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Ránking | Crisol freak

10 cosas que viviste si eras un niño nerd en los '80

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Por: Cecilia Bona

La cultura pop de los ahora adultos tuvo un comienzo. Aquí lo rescatamos y rendimos homenaje.

La psicodelia y la música no fueron la única cosa que proliferó en la década del 80. Cuando éramos niños empezamos a forjar nuestras más profundas pasiones. Sabemos que sos fanático de los videojuegos porque fue en esta década cuando tuviste tu primera consola, que amás la animación por haber merendado mirando dibus, que tu pasión por la ciencia ficción se gestó adelante de la pantalla grande... Te conocemos tanto que hoy es tu propio pasado el que nos toma de la mano y nos pasea por este top. 

Así empezamos un dossier de notas que serán la verdadera oda a la nostalgia, sí. Y no, no podía ser de otra manera que con una buena dosis de píldoras ochentosas, para que llores, para que rías y para que te preguntes cuándo te hiciste adulto y dejaste atrás todo esto. 

Te leemos en los comentarios.  

  • 10
    TE CAMBIÓ LA VIDA: el VHS
    VHS: dícese del primer formato estándar hogareño compuesto por un rectángulo plástico que protegía una cinta magnética donde se almacenaban minutos de video. Creado en la década del 70, este cassette con dos ventanas para espiar su interior se popularizó en el país durante los ’80. Empezaba la revolución.

    El VHS pasó de ser algo extraño a nuestro mejor amigo en pocas horas, cuando entendimos que nos iba a permitir poseer (subrayemos este término, porque es clave) todo el material de video que quisiéramos (o que nos dejara el tamaño de nuestra casa) sin que ninguna corporación le pusiera un límite. Además, lo que pasaba en el cine dejaba de ser exclusivo de la pantalla grande: ahora podíamos tenerlo en nuestra propia tele Aurora Grundig. Claro que tu familia tenía que dar el salto e invertir en una videocassettera.

    Los videoclubes explotaron, algunos hasta evolucionaron y abrieron franquicias, pero lo que más abundaba eran los localcitos pequeños, casi antros, donde el niño curioso que fuimos entraba a revolver cajitas de cartón para alquilar el estreno del mes o alguna perlita perdida y devolverlo a las 24 o a las 48 horas. El pibe que atendía era el Quentin Tarantino de nuestra cuadra: cuando estaba de humor tiraba data de producciones, actores y rumores que era muy útil escuchar.

    Pero rentar una película no era lo más jugoso que podías hacer con cinta y cassetterea. Lo mejor era grabar la tele. Usando el mismo sistema que habíamos aprendido con la música, ahora en el universo audiovisual. Simplemente había que esperar a que pasaran tu película favorita o el programa del que eras fan y ¡zas! La lucecita roja del REC te avisaba que ya estabas salvado.

    Pero la historia juzgó al VHS: era grande, incómodo, de calidad dudosa, de conservación peor aún… El romance que alguna vez había sido se fue apagando, como toda historia de amor. El rectángulo fue desplazado con estilo por su canchero hermano menor, el DVD (que a su vez fue reemplazado por, que a su vez fue anulado por). El último VHS fabricado vio la luz en 2009.

    (Qué difícil contar esta historia sin deslizar lágrimas por nuestras mejillas… Necesitamos un recreo que dure hasta el próximo puesto).
  • 9
    TE PEGÓ: La explosión del Challenger en 1986
    Venimos de lágrima en lágrima y de pañuelo en pañuelo. Si llegaste hasta acá para sacarte la nostalgia del puesto anterior, mala idea, amigo. Hete aquí uno de los hechos trágicos más recordados de la década del 80: el día en que el mundo vio casi en vivo cómo explotaba un cohete recién despegado y morían 7 tripulantes.

    Acá la culpa de quemar todas nuestras ilusiones la tuvo Estados Unidos. La NASA venía de capa caída: después del hito de pisar la luna la gente dejó de interesarse por lo que pasara en el espacio exterior. Para levantar un poco esa imagen pública, la administración de Ronald Reagan creó el plan “Maestros en el espacio” y así despertar interés en los niños. La docente elegida, Christa McAuliffe, tenía la misión de dar dos clases en el espacio. Además, el grupo de astronautas iba a permanecer casi una semana fuera de la Tierra para realizar experimentos y poner en órbita un satélite.

