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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Adiós, amigo

Volver a la home

Por: Victor Gueller

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La batalla definitiva contra el más fiel de los enemigos.

Hace varios años, en una situación sumamente inoportuna, una de mis muelas de juicio decidió infectarse, provocándome la fiebre más elevada de mi vida y unos dolores que jamás había experimentado antes. No voy a ahondar demasiado en ese suceso lejano. Fui consecuentemente medicado y, unos días después, aquella muela rebelde fue extirpada en medio de un maravilloso festival de sangre.

Voy al dentista una vez al año, mayormente para recibir una necesaria limpieza tras tanto café, tanto cigarrillo y tanto quién-sabe-qué-más que seguramente también sea dañino para la estética dental. Por lo general, el profesional de turno me recomienda extraer el resto de mis muelas para evitar inconvenientes futuros. Yo suelo escucharlos atentamente desde la comodidad de esa silla medieval, mientras pienso en las ramificaciones de un dilema filosófico mucho más profundo de lo que puede parecer en un primer momento: adelantarme a un problema que quizás nunca suceda o fluir con el devenir de lo inesperado, debiendo lidiar con una posible infección cuyos síntomas a nadie le deseo.

Tras resistirme durante años, mi voluntad decidió flaquear días atrás, tal vez porque una extracción de muelas se mostraba como algo diferente dentro de una rutina muchas veces insípida. Me saqué la placa radiográfica correspondiente y, junto a ella, regresé a enfrentar mi destino, sin miedo al eventual dolor, pero con interminables dudas sobre la recuperación. ¿Cómo haría para sobrevivir tres días sin fumar un mísero cigarrillo…?

Una vez, una señora a la que mucho respeto me preguntó capciosamente si podía imaginar cuánta gente se estaría alejando de mí a causa de mi adicción al tabaco. Para ser sincero, jamás lo había pensado. Elijo suponer que aquel que sienta un mínimo cariño por mí, sabrá sobreponerse al molesto humo que normalmente me rodea. Sin embargo, recapacité luego, quizás otra tanta gente elija evitarme o, lo que es más drástico, tal vez nunca llegue a conocerme. El cigarrillo ya no es tan aceptado como lo fue un par de décadas atrás, lo que antes era causal de indiferencia ahora se acerca sin disimulo al rechazo.

Fumé mi último cigarrillo el lunes a las 8 y media de la mañana, dos horas antes de la extracción. El dentista hizo su trabajo con maestría y celeridad; más allá del pinchazo de la anestesia no sentí ninguna molestia. En apenas minutos, ya estaba nuevamente de pie, con la mitad de la boca paralizada e incapaz de hablar con normalidad, situación que me motivó a enviar mensajes a mis amigos, pues me resultaba en extremo divertido oirme de esa manera.

Caminé un par de cuadras, luego tomé el subte. Venía bien, el vicio parecía controlado. En realidad, me preocupaba más el no poder tomar café. A media mañana siempre me urge tomar café, el café me urge durante todo el día, todos los días. Cuando el sangrado comenzó a menguar y yo ya recuperaba la sensibilidad, mi cerebro envió el primer aviso. Fueron varias horas sin recibir nicotina, entendí su malestar. Le expliqué, como pude, que durante tres días, no podría fumar. Y en ese instante comenzó la guerra.

Al llegar al hogar, googleé los riesgos de fumar en mi condición, aunque lo cierto es que estaba dispuesto a enfrentarlos alegremente, sean cuales fueran. Crucé al kiosco y compré un atado de diez cigarrillos; sin embargo, una fuerza de voluntad misteriosa me impidió encender siquiera uno. Entendí que cada día sería más difícil abandonar este hábito que me acompañó durante década y media, y que si no tomaba una decisión a tiempo, no podría dejarlo jamás.

Escribo estas líneas habiendo cumplido mis primeras 55 horas libre de nicotina. Los cambios en mi cuerpo son notorios. Me reconozco con más fuerza y más energía, pese a que las dos últimas noches prácticamente no pude dormir. El caudal de aire que ingresa a mis pulmones es mayor, puedo distinguir aromas en la calle, algo que me es nuevo. Percibo la estela de un fumador a dos o tres metros de distancia y, cuando lo hago, intento apropiarme de la resaca de aquel humo, ínfimo consuelo para un adicto que ha comenzado a transitar su recuperación.

Tras varios intentos fallidos, estoy preparado para enfrentarme de forma definitiva al cigarrillo. Con esto no quiero decir que ya lo haya vencido ni mucho menos, conozco las trampas que un cerebro rencoroso es capaz de implementar. Supongo que recaer implicaría la aceptación definitiva del tabaco. De todos modos, algunas convicciones son inquebrantables. Entre la salud y la enfermedad, elijo la salud; entre la fragancia de la lluvia y la del alquitrán, elijo la lluvia; entre la vida y la muerte, elijo -por supuesto- la vida, por más que ahora tenga que aprender a vivir nuevamente, sin ese amigo que creí incondicional, sin ese bendito cómplice de las esperas más largas, sin ese manipulador, irresistible y silencioso asesino con el que he compartido todo desde la adolescencia.