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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Vida y Obra de un Gato gordo

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Por: Victor Gueller

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Párrafos contundentes sobre el honesto vínculo que une a un hombre y a un gato.

Desde hace varios meses paso la mayorías de mis noches en soledad. Una gran parte de ella es elegida diariamente por mí, mientras que la restante podría deberse a unos métodos de seducción un tanto ineficaces y a una extensa serie de requerimientos absurdos que suelo procurar en las mujeres. Disfruto fumar en la quietud del balcón, no me gusta ser interrumpido mientras leo o me distraigo con algún videojuego, jamás sabré responder con fundamento empírico si aquel vestido nuevo le hace honor a una silueta aleatoria. Con los años me he vuelto más selectivo y, también, menos tolerante.

Afirmar que la mayoría de mis noches transcurren en soledad, no obstante, sería faltar a la verdad. Como souvenir de la relación más longeva y significativa de mi vida me he quedado con un gato gordo llamado Manolo. Y ese gato gordo llamado Manolo se ha convertido en una compañía particular, alejándose de las conductas propias de su especie y siendo, de alguna metafísica manera, la ronroneante voz de mi conciencia.

No podría precisar cuánto tiempo pasó desde la tarde en que mi por entonces novia me llamó diciendo que había encontrado una gata embarazada a pocas cuadras de su casa. Conociéndola como la conocía, supe que ella no abandonaría a su nueva amiga, por lo que no me quedó más remedio que acercarme a aquella coqueta dirección e intentar dilucidar una salida decorosa para todos. Decidimos llevarla a una veterinaria cercana, quien, para nuestro asombro, nos reveló una realidad inesperada. En primer lugar, la gata no estaba embarazada; en segundo lugar, tampoco era una gata.

Los instantes fugaces que caminamos en compañía de ese sobredimensionado felino fueron suficientes para que nos encariñemos con él, y apenas minutos después, Manolo ya recorría con soberana libertad los pasillos de su nuevo hogar, al tiempo que comenzaba a pelearse con su hermana mayor, más pequeña en tamaño, pero mucho más astuta y ágil. Durante meses, la Mejor Mujer del Mundo y sus mascotas convivieron felizmente. Luego, yo me sumé a la ecuación, y terminé adaptándome a ese mundo que me era tan ajeno.

Un día de un noviembre, mi novia dejó de ser mi novia y nuestros gatos, creí, volverían a ser sólo suyos. Mientras ella recomenzaba su vida, me encargué de cuidarlos y alimentarlos, manteniendo siempre una cordial distancia. Sin embargo, una sorpresa gorda, ruidosa y con ojos de huevo duro me estaba esperando: ella se llevaría a su primera gata, pero no podría hacer lo mismo con Manolo. Las alternativas, entonces, eran darlo en adopción o conservarlo conmigo. Durante unos días, sostuve con firmeza que le encontraría un lugar perfecto, pero por algún motivo no lo hice.

La noche en la que verdaderamente procesé que el futuro sería muy distinto a los maravillosos siete años previos, Manolo se mostró particularmente atento y no dejó buscar mi compañía ni por un segundo. Sospeché que él, en su infinita sabiduría animal, había entendido todo. Me pregunté a mí mismo (quizás lo hice en voz alta) qué culpa podría tener un gato de todos esos problemas que nos inventamos los humanos. ¿Quién era yo para decidir por él? ¿Por qué un conflicto entre un hombre y una mujer debería afectar de modo tan tajante la plácida rutina de ese gato que a veces se creía perro?

Por un lado, temí que aquella otra presencia en el departamento coarte mi libertad; por el otro, supe que jamás podría abandonarlo. Después de todo, teníamos mucho en común, comenzando con que ambos habíamos sido dejados de lado por la misma mujer. Con el correr de los meses, nuestra relación se fue afianzando. Nos mimetizamos, nos acostumbramos a los caprichos del otro. Hoy, Manolo es un cómplice perfecto, es un amigo, es un arma infalible de seducción masiva.

Aún me resulta complicado ordenar los hechos, quizás haya incurrido en un par de licencias poéticas al escribir estas líneas. Supongo hay extractos que prefiero olvidar. Sin embargo, Manolo sigue aquí, firme, fiel, incondicional. Hay veces en que todavía lo sorprendo mirándome fijamente desde lejos. La diferencia es que ahora yo también lo miro a él. Un azar caprichoso quiso que yo me cruce en su camino cuando él más lo necesitaba, el mismo azar que años después decidió que él se cruce en el mío cuando era yo quien no podía confiar en nadie más.