    Imaginate si te pegó a vos, a miles de kilómetros de distancia, cómo habrán quedado los niños yanquis que se juntaron en las escuelas a mirar en pantalla gigante el despegue del Challenger. Lo que pasó es historia. 73 segundos después de ser propulsado desde Cabo Cañaveral, el cohete explotó en el aire, ante la sorpresa y desconcierto de familiares, amigos, especialistas y pequeños con vocación de astronauta (¿Incluidos nosotros?).
  • 8
    COLECCIONABAS: Figuritas Basuritas
    Todo empezó lejos de aquí, pero terminó entrando directo en nuestro corazón. Hablamos de las figuritas “Garbage Pail Kids”, creadas por la marca extranjera Topps que llegaron al país convertidas en “Basuritas” y fueron un éxito en todo el mundo.

    Topps había tomado la forma de las muñecas cabeza de calabaza (muy comunes en los ’80, seguro te las acordás) y las parodiaba gracias a las ilustraciones de Art Spiegelman y Mark Newgarden y el diseño de John Pound. En las cartas aparecían personajes caricaturizados y bautizados con nombres graciosos en referencia a su aspecto físico. Las Basuritas presentaban a Karen Latada (una mujer-sardina sentada sobre su propia lata), Juampa Cífico (un hippie amante de la astronomía), Oscar Acol (un hombre-insecto a punto de ser pisoteado) o a Francisco L. Gado (el tipo que colgaba de una percha).

    Las Basuritas se coleccionaban como tesoros. Fue tal el éxito cosechado que en 1987 se estrenó una película donde eran protagonistas (en su versión en inglés, claro) y hasta tuvieron su propia serie.
  • 7
    QUERÍAS: El castillo de Grayskull de He-Man
    “Algunos chicos lo tienen, otros no”, cantaba en inglés el locutor del anuncio que mostraba qué divertido era contar entre tus chiches con el castillo de Grayskull de He-Man. Sin dudas, vos no querías quedar del lado del pequeño que no lo tenía, a pesar de que tus padres juraran que no podían comprarlo.

    Para entender el fenómeno, hay que darle un poco de contexto. En los ’80, la serie de He-Man había explotado, todos sabían quién era ese príncipe rubio que, convertido en su alter ego, apenas se tapaba las partes íntimas y mostraba por demás sus músculos trabajados. El muñeco ya se vendía en diversas calidades y a veces hasta acompañado por otros personajes de la saga. El camino estaba hecho para que todos pidieran tener el castillo de donde el archivillano Skeletor quería tomar los poderes, el bastión del blondo.

    Fue tal el deseo de muchos por tener una réplica de la fortaleza, que ya siendo adultos lo compran en Internet o lo fabrican de cartón ayudados por un tutorial paso a paso. Y a vos, ¿cómo te pega?
  • 6
    TENÍAS: el Yo Yo Bronco
    Al igual que pasó este año con el “Fenómeno Spiner”, la historia se encargó de crear mitos detrás de objetos y distribuirlos como caramelos en manos de los niños. En los ’80 pasó con el Tiki-Taka y con el Yo Yo, el artilugio símil alfajor que enroscaba entre sus dos tapas una cuerda finita para que pudieras deslizarlo de arriba para abajo e intentar trucos… si eras habilidoso.

    El rey de los Yo Yo era el conocido como Bronco, aunque también se comercializaban los del sellito de Russell. Si bien no era un Boca-River de marcas, muchos defienden aún hoy las propiedades de cada artilugio.
  • 5
    COLGABAS EN TU CUARTO: Pósters PAGSA
    En los ’80 un niño sin póster en el cuarto era indicio de que algo no andaba bien. Es que absolutamente todos buscaban la identificación colgando planchas de papel con ilustraciones de cualquier grupo y factor. La firma que se restregó las manos con aquella moda fue Promotora de Artes Gráficas Sociedad Anónima, más conocida como PAGSA.

