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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Instrucciones para el Olvido

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Por: Victor Gueller

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A veces elegimos no vivir, a veces sólo estamos distraídos.

A través de las páginas de sus imprescindibles relatos, Alejandro Dolina nos ha invitado una y mil veces a probar el sabor de los Licores del Olvido y del Recuerdo, brebajes que -tal como sugieren sus nombres- promueven un abandono rotundo del pasado o el estancamiento definitivo en él, respectivamente. No es mi intención ahondar en el mundo ficcional del más porteño de los escritores, sino, simplemente, indagar por un instante en los recovecos de la memoria, en los caprichos del alma. “El pasado siempre está conmigo”, concluye el filósofo radial a través de uno de sus personajes más logrados, condenándolo a esa melancolía que sólo es posible en el barrio de Flores. De alguna forma es cierto, el Pasado siempre está con nosotros, pero somos justamente nosotros quienes podemos elegir qué pasado recordamos, cómo lo hacemos y hasta qué punto permitimos que nos condicione.

Al nacer, un azar misterioso me dotó de una preocupante tendencia a subir de peso, de una hiperlaxitud que sorprende a los desprevenidos y de una memoria metódica, capaz de recordar el movimiento en la comisura labial izquierda de una mujer que no fue del todo sincera conmigo hace alrededor de catorce años. Puedo luchar contra la obesidad consumiendo magras 600 calorías diarias, puedo utilizar mi flexibilidad para recibir alguna mirada deseada, pero enfrentarse al Pasado no es tan sencillo.

A principios de año, comencé a desterrar el resentimiento acumulado desde la comodidad de una hamaca paraguaya, ante la compañía impávida de un imponente cerro. ¿Cuál puede ser el sentido de aferrarse a algo si, como recitó Cabral, todo nos es dado, nada nos pertenece? El cielo no es nuestro, pero estará en el mismo lugar hasta el final de los días; un viento molesto me recordó mi condición mortal; un pequeño perro blanco me hizo sentir querido. A varios cientos de kilómetros de mi casa, logré reencontrarme conmigo, y lo cierto es que no me caí tan mal. Soy, en el fondo, un buen muchacho.

Unas semanas después, esta nueva visión del tiempo y de la vida fue puesta a prueba. Apenas comenzaba a disfrutar de un fin de semana de sol y abundante comida cuando una llamada telefónica presagió una muerte inesperada. No había más nada por hacer, sólo dejar que pasaran los días. Fue mi propio padre quien me enseñó su concepto de finitud, quien me educó tardíamente en el arte de la aceptación. Él, con suma entereza, estaba listo para dar ese paso que todos daremos en algún momento. Compartió su última lección con un ejemplo póstumo: todos morimos, pero no todos estamos dispuestos a vivir. Horas después de su conversión a cenizas, yo estaba tomando mi café, leyendo el diario, preparándome para entrenar. Él, no lo dudo, hubiera estado orgulloso.

Los hospitales fueron una tendencia a lo largo de este año, pero en lugar de dedicar mi atención a su inconfundible aroma a muerte, opté por celebrar los pequeños prodigios cotidianos. Recuerdo un pájaro que cantó para mí en un patio frío, un enfermero que me ofreció un cigarrillo, una cama improvisada en medio de lamentos y soledades. Días más adelante, todo aquello se sentía lejano, y podía evocarlo con una sonrisa desde las pomposas avenidas de Nueva York, desde una librería en San Francisco, desde las irresistibles playas de Los Angeles. Yo seguía siendo yo, mi pasado seguía siendo mi pasado, pero lejos de cualquier preocupación, era el momento presente lo único que verdaderamente existía. Supongo es esa la única receta válida para el Olvido.

“Cuando desaparece el deseo, desaparece la necesidad”, repetía mi padre como un mantra. Son pocas las cosas que deseo, y son en su gran mayoría intangibles. Deseo, por ejemplo, ser recordado, aunque sé que ningún recuerdo sobrevivirá en el infinito. Deseo aprender a dominar mi Ego, pues abandonado el Ego comienzan los milagros.

Podría seguir divagando como suelo hacerlo. Podría seguir buscando palabras elegantes para intentar definir algo que aún no puedo definir. Por eso, prefiero citar nuevamente a ese Trovador que lo entendió casi todo, a ese Vagabundo First Class que se acercó peligrosamente a la verdadera Libertad.

“El Ego distorsiona, es lo contrario de la inocencia, que aclara. El Ego confunde a las cosas con su juicio, cree que las cosas son lo que él piensa que son, es más, el Ego cree que las palabras son las cosas. El Ego no vive, interpreta, es una constante actuación que nunca alcanza la realidad, en tanto la inocencia trata a todos por igual, por eso está más cerca de la felicidad, de la riqueza, de la tranquilidad. La inocencia ve todo con asombro, por eso nos lleva de fiesta en fiesta. La inocencia es excitante porque ve todo por primera vez. El Ego le pone nombre a las cosas, pero el inocente las ve. El Ego las juzga, el inocente las vive”.

¿Quieren, estimados lectores, abandonar el Pasado? Levanten la mirada, contemplen lo que los rodea. Probablemente mientras lo hagan se encuentren respirando. Nada más necesitan. Nada más existe.