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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: Un Infinito devaluado

Volver a la home

Por: Victor Gueller

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Entre todas las vidas yo escojo...

A los pocos días de recibirme como abogado me regalé a mí mismo una excursión por la siempre bella Mar del Plata, quizás deseando olvidar la tensión del último examen y sabiendo que debía empezar a pensar en lo que sería el resto de mi vida. Con ingenuos 22 años, poco y nada entendía yo de la soledad y de las aventuras lejos del hogar, por lo que pasé la mayor parte de mi tiempo en un adorable bar griego, que aún hoy frecuento, y en el departamento que un amigo me había alquilado por un precio módico, donde el televisor de 14 pulgadas no se cansaba de repetir El Chavo y yo, por supuesto, no me cansaba de verlo.

Antes de partir, equipé mi viejo Ford Escort con discos de Sinatra y de Marley, compré el whisky más barato que encontré en el supermercado chino -pese a que entonces no me gustaba el whisky- y llené una pequeña mochila en la que, más allá de dos o tres remeras gastadas, lo más valioso que llevé fue la recientemente lanzada autobiografía de Bob Dylan, Crónicas.

Una vez finalizada la lectura de aquel libro indispensable, y aún conmovido por las palabras de ese hombre que tanto había comenzado a admirar, escribí una carta a la revista Rolling Stone en la que expresé, como pude, los pormenores de mi primera crisis existencial de identidad.

Esos párrafos, un tanto torpes, fueron del agrado de alguien allá en la redacción del medio insignia de la cultura joven, y me convirtieron en acreedor de un par de zapatillas que se deshicieron, literalmente, al segundo uso. De todas formas, lo verdaderamente importante para mí era compartir esas sensaciones incómodas que habían comenzado a brotar al día siguiente de haber obtenido mi título universitario.

En mis reflexiones post adolescentes, recuerdo haber citado a Alejandro Dolina cuando dijo que “los hombres de corazón sueñan con vivir todas las vidas”. Yo no podía resignarme a ser abogado, como tampoco me hubiera podido resignar a ser arquitecto, profesor de literatura, astronauta o campeón olímpico de salto con garrocha. Los límites y las imposiciones me angustiaban profundamente. Yo quería todo. Todavía lo quiero.

Quería, si no todas, al menos mil vidas para mí. Quería tirar paredes con Riquelme, actuar en una película de Woody Allen, derrotar a Kurt Angle en un ring. Quería fama y quería poder quejarme de ella y añorar el anonimato. Quería conocer a las mujeres más bonitas del mundo y enamorarlas, quería ayudar a todos los perros que viven en las calles, y también a todos los que ayudan a todos los perros que viven en las calles. Pero tenía 22 años y apenas era un vulgar abogado, que obtuvo su título más por su memoria y su locuacidad que por su conocimiento.

Quise ser Luca Prodan, pero un tatuaje no alcanza; quise ser Jorge Luis Borges, aunque sin su unánime noche. Quise ser Bruce Springsteen, Aníbal Troilo, Jack Kerouac, Forrest Gump, Jim Morrison, Don Ramón. Quise ser Brian Wilson, bajo otras circunstancias. Quise ser Robert de Niro, o tal vez Jack Nicholson. Quise ser todos ellos sucesivamente, y también ser todos ellos al mismo tiempo. Quería ser cientos de otros, mientras estaba condenado a ser sólo yo.

Ha pasado más de una década desde que sangré esos párrafos iniciáticos. Mi ambición de eternidad ha menguado ligeramente, algo que podría emparentarse con un peligroso conformismo o con una triste pero necesaria aceptación de la realidad. No fui Borges, pero escribí un par de páginas decentes. No fui Kerouac, pero caminé San Francisco de punta a punta. No fui Luca, pero perdí mi enrulada cabellera. Hice todo lo que estuvo a mi alcance para ser el mejor yo posible, y eso es algo que paradójicamente sólo yo podía hacer.

Me enfrenté a un escenario y volveré a hacerlo próximamente, rescaté un perro inválido de una muerte casi segura, enamoré a la Mejor Mujer del Mundo, salté en una cama elástica emulando a Sonic, entrené con mancuernas de 20 kilos, dormí en una carpa bajo las estrellas, me detuve cara a cara frente a la Muerte y le guiñé un ojo, besé y fui besado, acaricié la generosa barriga de mi gato, subí catorce pisos por escalera, leí Rayuela.

Quizás, en algún lugar del mundo, alguien encuentre mérito en esta lista de logros discutibles. Tal vez, sólo tal vez, haya alguien que desee ser yo, del mismo modo en que yo deseé ser tantos otros. A ese hipotético alguien sólo puedo recomendarle que no se deje engañar, a ese hipotético alguien le diré que el verdadero triunfo, probablemente el único, es ser fieles a nuestra esencia y aceptar todo eso que somos y todo eso que podemos ser, y que muchas veces preferimos evitar. Debemos entender que por más sencillo y tentador que parezca recorrer el Camino siguiendo huellas ajenas, el desafío consiste en encontrar ese desvío que un azar misterioso trazó exclusivamente para nosotros.