    Para que vayamos entendiendo: cuando no había Internet y a lo máximo que podías aspirar era a recortar una figurita de la revista para decorar tu carpeta, la pared de tu propio cuarto hacía las veces del actual “muro” de Facebook. Allí “subías” (o colgabas) aquellas imágenes que te identificaban y te generaban sensación de pertenencia instantánea. Lo importante era estar en la onda, que el revoque hablara de uno. Valían tanto el dibujo de dos robots en pose romántica o la mirada irónica en un retrato de Charly García. El golpe de efecto de PAGSA fue lograr instalar en el mercado una serie de imágenes como las mencionadas que supieron sintetizar el flash que fue aquella década.

    Como dato curioso, aportamos un hecho revelado por el director de cine Pablo Parés. Como comentarista de un blog contó que la compañía que había co-creado, Farsa Producciones, se llamaba así parodiando la sigla PAGSA. ¿La tenías?
  • 4
    LEÍAS: Billiken
    Si tu infancia transcurrió en los ’80, seguro que tus viejos te compraban alguna revista. Era muy común estar sucrito o tener un arreglo con el canillita para que, al lado del diario para papá, el tipo te dejara tu edición semanal. Podías ser fanático de Anteojito, coleccionar alguna que otra Humi, preferir la Cordones sueltos o divertirte con las historietas de la Cosmi-K. Pero la verdadera revista de la época fue Billiken (es un decreto nerd, no lo contradigan).

    Billiken quería ser tu amiga: ni tu hermana mayor –que jugaba, pero se hacía la severa a la hora de hacer los deberes- ni tu hermanito menor –que quería arrastrarte al ocio durante toda la tarde. Este semanario creado por el uruguayo Constancio Vigil te permitía contar con material útil para la escuela y al mismo tiempo entretenerte. ¿Cómo lo lograba? Gracias a la desestructura de los formatos clásicos, había lugar para la ilustración, los experimentos científicos, los juegos, las historietas, los apuntes coloridos y los concursos.
  • 3
    JUGABAS: “El Atari” o "La Coleco"
    Por más que a los más jóvenes les resulte extraño, la vida de 30 años atrás era más parecida a Stanger Things (excluyendo lo esotérico, claro) que a la actualidad. Eso era porque los niños no poseían más que algún juguete plástico, una bici (los más suertudos) y mucha imaginación. Hasta que llegaron las consolas hogareñas, lo más cerca que podías estar de un videojuego era cuando te llevaban a las maquinitas (y, con una mano en el corazón, desconfiamos de que eso haya ocurrido muy seguido).

    Por suerte la tecnología del achique para que todo ocupe menos espacio se había puesto en práctica a fines de los ’70, haciendo que explote en el país en la década que aquí nos convoca. El Atari fue el primero en hacerse un lugar en tu living. Con su modelo 2600 aseguraba horas de diversión replicando los jueguitos de las máquinas clásicas mediante cartuchos que entraban en la ranura superior.

    Si no eras dueño afortunado de un Atari, la otra opción era poseer una consola ColecoVision. Cuando apareció en el mercado, contaba con 12 juegos a los que se les iban sumando otros esporádicamente. Pero el golpe maestro de la Coleco fue hacerse de la licencia nintendera, que puso en sus manos la distribución del Donkey Kong. Para vos, ¿quién ganó esta feroz contienda?
  • 2
    VEÍAS EN LA TELE: Transformers y G.I. Joe
    Son las 18. Hora de la merienda para ese niño que fuiste en los ’80. Pura ternura: pelo con forma de taza dada vuelta, shortcitos manchados, rodillas embarradas. Mientras alrededor de la boca se te forman “los bigotes de chocolatada”, prendés la tele, llevás la ruleta de (pocos) canales hasta el 9 Libertad y disfrutás el tándem “G.I. Joe” – “Transformers”.

    En aquella época era prácticamente imposible ver algo distinto de lo que pasaban en TV, por eso, era cuestión hasta de rogar por un contenido entretenido. Las tardes de fines de los ’80 eran de la señal gestionada por Alejandro Romay. Después de que se terminara “Robotech”, el empresario decidió llevar a la pantalla “las mejores series animadas”. La primera media hora estaba reservada a los soldados estadounidenses protagonistas de “G.I. Joe”, mientras que desde las 18.30 el universo giraba en torno a los robots “Transformers”.

