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Analisis | Pequeño genio

ANÁLISIS: Young Sheldon S01E01: Pilot (Spoilers)

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Por: Jessica Blady

Sheldon Cooper se nos achicó, es más tierno, pero igual de antisocial.

Iba a pasar, tarde o temprano, que en esta época de secuelas, precuelas y spin-off nos encajaran la historia de un jovencito Sheldon Cooper, sin dudas, uno de los personajes más reconocidos de la TV en estos momentos.

Nos guste admitirlo o no, “The Big Bang Theory” es una de las sitcom más exitosas de CBC, y con más de once temporadas en su haber, una de las más longevas. Sheldon (Jim Parsons) se supo destacar por encima de sus compañeros de elenco, justamente, por esa falta de empatía y desarraigo emocional que comenzó siendo su cualidad más graciosa (allá por 2007), pero agotó los clichés, casi tan rápido como la serie.    

Mientras su versión adulta se acomoda a los cambios y al compromiso, Chuck Lorre y Steven Molaro nos presentan esta precuela protagonizada por un Sheldon (Iain Armitage) de nueve años que debe lidiar con una familia “normal” y su primer día en la escuela secundaria estatal (no olvidemos que es un pequeño genio) al Este de Texas.   

“Young Sheldon” funciona mucho mejor como dramedia que como comedia a secas, más que nada porque sus chistes esporádicos no causan mucha gracia; pero resulta más interesante cuando nos muestra las reacciones de la familia, sus compañeros y maestros que deben amoldarse a las características tan particulares de este pequeñín que, a cada rato, choca con su entorno.  

A través de una década al aire conocimos muchos aspectos de la vida y la infancia de Shelly, su madre ferviente cristiana, su hermana gemela y su hermano mayor, y un padre que nunca entendió muy bien a su hijo. Claro que la expresa superioridad del nene nunca le ayudó a conseguir amigos, pero de eso trata este piloto, donde mamá y papá Cooper tratan de hacer lo posible para que su retoño no parezca un bicho raro cada vez que sale a enfrentarse al resto del mundo.  

Armitage es mucho más tierno y soportable que Parsons, tal vez, porque todavía conserva cierta humanidad y cariño en su ADN. Su mejor relación es con mamá Mary (Zoe Perry), a quien acompaña hasta la iglesia, a pesar de ser un agnóstico precoz. No se puede decir lo mismo de Missy (su hermanita gemela), Georgie (su hermano adolescente) o papá George, texanos de acento marcado y costumbres “bárbaras”, a los que el pequeño les escapa a toda costa.

Desde que arranca, Sheldon quiere (¿necesita?) diferenciarse, remarcar que es superior en muchos aspectos, lo que irrita a compañeros de clase y maestros que no gustan de que los traten de idiotas o, en su defecto, seres inferiores. Pero no hay malas intenciones con el pibe, sólo una honestidad brutal que pocos entienden y que se acrecienta en su versión adulta; lo que siempre desemboca en la teoría de que Cooper padece del síndrome de Asperger, enfermedad que podría explicar unas cuantas cosas.

Pero “Young Sheldon” no quiere meterse en estos temas tan serios, no se compromete, ni lleva el absurdo al extremo, entregando una historia bastante ingenua con algunas referencias ochentosas (estamos en 1989) y esas conexiones que no pueden faltar con su show insignia. Se nota que intenta alejarse de “TBBT” y, de a ratos, desliza un aire a “Los Años Maravillosos” (The Wonder Years, 1988–1993) con la voz en off de un Cooper adulto (Parsons), pero no aporta nada nuevo ni original a un mercado que está bastante saturado.

Hay mucho para ver y muy poco tiempo. No nos queda otra que ponernos selectivos a la hora de invertir en series televisivas y, a pesar de su escueta duración de veintitantos minutos por episodio, no se pierden de nada si dejan pasar esta precuela. “Young Sheldon” es más de lo mismo pero en dosis menudas, la historia de un niñito bastante raro que ya lo era desde la cuna.