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Editoriales | Aguafuertes

Aguafuertes: En los Caminos

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Por: Victor Gueller

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Alguien dijo que un encuentro casual es lo menos casual en nuestras vidas...

A lo largo de los meses que ya han transcurrido de este mutable 2017, he recorrido lugares de lo más variados, he interactuado con individuos marcadamente peculiares, he atravesado situaciones sumamente inusuales y he sabido contrarrestar los guiños de la Parca con vívidos destellos de luz. Fui un ávido lector en Rosario, un escritor (casi) maldito en el sur, un caminante nocturno en San Francisco, un publicista frustrado en Nueva York; he habitado numerosas vidas desde el confort de mi calva existencia, comprobando en el proceso que absolutamente todo puede cambiar si estamos dispuestos a cambiar los ojos con los que miramos.

Una mirada franca puede detenerse en un verde pájaro que canta entre los muertos, en un anciano que se desploma en el cruce de dos avenidas, en la veloz maniobra de un heróico taxista o en un hombre que viaja en colectivo luciendo una remera cuyo significante es capaz de despertar un recuerdo cercano pero entumecido.

Salí de Varela Varelita con la alegría que sólo puede brindar el haber estado en Varela Varelita. Prendí el inobjetable cigarrillo que me acompañaría por un par de cuadras, hasta una parada del 15 no tan popular entre los viajantes. Al subir, me acomodé por el medio, de pie junto a una ventana, sabiendo que mi relativa juventud y mi sobredimensionada anatomía no me convertirían en un contendiente digno en la eterna disputa por un asiento redentor.

A mi lado, ostentando una altivez que en el momento me pareció curiosa, se erguía un hombre de blancos cabellos y blancas barbas. Dos detalles lo distinguían del resto del pasaje: en su mano sostenía un libro y no su celular y, en su gastada vestimenta, podía leerse el nombre “City Lights San Francisco”.

Durante un par de cuadras dudé entre hablarle o no, pensando y repensando cómo romper el hielo ante ese otro alguien que -sospechaba- debía parecerse a mí. Finalmente, un semáforo cómplice permitió que con una tímida voz le dijera que apenas semanas atrás, yo había estado en ese mismo lugar.

De alguna forma, ya no éramos extraños. Él entendió lo mismo que yo creía haber entendido al ver esas letras blancas sobre aquel fondo negro. Abrió sus ojos, sonrió, y comenzó a explayarse sobre King Crimson y Bob Dylan, sobre Kerouac y Ginsberg, sobre ese Verano inolvidable durante el cual él era un adolescente y mi edad se contaba en números negativos. Ese hombre, cuyo nombre olvidé preguntar, se sorprendió al descubrir un trasfondo tan similar en alguien varias décadas más joven; supongo que ambos acordamos tácitamente que las diferencias cronológicas no existen en los pasillos y en las escaleras de la librería más extraordinaria que he (hemos) visitado.

El viaje se sintió corto, los vaivenes del colectivo jamás llegaron a importunar mi no tan confiable equilibrio. Al llegar a destino, extendí mi mano y me despedí, intuyendo que probablemente nunca vuelva a ver a ese hombre; las casualidades, sabemos, no existen.

Estoy cada vez más convencido que lo maravilloso es en verdad frecuente, siempre y cuando estemos receptivos a esa magia tan particular. Sólo es cuestión de prestar atención a las señales, a los detalles, de aprender a no contradecir ningún impulso rebelde, de entender -de una vez y para siempre- que somos mucho más que todo aquello que nos hicieron creer que éramos, que somos mucho más que todo aquello que nos hicieron creer que podíamos ser.