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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Un Legado

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Por: Victor Gueller

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Lo hice, como Frankie, a mi manera. Y aún lo hago.

De mi padre heredé el amor por Buenos Aires y cada uno de sus barrios, la predilección por Aníbal Troilo, una simpatía limitada por Boca Juniors, el café, el diario por las mañanas, la incondicionalidad eterna hacia el Chavo del 8. Gracias a él, aprendí a respetar a Séneca, al budismo, al Tao. Él me enseñó a manejar, y creo hacerlo con cierta destreza. Recuerdo, también, el día en que me explicó paso a paso cómo pelar una mandarina. Soy incluso más desorganizado de lo que él fue, es más probable que mis pantalones estén en el suelo del living que en un ropero. De él obtuve mis canas, primero, y mi calvicie, después. Él me demostró cuán valioso es ser elegido por un perro, que la libertad es algo muy parecido a pasear por la ruta sin destino definido, que el amanecer se disfruta más ante un tablero de ajedrez, que la vida transcurre en un instante. Un lunes de marzo, mi padre me eligió para que escuche sus últimas voluntades, y tres días después, atravesó ese umbral para el que se había estado preparando durante largas décadas.

Mi madre supo transmitirme su integridad, virtud que le trajo ciertos contratiempos en los años más nefastos de nuestra historia reciente. Ella cocinaba como nadie, en cantidades sobrehumanas, y dicen los que supuestamente saben que debo mi sorprendente estado de salud actual a aquella excesiva alimentación precoz. Gracias a ella, dispongo de una curiosa habilidad con los números, y también incorporé varios temores infundados que me llevó mucho tiempo erradicar. En sus últimos días de vigilia, me recomendó que no me case y que jamás ahonde en explicaciones ante quienes no las merecen. Una mañana de verano, ocho años atrás, me desperté en el sillón de una coqueta habitación de hospital a las 6 y 26, sólo para escuchar, dos minutos después, el sonido que confirmaba lo previsible.

De todos los adultos que he conocido, mi tía es la más digna, la más noble. A sus ochenta y tantos años, es capaz de emular a un carpintero, a un plomero, a un pintor, y también de hablar de igual a igual ante cualquier economista destacado. Ella fue feminista sin saber que lo era, logró hacer su propio camino en un mundo dominado por hombres, en tiempos mucho más difíciles. Mi tía me enseñó a jugar al truco y al poker, y sospecho que me ha legado una buena parte de su suerte en los juegos de azar. A ella nunca le importó la opinión ajena, algo que poco a poco he ido incorporando. Aún al día de hoy, cada conversación que mantenemos me remite a una anécdota que desconocía, muchas de las cuales incluyen apellidos ilustres de los ámbitos más diversos. El mundo sería un mejor lugar de haber más gente como mi tía.

Jamás elegiría a mi hermano como amigo, pero sin dudas sería la primera opción si se pudiesen elegir los hermanos. Haciendo equilibrio entre Sheldon Cooper y un monje zen, él es el único sujeto que aún puede sorprenderme con sus respuestas, con sus salidas inesperadas, con su comportamiento recto. Él, como nadie, transita el camino del medio, y lo hace de forma metódica, pausada, pero sin dar un paso atrás. Yo tengo mucha voluntad, pero mi hermano me supera por varios cuerpos. Lo respeto por eso. Quizás hasta lo admiro en silencio.

Nací en Callao y Lavalle, a pocas cuadras del Obelisco, lo que de alguna forma intrínseca me ha condenado por siempre a la porteñidad. Según tengo entendido, mis raíces pueden encontrarse en Alemania, en Polonia, en Rusia, en la provincia de Corrientes. Disfruto las aventuras que surgen de lo inesperado, amo con furia la pizza de provolone, venero más a mi gato que a la mayoría de la gente. Puedo pasar horas sentado a la sombra de un árbol, pero no más que un par de minutos entre individuos mediocres. Mis ojos suelen distraerse frente a las piernas de una mujer, no me puedo resistir ante ellas. Aunque jamás entendí del todo la metáfora, dicen que tengo la memoria de un elefante, y probablemente también tenga su estómago. Encuentro placer en la dignidad de las derrotas; si algún día tengo una hija, se llamará Lucía o tal vez Sofía.

Me aburre la gente que se esfuerza por parecer normal. Yo no soy normal. Nadie lo es. Alzo mi copa por los distintos, por los solitarios, por los estoicos, por los valientes. Contrariamente a lo que nos enseñaron, la hipocresía no es un valor necesario para subsistir. A mis treinta y cuatro años, puedo mirar atrás con algo que se parece mucho al orgullo. Se siente bien. Ojalá todos puedan hacerlo en algún momento.