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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Oda a lo Posible

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Por: Victor Gueller

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Una pequeña guía práctica para soñadores empedernidos.

La mayoría de los grandes proyectos comienzan siendo sólo un sueño. Ese sueño, por lo general, se siente imposible en un principio, lejano a medida que damos los primeros pasos, sorprendentemente real cuando lo vemos concretado. A lo largo de mi vida, los sueños me han sido esquivos o, mejor dicho, he fallado con angustiante frecuencia en aquel proceso por el cual los sueños se vuelven palpables.

Tiempo atrás, cual Truman, la idea de abandonar los límites de mi barrio me parecía utópica. ¿Cómo alguien como yo, acostumbrado a unas pocas calles, podría salir al mundo? Entre miedos aprehendidos y una patética conformidad, solía recorrer incansablemente el mismo puñado de manzanas que mi memoria tan bien conocía, mientras admiraba con curiosidad a esa otra gente que se atrevía a vivir aventuras que a mi limitado entender eran temerarias.

Con 17 años, viajé a Pinamar con la sola compañía de Soda Stereo en mi viejo walkman. Tomar la decisión fue difícil, pero inevitable; hay impulsos que no pueden ser reprimidos. Luego fue Mar del Plata, Chacabuco, Rosario. Más tarde, el sur, donde me enamoré para siempre, y Córdoba y varios de sus pueblos más pequeños y más hermosos.

Una vez que las fronteras más cercanas me fueron conocidas, decidí ir más lejos, allá donde el idioma era otro, las costumbres cambiaban, y las excusas debían ser disipadas a la fuerza. A miles de kilómetros de mi hogar, me sobrepuse a la fiebre, a la muerte de mi perra, a la nostalgia por el café en pocillo, a la soledad de reconocerme libre.

Los sueños, de más está decir, no se limitan a la geografía. Unos años atrás, me propuse perder los 30 kilos que había ganado a base de comida y ansiedades, y lo hice en apenas tres meses, obteniendo a cambio un cuerpo que ya no me avergonzaba y una voluntad a prueba de pizzas de provolone. Hoy, quiero desafiarme a mí mismo, llegando al peso más bajo de mi vida adulta y logrando que mis bíceps superen su mejor desempeño histórico. Estoy muy, muy cerca.

Tras un tiempo excesivo siendo un espectador crítico, la oportunidad llamó a mi puerta en la forma de una obra de teatro unipersonal. “No puedo hacerlo”, fue lo primero que pensé, cuando aquellas siete páginas se mostraban como una amenaza inexpugnable; “lo estoy haciendo”, comprendí luego, mientras estudiaba la letra en el sucio pasillo de un hospital. Ahora, a paso lento pero firme, sigo avanzando, confiando en que en algún momento del año que viene podré desenvolverme con cierta soltura desde ese escenario tan temido.

Los sueños, al cumplirse, se multiplican. Ya no puedo conformarme con conocer un nuevo destino, porque los quiero todos. Una obra es apenas el comienzo, dado que ya tengo escrito mi propio material, el cual espero poder interpretar dentro de unos meses. Ya no quiero vivir a la sombra de mis héroes, ni estoy dispuesto a aceptar las limosnas de veinteañeras despechadas, ni a involucrarme en tareas que no me lleven al lugar al que quiero ir. Hacer realidad los sueños ajenos es, tristemente, una sentencia de muerte para los sueños propios.

Toda la vida es sueño”, nos enseñó Calderón de la Barca, “y los sueños, sueños son”. Llega un punto en que resulta imperativo hacerse cargo. Culpar a otros por nuestro propio estancamiento es una actitud cómoda; la verdadera grandeza consiste en soñar sin límites y luego actuar en consecuencia. Nadie, nunca, lo hará por nosotros.