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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: La otra Maga

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Por: Victor Gueller

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Todo el conocimiento, todas las preguntas y respuestas, se encuentran en el perro, dijo Kafka.

Yo no sabía nada de perros. O sí. Sabía que de niño les tenía un miedo irracional, probablemente causado por un incidente que tuvo lugar en el tobogán de una plaza en Tandil. Con los años, el miedo mutó en respeto, pero jamás en simpatía. Podíamos convivir en un mismo mundo, siempre y cuando ellos no superasen los límites del olfateo respetuoso y yo no atinase a reemplazar mis pizzas de provolone por su sospechosamente tentadora comida balanceada.

Un día, hace muchos días, cometí el error de decir que no estaría tan mal convivir con un perrito, y lo hice frente a una mujer capaz de extraer agua de las piedras. Su metódica insistencia, potenciada por la infalible colaboración de su hermana, lograron finalmente su cometido. Unos meses más tarde, un remisero fanático de Les Luthiers me estaba llevando a Quilmes, donde conocería a Celeste, quien luego se llamaría Maga.

La señora que me recibió en su casa tenía tres cachorros casi idénticos entre sí, pero sólo ella, mi Maga, corrió hacia la puerta cuando yo ingresé, moviendo su cola con un asombroso ímpetu, quizás pidiendo ser elegida. Era la más pequeña de la familia, un par de pelos blancos asomaban entre su negra compostura. Resultó sencillo rendirse ante sus encantos, jamás había visto tanto carisma contenido en un cuerpo de apenas un par de kilos.

Maga y yo volvimos en el mismo remise, ella recostada sobre mi regazo. La recuerdo temblando. Atravesamos mi puerta y acto seguido le mostré su camita acolchonada, que en aquel entonces le quedaba excesivamente grande. Le dejé también un plato con comida y otro con agua, para que ella disponga a voluntad.

Ella y su gran nariz recorrieron el departamento, investigando minuciosamente cada rincón y cada mueble. Al finalizar su tarea de reconocimiento, se refugió bajo un sillón, donde permaneció largas horas. Supuse que Maga me tenía más miedo a mí del que yo le tenía a ella. Allí pasó esa primera noche, negándose a comer, mirándome con una expresión que no supe interpretar.

Al día siguiente fuimos a la veterinaria. A partir de ese momento ella comenzó a utilizar mi apellido, siendo consecuentemente bautizada en el registro del establecimiento. Maga tenía otitis y estaba asustada; algo lógico, según dijo la joven profesional. Al despedirnos, me sugirió que me prepare, pues mi perra -al parecer- era dueña de una personalidad explosiva, la cual no tardaría en comenzar a demostrar. Antes de salir le compré el que sería su primer juguete, algo que se parecía a una mancuerna. El juguete era verde y brillaba, y era más grande que la mismísima cabeza de mi mascota, pero a ella no le importaba, porque aprendió a transportarlo a todos lados con sorprendente elegancia.

Al regresar al hogar, me dispuse a jugar con Maga, arrojando su mancuerna por el pasillo y esperando en vano que ella me la trajese. Caprichosa y altanera, ella impuso sus propias reglas, consistentes en tomarlo, morderlo y conservarlo para sí. Cuando me acerqué sigilosamente con el fin de arrebatárselo, Maga me lamió la mano por primera vez. Aquella noche durmió en mi cama, así de fácil puedo llegar a ser.

Mi perra y yo convivimos durante casi tres años; luego, mi hermano se hizo cargo de su crianza, bajo mi estricta tutela. La visitaba casi a diario. No sólo nos habíamos hecho amigos, sino que también nuestras personalidades se habían vuelto camaleónicamente similares. Ambos éramos paladines de la libertad, ambos éramos orgullosos, macizos, leales.

La mañana del 5 de julio del año pasado Maga fue internada tras impactar con la rueda de un auto. Esa misma tarde, después de ver por última vez a mi hermano, decidió morir. Yo estaba a miles de kilómetros de distancia, y no me pude despedir físicamente de la mejor perra del mundo.

En mi vida he tenido unos pocos maestros, quienes por lo general ejercieron ese rol de manera involuntaria. Mi perra me enseñó que no hay que tomarse nada demasiado en serio, que siempre es un buen momento para jugar, que la única respuesta digna para la fidelidad absoluta es la fidelidad absoluta. A Maga no le importaba cuán papanatas podía llegar a ser, me quería más allá de todo. Ella me hizo un hombre mejor; ella vio cosas en mí que yo jamás había notado, tal vez fue ella quien las despertó. Lo simple no necesita explicaciones. Todo aquel que haya convivido con un animal sabrá exactamente de lo que estoy hablando.

La última vez que escribí sobre mi perra, el comentarista más dedicado que ha tenido esta columna citó el epitafio que Lord Byron ofrendó a su difunto compañero canino. Con el permiso de ambos, tomaré aquellas palabras conclusivas para este nuevo texto:

"Aquí reposan los restos de una criatura que poseía belleza sin vanidad, fuerza sin insolencia, coraje sin ferocidad, y todas las virtudes del hombre y ninguno de sus defectos. Este elogio sería insignificante sobre cenizas humanas".