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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: La Cofradía de los Calvos

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Por: Victor Gueller

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Desventuras cotidianas de un hombre que comenzó a perder sus cabellos antes de tiempo.

Un par de tardes atrás vagaba por Flores sin rumbo definido, probablemente fumando y pensando en esas cosas en las que no debería pensar. Mis cavilaciones se vieron interrumpidas en el exacto momento en que, entre una pequeña multitud, una bella señorita de azules pantalones me obsequió una muestra gratis del shampoo que supo popularizar Cristiano Ronaldo. Cuando el producto pasó de sus manos a las mías se produjo un fugaz intercambio de miradas, gracias al cual ella comprobó con vergüenza que el uso que yo podría darle a su regalo sería nulo. Respondí con un gesto casi imperceptible, con el que intenté transmitirle que no debía sentirse culpable, que donde una vez hubo cabello aún sobrevive algo muy parecido a la dignidad.

No recuerdo con exactitud cuándo fue la primera vez que decidí rapar mi cabeza por completo. Sí, en cambio, puedo evocar de forma vívida el proceso por el cual fui perdiendo gradualmente los rulos negros que me acompañaron durante mi adolescencia. Jamás ostenté pelos en demasía, por el contrario, era esperable que más tarde o más temprano, mi cabeza comience a pasearse desnuda, desprotegida, quizás sintiéndose ligeramente humillada.

Cuando las entradas fueron indisimulables y las fotos se empeñaban en mostrarme una y otra vez aquello que prefería no ver, me acerqué a mi peluquería de confianza y solicité que me corten con su expeditiva máquina. Mientras yo reposaba en una sobredimensionada silla negra y leía las últimas noticias de la farándula local, ví caer mis tímidos cabellos sobre la bata que -en aquel entonces no lo sabía- usaría por última vez.

El procedimiento fue veloz, y lo cierto es que me sentí cómodo ante esa nueva versión mía que me miraba fijo desde el espejo. Al regresar a mi hogar, entendí que ya no sería necesario pagar por aquel servicio, puesto que podría obtener resultados muy similares utilizando una Gillette. Un par de semanas después, sin pericia pero con convicción, tres pequeñas navajas hicieron su noble trabajo, dejando un par de heridas a su paso. Debo confesar que si bien he aprendido a dominar el manejo de aquella afilada extensión de mi mano, es frecuente que pierda un par de gotas de sangre en el proceso; priorizo rotundamente la rapidez y la fuerza bruta por sobre el cuidado de la piel.

Soy pelado desde hace más de diez años. Elegí serlo por propia voluntad antes que la calvicie no me diera opción, no estaba dispuesto a darle ese gusto. Me he resignado a fraternizar con aquellos que comparten mi condición, siempre se puede aprender un nuevo secreto estético en base a las experiencias ajenas. En este tiempo debí luchar contra las inclemencias del sol veraniego, contra la rebeldía de los mosquitos y contra varios estereotipos; a veces se torna molesto explicar que pese a ser un calvo de espalda medianamente ancha, mis gustos están más cerca del tango que de la música electrónica.

Al día de hoy, varias celebridades carecen -voluntariamente o no- de decoración capilar. De alguna forma, esto beneficia a quienes no tenemos otra alternativa. Luca Prodan y el Indio Solari se adelantaron a su tiempo, Juan Sebastián Verón supo marcar tendencia e incluso The Rock es considerado uno de los hombres más atractivos del planeta. Con el correr de los años hemos logrado ser aceptados por una sociedad que tiende a estigmatizar las diferencias. Yo, creo, soy mucho más que la suma de mis virtudes y mis defectos, soy mucho más que el par de tatuajes que me adornan, soy -en definitiva- mucho más que una cabeza sin pelos.