequeños altibajos, conseguí mantener cierto equilibrio por algunos años, aunque íntimamente siempre me vi gordo. Al día de hoy, observando mis fotos universitarias, me resulta incomprensible que ni siquiera en aquel entonces haya podido estar satisfecho con mi cuerpo.

El día que conocí a la Mejor Mujer del Mundo pesaba alrededor de 82 kilos. Sepan disculpar la exactitud, estimados lectores, pero una memoria obsesiva es capaz de guardar incluso esos detalles. Tenía 82 dignísimos kilos, años de entrenamiento y la confianza que necesitaba como para acercarme e iniciar una conversación ante esa señorita que me fascinó como ninguna otra lo había hecho. Unos meses después, la Mejor Mujer del Mundo y yo nos convertimos en novios y, como es habitual en esos casos, las prioridades cambiaron rotundamente.

Al cumplir el primer año de nuestra relación yo rondaba los 90 kilos, duplicando el peso de mi por entonces compañera. A los dos años, me acercaba peligrosamente a los 100; a los 3, ya los había superado. A veces, solo a veces, me disponía a retomar el cuidado de mi cuerpo, pero por lo general me quedaba en las buenas intenciones y, a lo sumo, en la pérdida de dos o tres kilos.

Decidimos vivir juntos y, en un primer momento, todo fue alegría, proyectos compartidos y… comida. El maravilloso horizonte inicial fue perdiendo velozmente su colorido, siendo reemplazado por la apatía y la incertidumbre, hasta que un 7 de noviembre ella decidió partir, mientras yo tomaba vino en Varela Varelita. No fue sencillo enfrentar la cama vacía, tampoco lo fue amigarme con el silencio, ese mismo que me había acompañado durante toda mi niñez.

Atravesando el punto más decadente de mi vida, mis opciones se reducían a seguir comiendo hasta que mi corazón diga basta o a darme a mí mismo una segunda oportunidad. Movido por una fuerza que aún me es extraña, escogí la segunda opción. La balanza indicaba 111 kilos, un récord que poco me enorgullece. Aquella noche, pedí una pizza grande, mitad provolone, mitad napolitana con jamón y dos porciones de fainá rellenas; esa última cena, ese último lujo, me satisfizo por aproximadamente 12 minutos. A la mañana siguiente comenzaría una dieta de 600 calorías diarias que se extendería por tres largos meses.

Me considero un hombre metódico, intuyo fue esa característica la que me permitió sobrellevar aquel verano. Para no pensar en comida, me distraía viendo Mad Men, Breaking Bad, Modern Family y cuanta serie me ayudase a evadir los escasos bocados que me esperaban en cada almuerzo y en cada cena. El café y el cigarrillo eran mis únicos consuelos. No ahondaré demasiado en esos meses que prefiero olvidar. Sí, en cambio, me centraré en los resultados. En febrero viajé al sur pesando 88 kilos. En Neuquén comí una hamburguesa de pollo que me hizo feliz. Allí, también, intimé con una bella señorita cuyo español era inexistente y su inglés inentendible. Estaba vivo, sensación que me había sido esquiva por mucho tiempo.

Luego de aquel sacrificio extremo, me comprometí a no volver a dejarme de lado. A lo largo de estos tres años me otorgué algunos permisos, pero sin superar jamás la barrera psicológica de los 90 kilos. Hace unos pocos meses, sin embargo, comencé a sospechar que había caído en un conformismo mediocre. Yo tengo (siempre tuve) la voluntad para ir un paso más allá, ¿por qué no podría hacerlo otra vez?

Este último septiembre, la balanza marcaba 87 kilos. Hoy, hace unas horas, marcó 79.9, el objetivo que me había propuesto. Quería, por una absurda cuestión numérica, que el primer dígito de mi peso deje de ser el 8. Mi desempeño en el gimnasio es, como mínimo, tan bueno como lo era más de una década atrás, además, desde hace unos días estoy libre de humo. Es este, sin lugar a dudas, el mejor momento físico de mi vida.

No dejaré que los fríos números me engañen. Ningún peso, sea cual fuere, hará que deje de ser gordo. No soy gordo por la imagen que me devuelve actualmente el espejo, lo soy porque no tengo límites. Quizás sea difícil de entender para aquel que no comparta mi adicción por la comida, por lo que intentaré ser lo más claro posible: para mí, un almuerzo promedio podía ser medio kilo de ravioles, probablemente acompañados de papas fritas; si la pizza tuviese 25 porciones, yo cenaría 25 porciones de pizza. Cada noche es una batalla, una batalla contra las ganas de visitar al chino por peso de mi barrio y llenar tres o cuatro bandejas con arroces, milanesas rellenas de queso y revueltos de muchas cosas rebosantes de aceite cuyo origen prefiero ignorar.

Recién este año, al empezar a llenar esos vacíos que ingenuamente creí que la comida podría sustituir, he comenzado a abandonar mis viejos patrones. Los he entendido, los he aceptado, los he asimilado y ahora, paso a paso, los he comenzado a modificar. No es nada fácil; la mayoría de las adicciones pueden ser suprimidas, en cambio siempre, inevitablemente, necesitaremos comer. Estoy orgulloso del número que la balanza me ha devuelto, y sobre todo, estoy orgulloso de mí; no tanto por haber bajado de peso, sino por decidirme a enfrentar a ese enemigo sumamente astuto que desde que tengo memoria, y muy a mi pesar, ha convivido conmigo.