    Acá como en el mundo, todo terminaba en negocio. Enseguida, las series fueron franquicia: podías comprarte los muñecos, decorar tu cumpleaños con el cotillón correspondiente, colgar el póster o ponerte la remera. Negoción.
  • 1
    VEÍAS EN EL CINE: Volver al Futuro
    Todo top que se jacte de tener entre sus elegidos la película “Volver al futuro”, sabe que debe colocarla en el primer puesto (es otro decreto nerd, no lo contradigan). Nosotros cumplimos con el designo y recordamos que los ’80 fueron tierra fértil para la saga (sagaza, diremos a lo Legrand) de Robert Zemeckis.

    Esta producción hollywoodense vio la luz justo en la mitad de la década. La primera vez que fuimos al cine a verla, en 1985, salimos entre fascinados, temerosos y excitados con lo que acababa de pasar: el adolescente Marty McFly había logrado viajar al pasado gracias al Doc Brown y su DeLorean intervenido. Pero la cosa no quedó ahí. Antes de que terminaran los ’80, los productores tenían lista la segunda parte, con la que volvimos a maravillarnos, esta vez por un viaje al 2015 que depositaba a Marty y al Doc en el verdadero futuro: patinetas voladoras, videoconferencias, hologramas, autos voladores, realidad virtual y pizzas deshidratadas. (De la tercera parte no hablaremos porque se estrenó en los ’90).

    Pero “Volver al futuro” no era lo único para ver en pantalla grande. Éxitos como “Indiana Jones” y “Cazafantasmas” podían disfrutarse una y otra vez en los cines de barrio. Aunque dé un poquito de vergüenza meterlos en el mismo puesto, a nivel local, también se hacían pelis. Juan Carlos Altavista, más conocido como “Minguito”, se hizo un lugar en la historia por sus protagónicos junto a Juan Carlos Calabró en la serie de Mingo y Anibal en “La mansión embrujada”, “Contra los fantasmas” o “Dos pelotazos en contra”, con argumentos aptos para todo público.

1. TE CAMBIÓ LA VIDA: el VHS

VHS: dícese del primer formato estándar hogareño compuesto por un rectángulo plástico que protegía una cinta magnética donde se almacenaban minutos de video. Creado en la década del 70, este cassette con dos ventanas para espiar su interior se popularizó en el país durante los ’80. Empezaba la revolución. El VHS pasó de ser algo extraño a nuestro mejor amigo en pocas horas, cuando entendimos que nos iba a permitir poseer (subrayemos este término, porque es clave) todo el material de video que quisiéramos (o que nos dejara el tamaño de nuestra casa) sin que ninguna corporación le pusiera un límite. Además, lo que pasaba en el cine dejaba de ser exclusivo de la pantalla grande: ahora podíamos tenerlo en nuestra propia tele Aurora Grundig. Claro que tu familia tenía que dar el salto e invertir en una videocassettera. Los videoclubes explotaron, algunos hasta evolucionaron y abrieron franquicias, pero lo que más abundaba eran los localcitos pequeños, casi antros, donde el niño curioso que fuimos entraba a revolver cajitas de cartón para alquilar el estreno del mes o alguna perlita perdida y devolverlo a las 24 o a las 48 horas. El pibe que atendía era el Quentin Tarantino de nuestra cuadra: cuando estaba de humor tiraba data de producciones, actores y rumores que era muy útil escuchar. Pero rentar una película no era lo más jugoso que podías hacer con cinta y cassetterea. Lo mejor era grabar la tele. Usando el mismo sistema que habíamos aprendido con la música, ahora en el universo audiovisual. Simplemente había que esperar a que pasaran tu película favorita o el programa del que eras fan y ¡zas! La lucecita roja del REC te avisaba que ya estabas salvado. Pero la historia juzgó al VHS: era grande, incómodo, de calidad dudosa, de conservación peor aún… El romance que alguna vez había sido se fue apagando, como toda historia de amor. El rectángulo fue desplazado con estilo por su canchero hermano menor, el DVD (que a su vez fue reemplazado por, que a su vez fue anulado por). El último VHS fabricado vio la luz en 2009. (Qué difícil contar esta historia sin deslizar lágrimas por nuestras mejillas… Necesitamos un recreo que dure hasta el próximo puesto).
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