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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Ciudades que nunca duermen

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Por: Victor Gueller

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Una epifanía, dos ciudades y millones de destinos posibles.

Hace más de 25 años que vivo en el mismo barrio, que camino las mismas calles. De alguna forma poética, prácticamente toda mi vida tuvo como trasfondo una serie de caras azarosas que se repiten, un puesto de diarios, una farmacia, un gigantesco Burger King y, fundamentalmente, el bar que con soberana autonomía elegí entre todos los bares.

No soy amigo de los límites, pero sí siento una simpatía especial por Caballito. Una simpatía que, con el pasar del tiempo, fue asimilándose al amor. No hay esquina que no atesore un recuerdo, no hay vereda que no despierte una tenue nostalgia.

En el Parque Rivadavia, por ejemplo, encontré algunos libros inconseguibles y -también- un par de desengaños que hoy puedo evocar con una sonrisa. En el shopping me convertí en un gran jugador de X-Men vs Street Fighter. En Cinemark vi la remasterización de El Exorcista unas horas después de visitar a mi padre en el hospital, tras un infarto que cerca estuvo de acabar prematuramente con su vida.

Encontré un pequeño refugio cuyos platos fueron bautizados con los nombres de los personajes de Rayuela; hay una casona antigua en cuyo patio puedo fumar. En una planta baja miré a los ojos al más noble de los perros mientras se preparaba para decir adiós. A metros de mi hogar recibí un beso mentiroso, a unos pocos pasos de allí, entregué uno de los más dulces.

Varias veces me imaginé viviendo en otro lugar, y varias veces me arrepentí hasta de pensarlo. No sé, Buenos Aires tiene ese algo, Buenos Aires es capaz de crear un lazo invisible con quienes la habitamos; Buenos Aires nos condena, nos protege, nos guía, nos aliena.

Un par de noches atrás, soñé con una de las tantas vidas posibles, una que en particular me encontraba viviendo en Nueva York, en esa otra única ciudad que también supo conquistarme. Podría reemplazar las medialunas por rosquillas, el Parque Rivadavia por Bryant Park y el café por… bueno, por otro tipo de café, uno cuyo sobredimensionado tamaño jamás podrá dotarlo del alma negra del porteñísimo pocillo.

La Luna, tengo entendido, rueda por Callao, pero quizás un par de estrellas podrían estar esperándome en alguna intersección de la Tercera o la Séptima Avenida. En Chelsea me enamoré cada aproximadamente 118 pasos, en Central Park me hice amigo de una ardilla, en el barrio chino fui feliz, me detuve maravillado frente al puente Queensboro inmortalizado por Woody Allen en su Manhattan.

Llegué a Nueva York por primera vez con más de 38 grados de fiebre, y aún así pasé gran parte de ese primer día caminando bajo el sol todopoderoso de la Quinta. Allí, mientras esperaba para cruzar la calle, una mujer de exótica belleza me miró y me dijo que yo “debería sonreír más”. Le respondí sonriendo (vaya paradoja) con una mezcla de incredulidad y desconfianza. Entre el cansancio y la gripe, no pude dilucidar si sus palabras fueron una mera cortesía o una invitación al más descarado levante. La vi alejarse, y también comencé a ver las luces y las sombras de una ciudad mágica. En unas pocas horas ya supe que mi fidelidad incondicional a Buenos Aires estaría seriamente comprometida.

Tengo 34 años y lo único que verdaderamente me ata a la comodidad de una rutina es un gato obeso que a veces también ejerce de hermano mayor. Los sueños son mucho más confiables que la vigilia, y no puedo dejar de sospechar que la aparición espontánea de aquella vida onírica en la Gran Manzana no fue casualidad.

Los próximos meses serán, entonces, una prueba. Te desafío, Buenos Aires, a que vuelvas a hipnotizarme, a que me convenzas de no abandonarte (por más que en el fondo, metafísicamente, jamás podría hacerlo). Caso contrario, la aventura en el Norte resultará casi imperativa. A veces hay que saltar al vacío sin mirar hacia abajo. Tomarse la vida en serio es vano pues, como ya se ha repetido hasta el hartazgo, no saldremos vivos de ella.